Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo cuarto — Hielo de carretera #2
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Capítulo cuarto — Hielo de carretera #2

La segunda mitad del viaje es la que separa a los equipos de verdad de los grupos de pasajeros.

Los jóvenes se durmieron con los auriculares puestos.

Tata sacó una baraja y le enseñó a Brett a jugar al mus, que en un autobús español es una ceremonia de naturalización: a los diez minutos el canadiense decía «órdago» con una convicción que le quedaba grande, y perdía con una deportividad que le quedaba chica.

Kuba leía un libro en checo con cara de examen.

Raúl iba de asiento en asiento, sin prisa: le ajustó el cuello de la almohada a un juvenil que dormía torcido, le dijo a otro que bajara los pies del respaldo, y se plantó un rato junto a los dos de la tercera línea, los más nuevos, explicándoles en voz baja cómo era la pista de Teruel, dónde picaba el disco, qué banda era la mala.

Lo vi por el espejo retrovisor del pasillo.

Eso no está en ninguna ficha técnica. Eso es lo que un club compra cuando paga a un veterano, y lo que ningún presupuesto sabe contabilizar.

Yo revisé el vídeo de Teruel en el portátil hasta que el estómago dijo basta —el vídeo en carretera es para estómagos de acero— y me puse a mirar por la ventana la meseta, que es mi vídeo favorito.

Cada tanto, el autobús atravesaba un pueblo con el frontón junto a la carretera y las casas cerradas a cal y canto.

Pensé en Jaca, como pienso siempre que veo un pueblo pequeño desde un autobús: en que de algún sitio así salió mi padre, y de otro sitio así salí yo, y que los dos acabamos mirando carreteras por la ventanilla, cada uno en la suya.

Teruel olía a frío aunque hacía buen tiempo.

La pista era vieja, pequeña, con la grada pegada al hielo y una afición que silbaba con conocimiento.

Nada que ver con la Pista Norte: aquello era una trinchera.

En la pista de calentamiento, el disco rebotaba de otra manera, más muerto, y los juveniles lo notaron en los guantes: los vi mirarse las palmas como si el disco les hubiera mentido.

Les dije lo que mi primer entrenador en Canadá me dijo a mí en una pista igual en Ontario: «El disco no está muerto.

Está dormido. Despiértalo a pases.» En el vestuario de visitantes, Vicho dijo una sola frase: «Los partidos como este no se juegan: se sobreviven.

Y el que sobrevive con tres puntos es tan bueno como el que gana cinco a cero. »

El partido fue feo, trabado, de golpeo continuo.

Nos costó el primer periodo entender que en Teruel no había espacios, que había que fabricarlos a empujones.

Su defensa central era un armario con bigote que me recibió en el primer turno con un choque de hombros que me ordenó las costillas.

Le devolví la cortesía en el segundo turno.

Así se negocia en este deporte: con el cuerpo, en silencio, turno a turno.

Marcaron ellos primero, de rebote, en una jugada en la que Iván no pudo hacer más que mirar.

Al descanso del primer periodo, Vicho no gritó: bajó la voz, que es mucho peor.

«Os están midiendo —dijo—. ¿Vais a dejar que os midan? »

El segundo periodo fue otro partido. Salimos a morder en la salida de su disco, y Teruel, que estaba acostumbrado a que le regalaran el medio del hielo, empezó a perder discos tontos.

A uno de esos discos tontos llegó Brett, y Brett en carrera es un problema físico con patines: se llevó a su defensa por delante, aguantó el palo, y cruzó el disco al segundo palo, donde nadie llegó porque todo el mundo estaba mirándole a él.

Empató él mismo en el rebote, en una jugada de pura obstinación canadiense.

Uno a uno. La trinchera silbó, y el silbido de una trinchera es un cumplido: significa que te temen.

Y en el tercer periodo, con el partido pidiendo una brida, pasó lo de siempre con los equipos que están creciendo: creció.

Raúl bloqueó un tiro con el pecho que sonó en todo el pabellón como un disparo.

Se levantó cojeando, negó con la cabeza a Marta desde el hielo —«después, después», le vi decir— y siguió.

Dos minutos después, Iván hizo la parada de la temporada, una estirada lateral que levantó hasta a la grada local.

Y a falta de cuatro minutos, con el empate ya firmado por las dos partes, Tata cogió un disco suelto en la línea azul, se fue de su par como se fue siempre, con ese arranque corto de ferretero que sube escaleras con cajas, y la cruzó bajo las piernas del portero.

Dos a tres. Primera victoria en la élite.

Los cuatro minutos que quedaban fueron los más largos de la temporada hasta entonces.

Teruel sacó al portero, nos empotró contra nuestra banda y bombardeó.

Yo gané dos face-offs seguidos en nuestra zona y perdí el tercero, y ese tercero estuvo a punto de costarnos el empate: el tiro salió de la línea azul, pegó en un patín, se envenenó, e Iván lo sacó con el hombro ya vencido, a la desesperada.

El disco quedó muerto en la escuadra. Sonó la sirena.

No hubo grito mío —nunca lo hay—, pero apreté el palo hasta que me dolieron los dedos, que es mi manera privada de saltar de alegría.

El vestuario de visitantes de Teruel es un zulo de cuatro duchas, y aquella noche pareció el palco de un estadio.

Cantamos. Cantamos mal y fuerte, que es como se canta en los zulos.

Tata, con la toalla a modo de capa, hizo el discurso del gol tres veces, una por ducha, y en cada versión el regate era más largo y el portero más alto.

Brett intentó el himno de la Grada en español y lo convirtió en una canción de otro género musical.

Iván, el héroe real de la noche, se duchó el último, en silencio, con la satisfacción quieta de los porteros, que no celebran: certifican.

Raúl se sentó a mi lado en el banquillo del vestuario, con la rodilla ya envuelta en hielo y una sonrisa de veterano que ha ganado en todos los campos de España.

—Primera de muchas —dijo.

—Primera y punto —dije—. El sábado viene León y no le deben nada a nadie.

—Disfruta cinco minutos, Mendoza. Los capitanes también tenéis derecho a cinco minutos.

Le hice caso. Me quedé cinco minutos —los conté— sentado en aquel zulo que olía a linimento y a victoria, escuchando a los chavales cantar, y guardé la escena en el sitio donde se guardan las cosas que sirven para el invierno.

Vicho nos dejó tres minutos más y luego: «¡Al autobús, que esto no es Bilbao!

», que es una expresión de su pueblo que nadie entiende pero todos obedecen.

En el viaje de vuelta, el autobús tardó una hora en dormirse. «El Autobús», el grupo, echó humo:

«Eugenia: RESUMEN: hemos ganado. FOTOS: mañana.

FELICIDAD: la justa. Tata: [emoji de tornillo] [emoji de tornillo] [emoji de tornillo] Brett: [nota de voz — 0:07] Iván: alguien que la ponga, yo ya no puedo reírme más Kuba: En Chequia también ganamos a veces.

No celebramos tanto. Raúl: que alguien me traiga una crema en la próxima parada.

La del tubo azul. Vicho: MAÑANA DESCANSO.

EL QUE SUBA UNA FOTO EN UN BAR LE BAJO AL FILIAL.

Eugenia: míster, no tenemos filial Vicho: PUES SE INVENTA. »

Yo no escribí nada. Nunca escribo. Pero lo leí todo, dos veces, con la pantalla iluminándome la cara en el autobús a oscuras, y me sorprendí sonriendo en la penumbra. Ganar es bueno. Ganar acompañado es otra cosa distinta, más rara y más cara.

Yo no me duermo en los autobuses; nunca pude. Me quedé mirando la carretera en la penumbra, con el zumbido del motor y las respiraciones de veintipico tíos cansados. Raúl, dos filas detrás, dormía con la boca abierta y la mano en la rodilla mala: dormía y vigilaba, como había dicho.

JR bajó desde su asiento y se sentó a mi lado. Estuvimos un rato sin hablar, que es como JR empieza las conversaciones importantes.

—Bien hoy —dijo al final—. Pero se lo voy a decir antes de que me lo pregunte en noviembre: nos falta un tercer extranjero.

—Lo sé.