Capítulo sexto — Lo que dice el hielo #2
—Hoy has llegado al entrenamiento con la mandíbula apretada —dijo, sin levantar la vista de mi rodilla—. Y te has ido igual. La rodilla, por cierto, perfecta. Más estable que su dueño.
—No me ha pasado nada.
—No me importa lo que te ha pasado. Me importa lo que haces con ello. —Me vendó, dos vueltas, precisión de relojera—. Tu rodilla es más honesta que tú. Ella me dice cuándo le duele. Tú me dices lo que crees que quiero oír. Un día de estos vas a tener que elegir cuál de los dos me cae mejor.
—La rodilla no te compra café.
—La rodilla no me debe tres cafés.
—Te debo dos.
—Tres. El de hoy, que te lo voy a cobrar aunque no te lo haya dado, por hacerme madrugar con tu drama matinal. —Cerró la carpeta—. Pronóstico: juegas el sábado. Recomendación: duerme más. Y eso no es negociable, que te conozco desde el quirófano.
Me fui con la rodilla vendada y la mandíbula todavía apretada.
En el pasillo me crucé con Sara, que venía de su cubículo con la carpeta del plan de medios.
Me dijo «hola, señor del tiempo» con su sonrisa de oficina de turismo, y yo asentí y seguí andando, y me di cuenta dos pasos después de que me había dejado el café de los miércoles sin tomar.
Mañana era miércoles. Los diez minutos. Tendría que sentarme con aquella mujer y su libreta invisible y contestar preguntas con la cabeza llena de un nombre que llevaba toda la mañana sonándome como una piedra en la bota: Adolfo Mendoza.
Adolfo Mendoza que patinaba cuesta abajo.
La sesión del miércoles fue corta. Más corta que de costumbre. Ella lo notó —lo nota todo, es su condena y su talento— y no forzó. Habló del tiempo, literalmente: de la previsión para Granada, de si el calor afecta al hielo, de qué se cenaba en los viajes.
—En los viajes se cena lo que hay —dije—. Pasta. Pollo. Agua.
—Qué glamur.
—El glamur está en la cama a las once.
—Usted sí que sabe vender este deporte, señor Mendoza. —Tomó nota de algo en su libreta invisible, esa que lleva en la cabeza—. ¿Y nunca se salta la rutina? ¿Ni una cena, ni una noche de las que la gente cuenta después?
—Las noches que la gente cuenta después salen en los resultados del día siguiente.
Se quedó mirándome, y vi que buscaba la grieta, la manera de entrar.
No la encontró. Llevaba cuatro semanas buscándola con una paciencia que empezaba a admirarme en contra de mi voluntad: nunca la misma pregunta dos veces, nunca el mismo camino.
Era como defender a un delantero bueno: no te gana por fuerza, te gana por cambio de ritmo.
—Una última —dijo—. El comentario más votado del vídeo de Tata pide un vídeo suyo. ¿Qué le dice a esa gente?
—Que sigan viendo el de Tata.
—Eso no me sirve.
—Es lo que hay.
Cuando se acabaron los diez minutos, cerró la conversación ella, cosa rara:
—Se lo dejo aquí —dijo—. Tiene usted la cara de quien está peleando en otro partido. Que lo gane.
No le di las gracias. Debí dárselas. Lo apunté en la libreta de temporada, esa noche, al final de la página: «Le debo unas gracias a la de prensa.» Me costó escribirlo más que ningún informe.
El jueves volamos —no, qué va, en este club no se vuela ni en las metáforas: fuimos en autobús hasta Granada, otra tarde de meseta y de «El Autobús» echando humo.
Brett había aprendido a decir «órdago» con la entonación correcta y lo soltaba ya hasta en la sopa.
Alguien subió una foto de Raúl durmiendo con un palo de escoba a modo de bastón y la leyenda «el abuelo sale de paseo».
Raúl contestó con una foto de todos nosotros en pretemporada, muriendo en la bicicleta, y la guerra quedó en tablas.
En una de las paradas, Eugenia bajó grabando un vídeo para las redes: «Día de viaje con el Árticos», con los chavales haciendo el tonto en el área de servicio.
Yo salí de plano al fondo, comprando agua.
Al rato, Sara publicó el vídeo con la leyenda «seis horas de autobús para noventa minutos de hielo: el oficio menos glamuroso de España», y en los comentarios la gente no hablaba de los goles: hablaba de nosotros.
De quién dormía cómo, de quién comía qué.
La de prensa había encontrado la manera de que medio Madrid se subiera a nuestro autobús sin pagar billete.
Había que reconocérselo: era buena. Era tan buena que daba un poco de miedo.
El viernes, víspera del partido, hicimos el paseo de costumbre por Granada.
A mí las ciudades de visita me saben todas a lo mismo: hotel, pista, hotel.
Pero esa tarde, subiendo una cuesta del Albaicín con el equipo, mirando la Alhambra de lejos entre dos edificios, pensé en una cosa rara: en que mi padre, con la selección, debió de hacer este mismo paseo cuarenta años antes.
Quizá por esta misma cuesta. Quizá con la misma luz.
Me quité el pensamiento como se quita uno un palo roto: dejándolo en la banda y pidiendo otro.
Raúl se me acercó en la bajada, con su paso de veterano que administra.
—El sábado, su portero —dijo—. Es bueno de brazo y flojo abajo. Los tiros, bajos y pegados a palo.
—Lo sé.
—Y su capitán carga por la izquierda siempre que pierde el face-off. Si le dejas el hueco, te lo comes; si no, se estrella él.
—Lo sé también.
—Ya. Pero ahora lo sabes dos veces. —Me dio una palmadita en el hombro y se fue con los jóvenes. Raúl reparte el conocimiento como reparte el tiempo: en dosis pequeñas, a quien lo necesita, sin factura.
Granada fue un partido de montaña: subida, descenso, niebla, y un final de esos que hay que ver para creer.
Ellos salieron mejor —su primera línea es rápida como una noticia mala— y nos pusimos dos a uno abajo antes del segundo descanso.
Su segundo gol fue una obra de arte, qué demonios: tres toques, disco al hueco, definición cruzada.
Hasta Vicho lo aplaudió por dentro, se lo vi en la cara, antes de ponernos a parir en el descanso por defender con los ojos.
El tercer periodo fue de los que se cuentan.
Empatamos con un gol de Kuba desde la línea azul que entró besando el poste, un tiro seco y bajo que llevábamos ensayando desde septiembre sin que saliera ni una vez.
Nos volvieron a adelantar en una superioridad, culpa mía: dos minutos por carga ilegal, la entrada más estúpida de mi temporada, y el castigo sentado en el banquito mirando cómo nos la colaban.
Cuando salí, Vicho no me dijo nada. No hacía falta.
Las exclusiones que cuestan goles se pagan en silencio, y yo pagué los dos minutos siguientes patinando como si me debiera dinero el hielo entero.