Capítulo sexto — Lo que dice el hielo
Los lunes después de ganar huelen distinto.
No mejor: distinto. El vestuario llega cantando, Vicho llega gritando igual —los gritos de Vicho son de fondo, como el rumor del río en un pueblo, dejan de oírse al tercer día—, y la semana se ordena sola alrededor del siguiente partido.
La semana del cuatro de octubre tocaba Granada, otra carretera, otro equipo de élite con años de oficio.
Yo empecé la mía como empiezo todas las que me importan: madrugando el lunes y estando el miércoles en el hielo antes que Sebas.
El lunes, recuperación y vídeo del León.
Cinco a tres en casa, cuatrocientas sesenta y ocho personas.
Vicho nos puso los goles de Tata y dijo que así se entrena la grada: «Dándoles de comer.
» Alguien preguntó si el vídeo del Ferretero había llegado ya a los dos millones.
Tata, desde su banquito de madera, dijo que ciento treinta mil y subiendo, y que su madre ya no le preguntaba por la compra, le preguntaba por las visualizaciones.
El vestuario se vino abajo. Yo me reí con ellos, y por dentro hice la cuenta que hacía siempre: cuatro partidos, tres victorias, una derrota.
El calendario nos ponía en octubre contra los Glaciares, los Lobos, y después la curva de noviembre con los Titanes fuera y La Cerdanya.
La Cerdanya. Apunté la fecha en la libreta sin escribir el nombre, solo la fecha: trece de noviembre.
Hay rivales que no se escriben; se circundan.
El martes hicimos trabajo de líneas. Mi línea —Tata, Brett y yo— empezaba a entenderse de memoria, que es cuando una línea deja de ser tres jugadores y empieza a ser un animal de seis patas.
Brett ocupaba el espacio como un camión canadiense, Tata aparecía por el segundo palo con ese olfato de ferretero que encuentra tornillos en la oscuridad, y yo hacía lo de siempre: el disco al sitio, el cuerpo delante, la mirada arriba.
Vicho nos dejó juntos hasta la última repetición y nos dijo que no nos acostumbráramos, que en esta categoría todo lo bueno lo anula el rival en dos jornadas.
«Disfrutadlo mientras dure», dijo, que en boca de Vicho sonaba a sentencia.
El miércoles llegué a las seis y cuarto.
Quería una hora de hielo vacío antes del entrenamiento: tiros desde el círculo, cara a cara con la portería, sin portero, sin público, sin nada.
Es mi gimnasio y mi iglesia. El hielo a esa hora dice cosas que no dice después: crujidos de la estructura, el murmullo de la nevera de la sala de máquinas, el eco de mis propios frenos.
Uno aprende a leer el estado de la pista por el sonido del patín, como un pastor lee el tiempo por el olor del viento.
Sebas llegó a las seis y media, que es su hora desde antes de que yo existiera.
Nos saludamos con la barbilla. Él se fue a por la manguera —los miércoles hace la capa fina a mano, dice que la máquina es para el grueso pero que el hielo bueno se termina a brazo— y yo seguí con mis tiros.
Llevaba un rato así cuando se paró junto a la banda, manguera en mano, y se quedó mirándome.
—Qué manera de entrar en el disco —dijo—. Inclinado, con el hombro bajo.
No contesté. Los cumplidos de Sebas hay que dejarlos caer, como las piedras en un lago: hacen círculos solos.
—¿Sabes quién patinaba igual? —siguió, echando ya el agua—.
Un chaval que yo vi en la pista vieja de la ciudad deportiva, en los ochenta.
Madrid tenía hockey entonces. Dos pistas, ligas llenas, la selección entrenando aquí cada invierno.
Yo era el aprendiz del maestro hielero, fíjate.
Y venía a entrenar un chaval de Jaca que se llamaba Adolfo Mendoza.
El disco que tenía en el palo se me quedó muerto. Lo sé porque oí el silencio que hizo al parar de girar.
—Los martes venía con la selección y los jueves con su club —siguió Sebas, a lo suyo, con el agua cayendo en lámina fina—.
Se plantaba ahí donde estás tú, en ese mismo círculo, a hacer tiros.
Cientos. El maestro hielero decía que ese chico gastaba más hielo que tres equipos juntos.
Patinaba cuesta abajo. Todo el mundo patina contra el hielo.
Él patinaba con el hielo, como si el hielo le empujara.
Tuve el gusto de verle quince partidos. Gente de fuera venía a Madrid solo a verle, ¿sabes?
Periódicos de Barcelona, de los países del hockey, con fotógrafos.
Decían que era lo mejor que había dado este país.
Luego lo de la rodilla, marzo del ochenta y nueve, y se acabó.
Nunca más se le vio por una pista. Ni jugando, ni de público. Una pena. Con lo que le gustaba.
El vestuario empezaba a oírse al fondo del túnel: los primeros en llegar, Iván y un juvenil, riéndose de algo.
Sebas seguía echando agua, tranquilo, dejando el cristal detrás.
Sobre la banda tenía su libreta de siempre, la de tela, abierta por la página del día.
Yo tenía dos opciones, y las sopesé en un segundo, que es lo que tardo en ganar un face-off.
—Eso no va en el parte —dije.
Lo dije bajo, pero lo dije seco. Más seco de lo que quería, que es lo que pasa cuando una piedra lleva mucho rato rodando: sale con fuerza de más.
Sebas paró la manguera. Me miró por primera vez en toda la mañana, con esos ojos claros de hombre que ha visto pasar cuarenta inviernos por la misma puerta.
—Ya lo sé, chaval —dijo—. Por eso no lo apunté nunca. Treinta y ocho años de partes, y ese nombre nunca ha salido en ninguno. El hielo se calla las cosas. Yo aprendí de él.
Volvió a su manguera. Yo recogí mis discos y me fui al vestuario antes de que entrara nadie, y me puse las protecciones con más brío del necesario, y cuando Raúl llegó y me dijo «buenos días, capitán», le contesté tan seco que se le quedó la mano en el aire a mitad de saludo.
—¿Quién te ha dado a ti el lado malo de la cama? —preguntó, sin ofenderse, que es lo insoportable de Raúl.
—Nadie.
—Sebas —dijo, mirando hacia el hielo, y no era una pregunta.
No le contesté. Se encogió de hombros y se puso a estirar.
Pero vi su cara, y vi la de Iván, y supe que el vestuario había registrado algo que no registraba nunca: al capitán crujirle la voz con el viejo.
En un vestuario, todo se sabe antes de que pase.
Es el precio de la fila del puerto de montaña: si uno se sale, lo ven todos.
A mitad de sesión, en un descanso de agua, Raúl se acercó por mi lado.
—Sebas lleva cuarenta años en esto —dijo, mirando al frente, sin pedirme nada—. Ha visto cosas que nosotros no veremos. Cuando habla, no habla por molestar. Habla porque el hielo se lo cuenta a él y él no sabe guardárselo.
—Ya lo sé.
—Pues díselo a él, no a mí.
No se lo dije. Ni ese día ni el siguiente.
Es mi manera: las disculpas, si no salen en el momento, se me convierten en glaciar.
Sebas y yo volvimos a saludarnos con la barbilla el jueves, y el hielo siguió estando perfecto, y nadie volvió a mencionar los ochenta.
Pero algo había quedado abierto, como una puerta en una nave con corriente: no se oía, pero se notaba en la nuca.
El entrenamiento fue bien. Físicamente bien.
Yo iba una marcha por encima de los demás, que es lo que me pasa cuando duermo mal: el cuerpo se pone bravo para no pensar.
Gané todos los face-offs del bloque de especialidades, le robé dos discos a Brett que todavía me los está reclamando, y en el minijuego final marqué dos y di uno.
Vicho me tuvo que parar en el tercer bloque: «¡Guarda algo, Mendoza, que el partido es el sábado!
» En la ducha, Tata me tiró del tema de su vídeo, que seguía creciendo —«ciento treinta mil, chavales, soy más famoso que mi suegra»—, y el vestuario rio, y yo reí también, tarde, para compensar.
—Lo que tenemos que hacer —dijo Tata, señalándome con el champú— es un vídeo del capitán. «El hombre que nunca sonríe.» Subtítulos: «no sonríe pero gana face-offs».
—Eso es acoso —dije.
—Eso es cariño. En Vicálvaro se confunden.
—En Vicálvaro tenéis problemas de etiquetado.
El vestuario se vino abajo otra vez. Iván, desde su esquina, dijo sin levantar la voz: «Yo lo vería.
» Y eso, viniendo del Niño, que habla tres veces al día, valió como una moción aprobada.
Me duché el último, por costumbre, y cuando salí, en mi taquilla alguien había dejado pegada una nota con la letra de Eugenia: «El departamento de comunicación le recuerda que usted también es contenido potencial.
Con cariño.» La arranqué. La guardé en el bolsillo de la chaqueta, no sé por qué.
En el bolsillo todavía estaba cuando llegué a casa, y ahí se quedó, entre el pasaporte y la navaja de mi abuelo, que es donde acaban los papeles que no sé tirar.
Marta me pilló a la salida, a las dos, con la carpeta de los informes bajo el brazo y esa manera de ponerse en medio del pasillo que tiene la gente que sabe que le debes algo.
—Rodilla. Ahora.
—Estoy bien.
—No te he preguntado cómo estás. Te he dicho que vengas.
En la consulta me hizo la batería de siempre: apoyos, giros, resistencia.
Sus manos son frías y precisas, como todo en ella.
Mientras trabajaba, miré la pared: tiene un archivador de cuatro cajones, metálico, con etiquetas escritas a mano.
En el cajón de arriba pone «PLANTILLA — ACTIVOS».
En el segundo, «PLANTILLA — HISTÓRICO». Los dos de abajo no tienen etiqueta, o la tenían y se borró.
Marta sigue un sistema de archivo que no comparte con nadie.
JR lo intentó una vez, informatizarlo, y ella le dijo que los ligamentos no entienden de nubes. Se quedó tan ancho.
—¿Qué guardas en los cajones de abajo? —le pregunté una vez, hace tiempo. Me contestó: «Cosas que aún no son lesiones.» No lo entendí entonces. Con Marta hay frases que maduran solas, como el hielo de las pistas viejas: al principio es agua, y un día te aguanta el peso.