Capítulo tercero — Diez normas #2
En la zona mixta —el cordón de velcro— los jugadores pasaron sudando y resignados y orgullosos, todo a la vez, que es una combinación que solo da el deporte.
Tata se detuvo con cada uno de los cuatro periodistas como si fuéramos cuarenta.
A mí me dijo, con esa cara de perro bueno que tiene: «Hemos perdido, pero han visto que se puede, ¿no?
Díselo a la gente: que se puede.» Kuba, con su español de diccionario, soltó una frase que me quedó dando vueltas: «En casa se dice: primer partido de temporada es como primera nevada.
Todo el mundo mira. Lo importante es segunda nevada.
» Ismael me preguntó si el club emitiría nota de prensa.
Le dije que en media hora la tendría en su correo, y vi en su cara que no se lo creía.
Me puse el cronómetro mental: veintinueve minutos.
Antes de irme de la zona mixta, me acerqué a la boca de la Grada Norte.
Un hombre de unos cincuenta años, con la bufanda anudada como un corbatín, recogía la pancarta de sábanas con mimo litúrgico.
Me presenté. Se llamaba Quino, era de Tetuán, y llevaba siguiendo al hockey madrileño «desde que había hockey madrileño, niña, que tú no habías nacido».
—¿Cuarenta y pico años de hockey y hoy han venido cuatrocientas personas, Quino? ¿No desanima?
Me miró como se mira a alguien que ha dicho una obviedad.
—Desanima el silencio, no el número. Hoy no ha habido silencio. —Dobló la pancarta por la mitad—. En los ochenta esto se llenaba. Yo lo vi. La gente no se ha muerto, solo se le olvidó el camino. Ustedes recuérdenselo.
—Trabajo en ello —dije.
—Pues trabaje más rápido, que yo ya tengo una edad.
Faltaba el capitán. Miré hacia el túnel.
El capitán hablaba con Vicho, cabeza gacha, asintiendo.
Y entonces vi el detalle que me quedó grabado: la fila seis del sector sur.
Había una señora mayor sola en medio de una fila casi vacía, con una bufanda, aplaudiendo todavía.
A su lado, un asiento libre. No había ningún Mendoza más en la zona mixta ni en la grada.
Archivé la imagen sin saber todavía dónde guardarla.
JR me encontró antes de que yo le encontrara a él.
—Al despacho. Tú, yo y el capitán. Ahora.
El despacho de JR olía a café recalentado y tenía en la pared una foto en blanco y negro de una selección de los ochenta, veinte muchachos de bigote serio.
JR se sentó detrás de la mesa. Aitor llegó dos minutos después, con el pelo mojado y la cara de un partido perdido por dos goles, sin ceremonias.
Se quedó de pie. Por supuesto que se quedó de pie.
—Esto va a ser corto —dijo JR—. Temporada nueva, categoría nueva, y un club que no existe en los medios. Sara tiene un plan. El plan necesita una cara. La cara del club eres tú, Aitor. A partir de hoy, la comunicación del equipo se coordina entre vosotros dos. Sin excepciones. ¿Preguntas?
Aitor miró por la ventana, como si en el aparcamiento hubiera una salida de emergencia.
—Sí —dijo—. ¿Quién juega los partidos, ella o yo?
—Tú. Y ella hace que la gente venga a verlos. Que es lo que paga tu ficha, por si no lo sabías.
Hubo un silencio. Aitor cruzó los brazos.
—Con el debido respeto: cada minuto que el equipo dedica a cámaras es un minuto que no dedica al hielo. Venimos de segunda. No nos sobra ni un minuto.
—Con el mismo respeto —contesté yo—: cada butaca vacía es un euro que no entra.
He visto los números, señor Mendoza. Este club ingresa por taquilla menos de lo que gasta en hielo.
¿Quiere que le diga cuántos partidos más como el de hoy, con cuatrocientas personas, aguanta la temporada antes de que las cuentas crujan?
Porque yo lo calculé anoche y no me dejó dormir.
JR levantó una ceja, interesado. Aitor no se movió.
—Yo no juego por las cuentas —dijo al final.
—Ya. Pero las cuentas juegan contra usted todos los sábados.
—Me oí a mí misma y me sorprendí: llevaba tres días en el club y ya hablaba como si me fuera la vida en ello.
Supongo que me iba—. No le pido que sonría a cámara.
Le pido que me deje trabajar. La gente no viene a ver resultados, viene a ver personas.
Y ustedes son veintitrés personas buenísimas que ahora mismo no las conoce ni su barrio.
—Nos conoce la Grada.
—La Grada son sesenta. Les quiero mucho desde hoy, pero sesenta no pagan un techo.
JR golpeó la mesa con la palma, suave, como se pita el final de un periodo.
—Se acabó el debate. Sara expone. Aitor responde. Y se llega a un acuerdo esta noche, que mañana hay entrenamiento.
Decidí gastar mi primera carta.
—No necesito que le guste —dije—. Necesito veinte minutos a la semana, fotos de entrenamiento y que alguien del equipo conteste a los medios que llamen. El resto lo hago yo.
—¿Veinte minutos de qué?
—De acceso. De usted, del vestuario, del día a día. La gente quiere saber qué desayuna un capitán, no otra crónica con estadísticas.
—Desayuno café y avena —dijo, tan seco que JR se ahogó con la risa.
—Apuntado —dije, y lo apunté de verdad, porque en mi oficio hasta la avena es materia prima.
Aitor metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un folio doblado en cuatro. Lo desdobló sobre la mesa. Estaba escrito a mano, con una letra pequeña y regular, de esas que no dudan. Decía así:
«Normas del vestuario — temporada 2027-28.
Nadie entra en el vestuario. Ni prensa, ni amigos, ni nadie.
Las entrevistas, en la zona mixta o en la grada.
Nunca en el banquillo. Lo del vestuario se queda en el vestuario.
De los compañeros no se habla. Si quieren hablar, que hablen ellos.
Las familias, fuera. Nada de fotos de hijos, novias ni padres.
Las noches de derrota se habla del partido.
Solo del partido. Nada de declaraciones sobre otros equipos.
Las lesiones las anuncia Marta. Punto. No se contesta nada por teléfono.
Por escrito o en persona. La vida privada no es contenido. »
Lo leí dos veces. Era, lo reconozco, un documento impecable en su género: diez muros perfectamente cimentados.
Cualquier jefa de prensa de un club grande lo habría firmado.
Yo no era jefa de prensa de un club grande; era una mujer con un objetivo de mil doscientas butacas y cuatrocientas doce personas en el casillero.
—¿La norma tres incluye lo que yo vea de casualidad? —pregunté, señalando el folio.
—Incluye todo lo que pase dentro.
—¿Y si un jugador quiere contarme algo por su propia voluntad?
—Entonces hablará él, que para eso es mayor de edad. La norma es para que nadie se entere por usted de lo que no quiera contar él.
—Justo —concedí. Era justo, qué demonios—. ¿Y la seis? Las noches de derrota son las que más venden, señor Mendoza. La gente quiere saber cómo se pierde.
—La gente quiere sangre —dijo—. El equipo no se la va a dar.
Ahí casi le aplaudo. No lo hice porque llevaba la cuenta de mis cartas y no podía permitirme gestos. Pero lo archivé: el hombre de los noventa segundos protegía a los suyos como una banda protege a su portero. Había algo ahí, debajo del granito, que no era granito.
—Está bien —dije—. Pero le falta una.
—No le falta ninguna.