Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo tercero — Diez normas
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Capítulo tercero — Diez normas

El día del debut amaneció con treinta y dos grados anunciados, lo cual es una broma macabra cuando tu lugar de trabajo es una nave industrial con mil doscientas butacas y una calefacción que funciona por inspiración divina.

Llegué a las nueve con tres camisetas de recambio —una de manga corta para el calor del mediodía, una de manga larga para el frío de la tarde y una por si acaso, que es la categoría meteorológica en la que vivo desde que trabajo junto a una pista de hielo— y me encontré a Eugenia colgando carteles con cinta de embalar.

—El señor Echarri ha dicho que hoy todo tiene que parecer de primera división —me dijo, estirando la cinta con los dientes—. Lo ha dicho ocho veces.

—¿Y qué es exactamente parecer de primera división?

—Que no se note el presupuesto.

Miré el pabellón con ojos nuevos. Alguien había fregado la entrada.

Había banderines azules en las farolas del aparcamiento, una mesa de acreditaciones —yo misma la había montado con una tabla y dos caballetes— y un cartel escrito a mano por Sebas que decía «Bienvenidos al norte del norte».

La frase era mía, del plan de medios; Sebas la había copiado con su letra de trazo firme, y verla ahí, colgada torcida de una farola, me dio un vuelco que no supe interpretar hasta más tarde: era la primera vez en nueve meses que algo que yo escribía salía del ordenador y se ponía delante de gente de verdad.

Pasé la mañana en la zona mixta, que era un cordón de velcro entre dos contenedores de botellas, con mi lista de acreditados.

La lista completa: Ismael, del diario de barrio; la chica de la web, que se llamaba Ainhoa y pedaleaba veinte kilómetros por hockey; el cámara autónomo; y un fotógrafo de una agencia que venía «por si acaso», la expresión más triste del periodismo deportivo.

Cuatro acreditados. En mi anterior redacción, cuatro acreditados era lo que quedaba en la sala a las dos de la mañana cuando ya se había ido todo el mundo.

A mediodía me asomé al túnel de vestuarios, respetando religiosamente la línea imaginaria que separaba mi territorio del suyo. Vicho pasó a mi lado con la pizarra bajo el brazo y me regaló veinte segundos.

—¿Nervioso, míster?

—Hija, yo jugué finales de Copa con la mano rota. Esto es un partido más. —Apretó la pizarra contra el pecho—. Pero si lo escribes, escribe que estoy tranquilo.

—Está tranquilo —confirmé.

—Mentira, pero queda bien.

Me gustó Vicho desde ese momento. Los que gritan en la pista y confiesan en el pasillo son gente de fiar.

Antes del partido había preparada una pequeña ceremonia: el voluntario de la megafonía iba a leer los nombres uno a uno, con los focos bajados y un solo haz siguiendo a cada jugador.

Lo ensayamos a las cuatro con las luces de diario, que daba un efecto más de taller que de gala, y Eugenia grababa todo para las redes con su trípode de veinte euros.

«Si parece grande, es grande», me dijo. La abracé mentalmente.

La mitad de mi oficio consiste exactamente en eso.

A las cinco empezó a llegar la gente. Lo supe por el ruido de la gravilla del aparcamiento, un crujido que se fue espesando.

Me subí a la cabina de megafonía —el cartel de «No gritar» seguía en su sitio— para ver la entrada.

Familias con niños con la camiseta de la escuela de patinaje.

Parejas de mediana edad con bufandas del club que olían a guardadas.

Y ellos: la Grada Norte, sesenta tipos —y alguna tipa, me corrigió después Eugenia— entrando en columna detrás de una pancarta de sábanas pintadas: «Hielo en las venas».

Entraban cantando bajito, como calentando.

Conté. No pude evitarlo; conté toda la tarde, por sistema, en bloques de veinte. A las seis menos diez, con el equipo ya en el túnel, hice el recuento final con ayuda de la chica de taquilla: cuatrocientas doce entradas y acreditaciones.

Cuatrocientas doce personas. Las conté dos veces. Ese dato no admite titular amable.

Mil doscientas butacas, cuatrocientas doce personas.

Poco más de un tercio del aforo. En mi documento, el objetivo de temporada era multiplicar por tres.

Mirando la grada desde la cabina, con la luz de la tarde entrando a plomo por los ventanales, el objetivo dejó de parecerme ambicioso y empezó a parecerme escrito en otro idioma.

Bajé a la banda para la salida. El de la megafonía —un voluntario, cuñado de Vicho— leyó las alineaciones con más solemnidad que oficio, y cuando dijo «con el número nueve, el capitán, Aitor Mendoza», los sesenta de la Grada Norte se pusieron en pie como un solo hombre.

—¡Hielo en las venas! ¡Hielo en las venas!

Sesenta personas haciendo el ruido de seiscientas.

Lo anoté tal cual en la libreta: «La grada no se mide en cabezas, se mide en decibelios.

Posible titular.» A mi lado, Tata sonreía hacia la pancarta; me enteré después de que los de la Grada le habían bordado el nombre en una bandera, «TATA — VICÁLVARO — TATA», con la tipografía de una ferretería.

Él les señaló la bandera y se golpeó el pecho dos veces. Era imposible no querer a ese hombre.

El partido, qué voy a decir del partido.

Yo he cubierto Champions de balonmano y Mundiales de bádminton, y les juro que ningún deporte se parece al hockey en directo: el disco es demasiado rápido para el ojo no entrenado, así que aprendes a leerlo en los cuerpos, en el giro de los hombros, en el golpe seco del palo.

Los Titanes salieron como lo que eran, un equipo con seis años de oficio en la categoría, y a los cuatro minutos ya ganaban cero a uno.

El segundo llegó antes del descanso del primer periodo, en una superioridad numérica ejecutada con esa frialdad de los equipos que han hecho la misma jugada cuatrocientas veces.

Pensé: «Aquí se acaba el cuento de hadas.» Lo pensé con el estómago, no con la libreta.

Pero Iván Redondo decidió que el cuento tenía más páginas.

Paró un uno contra uno con la pierna izquierda, luego un tiro lejano con el blocador, luego una vaselina de disco que todo el pabellón vio entrar menos él.

A la tercera parada, la Grada empezó a corear su nombre con el ritmo de los tambores que no tenían: «I-ván, I-ván.

» El chico no se inmutó. Los porteros son de otra madera, o del mismo hielo.

En el banquillo, Vicho no paró quieto ni un turno.

Gritaba las líneas con esa garganta de pabellón de balonmano: «¡Segunda!

¡Cambio! ¡Arriba, arriba!» Yo había creído que el hockey era un deporte de silencios, y resulta que se juega a gritos cortos, a palos golpeando la banda, a patines que frenan con un chirrido que te pone los dientes de punta.

Empecé a entender por qué la gente se engancha: es el único deporte que suena a lo que es.

Y entonces, en el segundo periodo, pasó lo que no estaba en ningún guion: el Árticos mordió.

Tata robó un disco en medio del hielo, se lo cedió a Callahan y el canadiense la puso donde un portero no puede poner nada.

Uno a dos. El pabellón entero —las cuatrocientas doce personas y el voluntario de la megafonía— soltó un rugido que me erizó los brazos debajo de la camiseta de manga larga.

Tres minutos después, en una superioridad nuestra, Aitor ganó un face-off limpio, el disco le llegó a Raúl en la línea azul y su tiro, rebotado en un defensa, se coló. Dos a dos.

El dos a dos lo vi desde la banda con el corazón en la garganta, yo, que había jurado ejercer de profesional.

Aitor levantó el palo apenas un segundo, sin sonreír, y señaló a Raúl, que es como se celebran los goles cuando eres capitán y de Jaca: señalando al autor.

La Grada cantó «Hielo en las venas» durante dos minutos enteros, y juro por mi vieja tarjeta de prensa que los cristales de los ventanales vibraron.

Durante once minutos, el norte del norte fue el centro del mundo.

No duró. Los Titanes son un equipo de élite precisamente por esto: no se alteran.

Se adelantaron otra vez a su ritmo: marcaron el tercero al final del segundo periodo en una jugada ensayada de libro y defendieron el tercero con un oficio que daba rabia y envidia.

Vicho vació la portería a dos minutos del final —«morir matando», me tradujo Eugenia— y el cuarto de ellos entró con la red vacía, un empujón triste que sonó a trámite.

Dos a cuatro. El marcador diría derrota; el partido había dicho otra cosa: que aquel equipo de polígono podía pelear veinte minutos de tú a tú con un conjunto de la categoría.

Iván Redondo paró treinta y un tiros. Lo apunté.

Treinta y una veces había evitado que el debut fuera un funeral.

Cuando sonó la sirena final, pasó una cosa que no esperaba: la gente se puso en pie.

No para irse. Para aplaudir. Los jugadores se quedaron un momento en el hielo, sin saber muy bien qué hacer con aquello —habían perdido, y en segunda perder no se aplaudía—, hasta que Raúl, el abuelo, levantó el palo hacia la Grada y todos le siguieron.

Tata fue el último en irse al túnel, repartiendo palmas con la primera fila.

Vi a un niño con una camiseta de la escuela de patinaje gritar su nombre, y vi a Tata señalarle y hacerle un gesto de «la próxima la metemos».

El niño se giró hacia su madre con la cara iluminada como una bombilla.

Anoté: «Ese niño vuelve. Y trae a otro niño. Así se llena una grada.»