Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo cuarto — Hielo de carretera
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Capítulo cuarto — Hielo de carretera

Ganar fuera de casa, en esta liga, empieza mucho antes del partido: empieza el lunes, en la recuperación, y sigue el jueves, cuando el autobús arranca con veintitrés jugadores, dos palos por cabeza y una nevera de bocadillos que Marta vigila como si fuera la farmacia del club.

La semana del primer desplazamiento de nuestra historia en la élite empezó, como todo lo importante, con agujetas.

El lunes fue de descarga: piscina, estiramientos, y vídeo del debut.

Vicho nos puso el dos a dos seis veces. «Esto —dijo— es lo que vamos a hacer todos los sábados.

Lo demás es paisaje.» Nadie le llevó la contraria.

Habíamos perdido y el vestuario estaba contento, que es una cosa rara que solo pasa cuando el marcador miente a tu favor.

Yo no estaba contento. Estaba satisfecho, que es distinto y dura menos.

En el vídeo se veía lo que en el hielo no se ve: que su tercera línea nos había comido el centro del campo en el primer periodo, y que si los Titanes llegan a ajustar la mira, el partido se nos va por cinco.

Lo dije en la sala. Vicho asintió: «Por eso eres el capitán, por verlo.

Y ahora que lo has visto, olvídalo. El sábado es otro partido y otra pista y otra meteorología. »

Marta me revisó la rodilla al final de la sesión, sin que yo se lo pidiera, que es su manera de pedírmelo. Apretó aquí y allá con dedos de diagnóstico.

—¿Cómo va la montaña? —me preguntó, que es su mote privado para mí, no sé muy bien por qué.

—Aguanta.

—La montaña no aguanta: está ahí. Las rodillas aguantan o no. —Soltó la pierna—. Hoy aguanta. Que dure.

El martes, en el gimnasio, Raúl se me sentó al lado en la bicicleta.

—El sábado, Teruel —dijo—. Seis horas de autobús. ¿Has traído alguna vez a este equipo a un campo así?

—He jugado en pistas peores.

—No pregunto por la pista. Pregunto por las piernas. La mitad de estos chavales no ha hecho un viaje largo en su vida.

—Por eso vas tú en el autobús, abuelo. Para contarles cómo se hace.

—Yo lo que hago en los autobuses es dormir. —Pedaleó un rato—. Y vigilar. Se puede dormir y vigilar a la vez. Es cosa de veteranos.

Raúl era así: se ofrecía para todo diciendo que no servía para nada.

Treinta y cinco años, dos rodillas reconstruidas, y seguía siendo el primero en subir al autobús y el último en bajar.

Cuando la gente habla de capitanes, habla del brazalete.

Los equipos de verdad tienen tres o cuatro capitanes, y solo uno lleva la letra en el pecho.

—Por cierto —añadió, bajando la resistencia de la bici—. La nueva de prensa me ha preguntado por ti. Qué tipo de capitán eres.

—¿Y qué le has dicho?

—La verdad: que eres un capitán de antes. Que hablas poco y cargas mucho. —Me miró de reojo—. Y que no se te acerque mucho, que muerdes.

—Raúl.

—Lo de morder es licencia poética. Ella sabrá traducirlo. Es de Santander, como los osos.

Pedaleé un rato sin contestar. Lo de la entrevista semanal me pesaba desde que firmé, no por los diez minutos, sino por lo que había debajo: alguien con derecho a preguntar. Las preguntas son como el deshielo: por fuera todo sigue igual, pero por debajo el hielo empieza a crujir.

El miércoles, después del entrenamiento, tuve mi primera sesión de diez minutos con la de prensa.

Fue exactamente lo que temía y no fue nada de lo que temía. Me esperaba en la grada con dos cafés de la máquina del vestuario —la norma once no especificaba café, pero lo trajo—, y no sacó libreta. Eso me descolocó más que si la saca.

—Diez minutos —dijo, mirando su reloj con una solemnidad burlona que reconocí: se estaba burlando de mí imitándome—. Puede hablar del tiempo.

—Está nublado.

—Llevo en Madrid seis años. Nublado aquí significa que no llueve. En mi tierra nublado significa otra cosa.

—¿De dónde es?

—De Santander. Allí el tiempo es un deporte de contacto, como el hockey. —Bebió un sorbo—. Vio que no le preguntaba por el partido.

—El partido ya lo vio todo el mundo.

—Exacto. Cuatrocientas doce personas lo vieron. Los otros cinco millones de esta ciudad no. Mi trabajo no es contar lo que pasó; es que a la gente le den ganas de ver lo que va a pasar. Y para eso necesito saber cosas. No cosas de periódico. Cosas como: ¿por qué se puso el número nueve?

—Porque el cuatro lo llevaba Raúl.

—Eso no es respuesta.

—Es la respuesta entera.

Se rio. No una risa de cortesía: una risa de verdad, corta, que le arrugó la nariz.

Apunté mentalmente la hora: siete minutos.

Había hablado más con ella en siete minutos que con ningún periodista en cuatro años.

Me di cuenta de que no me había dado tiempo a construir el muro, y que eso era exactamente su estrategia.

La reconocí buena en su oficio, que es lo máximo que yo reconozco de alguien a la segunda semana.

—Vale, otra —dijo—. Usted es de Jaca. El hockey en Jaca es religión. ¿Por qué se vino a Madrid, que es el desierto?

—Porque en Jaca ya estaba todo escrito.

—¿Y eso es malo?

—Lo escrito por otros, sí.

Me miró un momento con la cabeza ladeada.

Me di cuenta, tarde, de que acababa de decir algo que no decía nunca, y de que ella se había dado cuenta de que me había dado cuenta.

No apuntó nada. Eso fue lo peor: que no apuntó nada.

La gente de prensa normal, cuando le das una frase así, se le iluminan los ojos como a un perro con un palo.

Esta mujer la dejó caer al hielo y siguió patinando.

—¿Y Teruel? —preguntó—. ¿Cómo se prepara para seis horas de autobús para jugar una hora?

—Se duerme. Se come. Se mira por la ventana. La carretera es parte del partido.

—Eso es casi poético, señor del tiempo.

—Es literal. —Me levanté—. Se acabaron los diez minutos.

—Nueve y medio —dijo, mirando el reloj—. Me quedo con el cambio.

El jueves a las nueve salió el autobús. Antes, a las siete, hice mi ruta de siempre por el pabellón: revisé que Sebas no necesitara manos para la carga, firmé la hoja de material con el utilero y dejé mi bolsa en la fila que me corresponde.

Las rutinas no son superstición: son la manera de que el cuerpo sepa qué día es.

El cuerpo es un animal doméstico; hay que pasearlo siempre por el mismo camino.

Las plazas de un autobús de equipo son como las taquillas del vestuario: no se asignan, se heredan y se conquistan.

Delante, el cuerpo técnico y JR. En el medio, los veteranos: Raúl tiene la ventanilla del pasillo central desde tiempos inmemoriales, porque «desde aquí se ve quién se marea».

Atrás, los jóvenes y los extranjeros, que todavía no han conquistado nada.

Yo viajo tres filas detrás del cuerpo técnico, pasillo, pierna estirada.

Es la posición del capitán: cerca del mando, con vista a toda la tropa.

A la altura de Guadalajara, Eugenia, que viajaba con nosotros para hacer contenidos, se levantó con el móvil en alto, a modo de brindis.

—¡Atención! He creado el grupo oficial del equipo. Se llama «El Autobús». Estáis todos. Normas: nada de salirse, nada de silenciarlo, y los lunes se suben las fotos del fin de semana.

—¿Y quién te ha nombrado a ti administradora? —preguntó alguien desde atrás.

—La vida —dijo Eugenia, y volvió a sentarse.

Hubo risas. Alguien preguntó si el grupo admitía fotos de los ronquidos de Raúl.

Raúl, sin abrir los ojos, dijo que él tenía fotos de todos nosotros en pretemporada y que la guerra la elegíamos nosotros.

Se acabó la rebelión antes de empezar. Así se gobierna un vestuario: con archivos comprometedores y mano izquierda.

El primer mensaje del grupo lo mandó ella: una foto de la autopista con «6 HORAS. VAMOS.» El segundo, de Tata: un emoji de un tornillo, que en el código del vestuario significa «apretando». Y entonces Brett Callahan envió una nota de voz.

La puso alguien en altavoz, por error o por maldad, y el autobús entero escuchó doce segundos de inglés canadiense rapidísimo rematados por un «¡vamos, coño!

» con un acento que no era de este mundo ni del otro.

Hubo una ovación. Brett, dos filas por delante, se giró con los brazos en cruz, ofendido y feliz.

—¿Qué he dicho mal ahora?

—Nada, tío —dijo Iván—. Has dicho «vamos» como si fueras de Ontario y «coño» con acento de Vallecas. Es arte.

A partir de ese momento, las notas de voz de Brett fueron la banda sonora oficial de los desplazamientos.

Las coleccionábamos. Kuba intentó una en checo y el autobús decretó, por unanimidad, que el checo no sonaba gracioso en español, sonaba serio hasta para pedir agua.

«En mi país —dijo Kuba, solemne— la gente es muy divertida. » Nadie se atrevió a discutírselo.

Comimos en un área de servicio de la A-23, bocadillos de Marta y café de máquina.

JR se sentó con Vicho a repasar la alineación.

Yo me quedé de pie, mirando el paisaje: la meseta bajando hacia Teruel, el cielo cada vez más grande, los matorrales cada vez más bajos.

Me gusta esa carretera. Se parece a las carreteras de casa: largas, rectas, con el horizonte puesto muy lejos a propósito, para que uno vaya ordenando las ideas.