Capítulo quinto — El hombre del vídeo #3
«Las que trabajamos de noche solo reconocemos horarios.
» Anoté la frase, el nombre y a la chica.
Mi olfato de editora registró tres cosas a la vez: personaje, titular y aliada.
Las Auroras tenían afición propia, agenda propia y hambre propia.
En algún punto de la temporada, aquello iba a ser una noticia o una alianza. Preferí que fuera lo segundo.
Esa misma noche me presenté a su entrenadora, Lourdes, y le propuse lo primero que se me ocurrió: un calendario compartido de verdad, con dos semanas de antelación y una persona responsable por bando. Me miró con la desconfianza aprendida a fuerza de promesas de clubes masculinos.
—¿Y tú quién eres?
—La de comunicación. La del vídeo de Tata.
—Ah. —Se relajó un grado—. Ese estuvo bien. Mándame el calendario y hablamos.
Salí del pabellón a las doce de la noche con la sensación de haber ganado un segundo partido.
La gente cree que la comunicación son tuits.
La comunicación, el noventa por ciento de los días, es esto: papeles con horarios, gente que se fiaba un poco más que ayer, incendios apagados antes de que salgan en ninguna parte.
La tercera llamada de la semana no fue sombra exactamente. Fue un eclipse breve. Gonzalo Feijóo, redactor estrella del diario deportivo más grande del país y excompañero mío de sección —«ex» en todos los sentidos, incluido el de agradable—, me llamó el sábado después del partido.
—Sara, Sara, Sara —dijo, con esa risa que entraba antes que él en todas las salas—. Te he visto el vídeo del feriante. Muy mono. Muy tuyo.
—Es ferretero, Gonzalo. Y gracias.
—Cuarenta mil personas viendo a un tío con un palo de madera. Esto es lo que tiene internet, que cualquier cosa emociona. —Rio otra vez—. Oye, que cuando te aburras del circo y quieras volver a periodismo de verdad, me llamas. Aquí hay becas de algo.
—Tengo trabajo, Gonzalo.
—Ya. Trabajo. —Hizo una pausa de esas que él cree dramáticas—. Cuatrocientas personas, Sara. He visto tus números. Te dejas la salud en un club que no puede ni pagarte. ¿Quién te va a leer ahí?
Colgué con la mano temblando de una manera que no me pasaba desde la sala de cristal. No por miedo: por reconocimiento. Era la misma frase con otra voz. «¿Quién te va a leer ahí?» «No hay lectores para eso.» La vida te pone a veces el mismo examen dos veces, para ver si suspendes igual.
Feijóo y yo habíamos compartido sección tres años.
Era de esos redactores que confunden el cinismo con el criterio: escribía bien, rápido y siempre en contra de algo.
Cuando me despidieron, fue el único del periódico que no me escribió.
No se lo guardé en la lista de agravios —la lista ya estaba llena—, pero tampoco se lo borré.
Que ahora llamara él, precisamente él, la semana de mi primer éxito, era de manual: los buitres también hacen scouting.
Me asomé a la grada. Quedaban familias haciéndose fotos con Tata junto a la banda. Cuatrocientas sesenta y ocho. El vídeo, ciento doce mil. Abrí la nota del móvil donde llevaba la cuenta y escribí: «Semana 3: 468. Van 56. Quedan 732. Feijóo opina que no me lee nadie. Feijóo no cuenta.»
Esa noche, repasando los comentarios del vídeo antes de dormir, volví a leer el que me rondaba desde el viernes: «¿Y el capitán?
¿Para cuándo el vídeo del capitán?» Tenía cuatrocientos likes, el comentario más votado con diferencia.
Debajo, la gente lo teorizaba todo: «Seguro que es un borde», «Los bordes son los mejores», «Apuesto a que es de los que no hablan ni en las bodas».
Miré el reloj. Las once y pico. En el pabellón, a esas horas, solo quedaba Sebas y su máquina.
Pero mi cabeza, desagradecida, no puso la imagen del hielo vacío: puso un pasillo, el del túnel de vestuarios, y al final del pasillo la espalda del capitán doblando la esquina hacia el vestuario, con esa economía de movimiento que yo ya reconocería entre mil espaldas.
Pensé en todo lo que sabía de él, que cabía en una tarjeta de visita: de Jaca, veintinueve años, llega veinte minutos antes que nadie, desayuna avena, contesta en noventa segundos.
Para cualquier redactor, eso no era una ficha: era un reto con patines.
Los personajes herméticos no se abren empujando; se abren esperando a que entre aire por alguna rendija.
Mi trabajo era encontrar la rendija. O fabricarla.
Un vídeo del capitán. El comentario más votado. El siguiente salto.
Abrí la libreta y escribí: «Pieza 2: Aitor Mendoza. Problema: no quiere. Solución: pendiente.» Subrayé «pendiente» dos veces. Los mejores reportajes de mi vida empezaron todos con esa palabra.
Apagué la luz con la cabeza aún en la redacción.
Fuera, en la calle, sonaba un autobús nocturno frenando en la parada.
Pensé en Tata durmiendo sobre sus tres taladros, en Eugenia revisando las notificaciones desde la cama, en las cuatrocientas sesenta y ocho personas contando el partido en sus cenas.
Y pensé, ya casi dormida, que Feijóo se equivocaba en una cosa: no se trataba de quién me leía a mí.
Se trataba de a cuánta gente le dábamos un sitio al que pertenecer.
Ahí no había beca que compitiera conmigo.