Capítulo tercero — Diez normas #3
—Le falta la once. —Saqué mi bolígrafo—.
Nueve de cada diez normas que ha escrito me dicen lo que no puedo hacer.
La once me dice lo que puedo. Diez minutos a la semana, usted y yo, sin grabadora.
No es una entrevista: es conversación. Puede hablar del tiempo.
De la presión atmosférica, si quiere. De la curva de su palo.
De lo que le dé la gana. Pero son mis diez minutos, todas las semanas, y no se negocian.
JR se cruzó de brazos con cara de estar disfrutando más de lo que convenía.
—¿Por qué sin grabadora? —preguntó Aitor.
—Porque con grabadora usted me da respuestas de noventa segundos.
Sin grabadora, igual me da algo que sirva.
—Le sostuve la mirada—. Yo ya no soy periodista, señor Mendoza.
Soy su departamento de comunicación. Todo lo que usted me cuente sin grabadora lo usaré para que venga gente, no para que usted salga en la tele diciendo tonterías.
Es mi trabajo que la gente le conozca. Puede ponérmelo difícil o imposible. Difícil sale más barato.
Se quedó mirándome con esa cara de piedra del Pirineo que yo empezaba a catalogar. Cogió el bolígrafo, y bajo la norma diez escribió, despacio, con la misma letra que no duda:
«11. Diez minutos a la semana con la de prensa. Sin grabadora. Se puede hablar del tiempo.»
Firmó debajo. Un garabato con pretensiones de montaña.
—Los miércoles —dijo—. Después del entrenamiento. Si llego tarde, se espera. Si llega usted tarde, se acabó.
—Trato hecho, señor del tiempo.
No sé por qué lo dije. Salió solo, de esa zona del cerebro que los periodistas tenemos siempre redactando. Él me miró un segundo, no dijo nada, y salió del despacho con su paso económico de siempre.
JR esperó a que se cerrara la puerta.
—Lleva aquí tres años. Es el mejor jugador que he tenido y el peor entrevistado que he visto. —Sonrió por primera vez en toda la tarde—. Usted siga así. Este club se gana igual que los partidos: por insistencia.
Salí del despacho con el folio de las normas en la mano —me lo quedé yo, que era la única que iba a necesitar consultarlo— y me fui directa a mi cubículo de tres por tres a escribir la crónica. Perdón: la nota de prensa. Quedaban diecisiete minutos de los treinta prometidos.
Escribí rápido, que es lo único que sé hacer sin esforzarme.
Resultado, crónica del partido, tres declaraciones de Vicho, dos de Tata, estadísticas de Iván.
Eugenia me pasó desde su móvil el vídeo de la salida con el haz de luz —«ha quedado casi profesional, Sara, casi»— y lo adjunté a la nota con dos fotos del fotógrafo de agencia que me había cedido el material a cambio de una mención.
Redes del club actualizadas: resumen en noventa segundos, el gol de Callahan en bucle, la bandera de Tata.
Lo programé todo para las once de la noche, hora bruja del domingo, cuando la gente mira el móvil en el sofá con la culpa del lunes asomando.
Y al final, el pie, el párrafo de identidad que las notas de prensa llevan como firma invisible.
Escribí: «El Árticos de Madrid ha comparecido hoy en la máxima categoría ante cuatrocientas doce personas que no se arrepintieron de venir.
Somos el club que juega al norte del norte. »
Lo mandé. Ismael me contestó a los nueve minutos: «Recibido. Buena frase la del final.»
Releí la frase. «Somos.» Había escrito «somos». No «el club es», no «el equipo resultó». Somos. Nueve años escribiendo sobre equipos ajenos en tercera persona, y en la primera nota de mi nueva vida había escrito «somos» sin darme cuenta, como quien coge el acento de un pueblo al tercer día.
Eugenia se había quedado a ayudarme y lo celebró con un puñetazo al aire cuando vio las primeras notificaciones.
«Ciento veinte personas han visto el vídeo ya», me dijo, como se anuncia un nacimiento.
No tuve corazón para decirle que en mi anterior vida ciento veinte personas era el retardo de una web un día malo.
Aquí era un récord. Aquí iba a ser un récord cada semana, hasta que dejara de serlo.
Le prometí que cuando llegáramos a mil lo celebraríamos con chocolate en la cabina de megafonía.
Ella lo tomó como un contrato. Los becarios siempre toman las promesas como contratos; por eso hay que hacerles promesas buenas.
Me quedé un rato mirando la pantalla. En la grada, Sebas pasaba la máquina lento, solo, bajo las luces que ya se apagaban por sectores.
Las cuatrocientas doce personas se habían ido a sus casas con una derrota, y yo sabía —lo sabía con la certeza de quien ha leído muchas gradas— que el sábado siguiente volverían todas.
Había visto sus caras en el dos a dos. Nadie abandona un sitio donde ha rugido así.
Guardé el folio de las normas en la carpeta, en la primera funda, delante de todo. Diez muros y una puerta de diez minutos semanales. Era poco. Era muchísimo más de lo que tenía ayer.
Antes de irme, hice una cosa más. Abrí el plan de medios y añadí una línea al final de la primera página: «Semana 1: 412. Quedan 788.» No era un número redondo ni un titular posible. Era un contador, y los contadores solo sirven si los mira alguien todos los días. Decidí que lo miraría yo.
«El capitán pone las normas y la comunicación pone las butacas: crónica de un empate técnico.»
Apagué el ordenador. Quedaban setecientas ochenta y ocho personas por convencer. Empezaba la cuenta.