Capítulo cuarto — Hielo de carretera #3
—Brett y Kuba rinden. Pero en enero, con la Copa y las lesiones, dos se quedan cortos. Usted lo ve, yo lo veo.
—¿Y por qué no fichamos?
JR miró la carretera.
—Porque el tercer hueco se lo dejamos a quien lo merezca.
No es una frase bonita. Es una política del club.
No vamos a traer a un mercenario de paso a ocupar una taquilla que algún día tiene que ocupar alguien que se la gane.
El hielo no perdona, Aitor, pero tampoco olvida: lo que siembras en el vestuario lo cosechas en abril.
—¿Y si no llega nadie que lo merezca?
—Entonces jugamos con dos. Y nos apretamos.
—Balaguer no estará de acuerdo —dije—. Él quiere números. Un tercer extranjero son números.
—Balaguer quiere que esto sea un negocio.
Y lo es. Pero el negocio se sostiene sobre el vestuario, no al revés.
—Giró la cabeza hacia mí—. Cuando fundamos esto, Federico y yo hicimos un trato: él ponía el dinero y yo ponía el criterio.
De momento nos ha ido bien. El día que el dinero ponga el criterio, esto deja de ser un club y empieza a ser una franquicia.
Y a las franquicias no les canta nadie «hielo en las venas».
Se quedó un rato más, hablando de las líneas y de la salida de disco de los juveniles, y luego volvió a su asiento.
Yo me quedé con la frase dando vueltas: «a quien lo merezca».
En el hockey, como en la montaña, las plazas vacías también ocupan sitio.
Un hueco es una promesa. Y las promesas, lo sé por casa, se llevan mejor o peor, pero se llevan siempre.
Antes de dormirme, con Madrid ya cerca, Eugenia me pasó el móvil por encima del respaldo: «Del departamento de comunicación», dijo, con la ceremonia de una caja fuerte.
Era un informe de una página hecho por Sara: datos del partido en redes, crecimiento de la cuenta, recortes de los comentarios.
En la portada había una gráfica y debajo, escrito a mano digital: «Teruel: +214 seguidores.
La victoria viaja bien. Próxima parada: llenar la casa. »
Iba a devolver el móvil con un «bien» y ya está. No lo hice. Me quedé mirando el «+214» un momento. Doscientas catorce personas que no habían ido a Teruel y que ahora sabían cómo se llamaba nuestro portero. Entregué el móvil de vuelta.
—Dile que está bien —dije.
—¿Que se lo diga yo? —Eugenia sonrió como una diablilla—. Tiene WhatsApp, capitán.
—Que se lo digas tú.
—Qué manera de complicar lo sencillo —murmuró, guardándose el móvil, pero lo dijo sin maldad, con la condescendencia de la juventud hacia los que todavía usamos el teléfono para llamar.
Dormí una hora, quizá dos. Soñé con la carretera, como sueño siempre en los autobuses: la línea discontinua entrando debajo del capó sin parar, y alguien contándola en voz alta en un idioma que no entendía.
Llegamos al intercambiador de Avenida de América a las cinco y media de la mañana, con el cielo de Madrid todavía cerrado. Bajé los palos del maletero por costumbre de capitán —el último en bajar—, y ahí estaba ella.
Sara Urién, a las cinco y media de la mañana, en un intercambiador vacío, con dos cafés de termo en una bandeja de cartón y la misma sonrisa de oficina de turismo que en la taquilla. Vestía la chaqueta del club, la que le habíamos dado el lunes, y se le veía el frío en la punta de la nariz.
—Vengo a por material —dijo, tendiéndome un café—. Caras de victoria a las cinco de la mañana. Eso no se compra.
—Vienen del autobús —dije—. Son caras de autobús.
—Las caras de autobús después de ganar son las mejores del mundo. —Miró por encima de mi hombro a los chavales que bajaban bostezando, a Tata enseñándole a alguien la jugada del gol con las manos, a Raúl cojeando feliz—. ¿Ve eso? Mañana eso lo ven cinco mil personas.
Cogí el café. Estaba caliente de verdad, no de máquina: de termo, hecho en casa. Y entonces pasó. Yo había preparado un «gracias» y un «buenas noches», que es mi repertorio completo de cortesía. Lo que salió fue otra cosa:
—El gol lo metió Tata. La próxima vez que haga usted un vídeo, empiece por él. Se lo ha ganado.
No era una orden. No era una respuesta de noventa segundos. Era una frase entera, con una opinión dentro, y me la oí decir como se oye uno hablar en sueños: desde fuera. Ella me miró un segundo, con la cabeza ladeada, verificando un dato.
—Apuntado —dijo—. Gracias, capitán.
Se fue hacia su coche con la bandeja vacía y el paso rápido de quien ya está redactando.
Yo me quedé con el café en la mano, en medio del intercambiador, mientras el cielo empezaba a abrirse por detrás de las torres.
Raúl pasó a mi lado, cojeando hacia el taxi que compartía con Iván, y me dedicó una mirada larga y una sonrisa de abuelo que lo ha visto todo.
—Café a las cinco y media —dijo—. Qué cosas tiene la victoria.
—Venía a por material.
—Claro. Material. —Se subió al taxi, dolorido y feliz—. Guarda la rodilla, capitán. Y el café.
En la montaña dicen que cuando el camino te sorprende llano, es que va a empezar la cuesta. Esa mañana el camino estaba llano, el café caliente y la temporada recién ganada a domicilio.
Debí de sospechar algo.