Capítulo quinto — El hombre del vídeo #2
El partido fue una fiesta. Cinco a tres, con dos goles de Tata —la Grada ya cantaba «Fer-re-te-ro, Fer-re-te-ro» con la poca vergüenza del mote estrenado en propiedad—, uno de Brett, uno de Aitor de penalti ejecutado con su habitual falta total de ceremonia, y uno del juvenil del que nunca me acuerdo del nombre y que tras su primer gol en la élite lloró en el banquillo.
El Koldsan peleó hasta el final, que es lo que se espera de un equipo con ese escudo tan feo y tan orgulloso, y los tres goles que nos metieron fueron tres sustos de verdad.
Iván volvió a parar lo imparable. Cuando sonó la sirena, la Grada enlazó «Hielo en las venas» con el «Fer-re-te-ro», y Tata se fue a la banda con los brazos abiertos y la cara mojada, otra vez, y a mí se me ocurrió el titular del lunes mientras aplaudía como una tonta: «El Ferretero del Norte cierra los sábados por derroche. »
Ciento doce mil personas habían visto el vídeo; cuatrocientas sesenta y ocho vieron el partido; y las cuatrocientas sesenta y ocho se fueron a casa sabiendo que habían estado en el sitio correcto.
Esa fue mi semana luminosa. Estas son las dos sombras, porque en este club las semanas se venden por pares.
Sombra una. El miércoles, la gestoría me llamó a la sala de administración —la de la luz que se apaga antes— y la señora de las nóminas me explicó, con amabilidad de manual, que la mensualidad de septiembre se iba a «escalonar un poquito», que la primera quincena llegaría «sin falta» y el resto «en cuanto entren los ingresos de taquilla y el patrocinio».
Era la segunda mensualidad con problemas de mis dos mensualidades en el club.
—¿Esto les pasa a todos? —pregunté, señalando el papel.
Bajó la voz.
—A ustedes, que son los últimos en llegar. Los jugadores cobran primero. Es la política del señor Echarri: el equipo, siempre el equipo. —Me miró por encima de las gafas—. Si le sirve, hija: el año pasado, en segunda, hubo dos meses peores. Y aquí nadie se fue.
Hice cuentas en la servilleta del café: alquiler, metro, comida. Llegaba. No llegaba para nada más, pero llegaba. Firmé el papel del escalonamiento con una sonrisa de profesional y me fui a la grada a comerme la rabia mirando el hielo.
La rabia se me pasó a la tercera vuelta de la máquina de Sebas.
No por generosidad: por cálculo. Yo no estaba en la Pista Norte por el sueldo; estaba por una sentencia que decía «no hay lectores para esto», y las sentencias no se recurren con hojas de reclamación.
Se recurren con cuatrocientas sesenta y ocho personas que han venido por un vídeo de tres minutos y medio.
Aun así, aquella noche miré la página de empleo de los periódicos.
Lo confieso. Miré, vi las mismas cinco ofertas de siempre —«redactor junior, incorporación inmediata, salario a convenir», que en español significa «mal pagado y sin silla»— y cerré la pestaña.
No por heroísmo. Porque ninguna de esas redacciones tenía una grada que llenar.
Sombra dos. El viernes, estalló la guerra del hielo.
Antes de eso, el jueves, tuve mi segunda cita semanal de diez minutos con el capitán. Grada, once y media, dos cafés. Llegué decidida a sondear el terreno del vídeo.
—La gente lo pide —dije, a modo de entradilla.
—¿El qué?
—A usted. El comentario más votado del vídeo de Tata es «¿para cuándo el vídeo del capitán?». Cuatrocientos me gusta. Es un clamor.
—Que pidan otro de Tata.
—Ya habrá más de Tata. Y de Iván, y de Raúl. Pero el capitán es el capitán.
Me miró con esa cara de previsión meteorológica adversa.
—Norma cuatro —dijo—. De los compañeros se habla. De mí, no.
—La norma cuatro dice que yo no hable de los compañeros sin que quieran. No dice que usted no pueda salir en un vídeo.
—Lo dice la diez.
—La diez es su vida privada. Un vídeo de usted patinando no es su vida privada.
—Todo lo que yo hago es mi vida privada. Incluido patinar.
Apunté mentalmente: tres minutos de discusión, cero centímetros cedidos. Y sin embargo, había discutido. El hombre de los noventa segundos llevaba tres minutos argumentando conmigo sobre por qué no quería que le grabaran. En mi libreta interna, eso era progreso.
—Vale —dije—. No hay vídeo. Pero un día me dejará grabarle algo, y ese día la grada se va a venir abajo.
—Ese día, traiga paraguas.
Se fue a los diez minutos exactos. Yo me quedé con los dos vasos vacíos y una certeza: el vídeo del capitán existiría. Lo que no sabía era que cuando llegara, no tendría nada que ver con patines.
Por la tarde, de camino al cubículo, me crucé con Marta Cifuentes a la puerta de la enfermería. Nos habíamos visto mil veces sin hablar, y aquel día me paró con una pregunta de lo más clínico:
—¿Eres la de comunicación?
—Sara. Y tú eres Marta.
—El vídeo de Tata está bien —dijo, que en boca de aquella mujer era una ovación cerrada—.
Le ha subido la tensión a la plantilla. En el buen sentido.
—Ya se iba, y se giró—. Si alguna vez necesitas material médico-divulgativo, avisa.
Pero nada de música emotiva. La música emotiva es el anticuerpo de la divulgación.
La apunté en mi lista de personas con las que merecía la pena tomar café.
El viernes, estalló la guerra del hielo.
El pabellón reparte sus horas entre el Árticos, la escuela de patinaje y las Auroras de Valdemoro, el equipo femenino de la ciudad que entrena aquí dos noches por semana.
El calendario lo llevaba una hoja de Excel que había hecho el sobrino de Balaguer, es decir, un campo de minas con formato condicional.
Aquel viernes, la sesión de recuperación del Árticos se solapaba con el entrenamiento de las Auroras por un error de arrastre de celdas.
Veinte jugadoras en la puerta de la pista, veinte jugadores en la otra, y Sebas en medio con la cara de ver venir el alud.
Escuché fragmentos de la discusión mientras llegaba: nuestro preparador físico alegando que la recuperación «no se puede mover», la entrenadora de las Auroras —una mujer de voz grave y paciencia corta— recordando que ellas solo tenían dos noches.
Los jugadores hacían corro y cuchicheaban.
Alguien propuso dividir la pista por la mitad, que es una idea que solo se le ocurre a quien nunca ha visto un disco salir disparado.
Yo estaba a punto de intervenir con mi mejor sonrisa de mediadora cuando se adelantó la capitana de las Auroras. Veintidós años, coleta alta, una bolsa de deporte que pesaba más que ella, y una voz de megafonía natural que paró la discusión en seco:
—A ver. Los que trabajamos de noche solo reconocemos horarios. —Señaló el papel de la puerta—. Pone nuestro nombre a las nueve. Luego el suyo a las diez y media. Si su recuperación es en seco, la sala de pesas está libre. Si es en hielo, se esperan. ¿Alguna pregunta?
No hubo ninguna pregunta. El equipo entero del Árticos, capitán incluido, miró el papel, miró a la chica, y se fue a la sala de pesas. Yo me quedé mirándola marchar, coleta al viento, paso de gestora de turnos veterana.
—¿Quién es esa? —pregunté a Eugenia.
—Dani Roque. La capitana de las Auroras. De día es jefa de turno en una nave de paquetería del polígono de al lado. Viene de trabajar, entrena, y vuelve a currar. —Bajó la voz—. Dicen que es la mejor jugadora de la liga femenina. Y la más rápida discutiendo.