Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo segundo — La primera línea #3
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Capítulo segundo — La primera línea #3

Por la noche, en el piso que comparto con dos fisios del Ramón y Cajal que casi nunca están, hice la llamada de los viernes a Jaca.

Descolgó mi madre con el ruido de la tele de fondo y me contó el pueblo: la obra de la carretera, la boda de la hija de la farmacéutica, el precio de la leña.

Yo le conté la semana: el entrenador nuevo no, el pabellón igual, la categoría nueva.

Cuando llegó la parte del debut, carraspeé.

—Os he dejado dos entradas en taquilla. Para ti y para padre. El sábado a las seis.

Hubo una pausa de las que ya sé medir. Mi madre no miente, pero administra.

—Yo iré, hijo. Ya lo sabes. Tu padre… ese día tiene una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una cosa del coro. Ya sabes cómo es.

El coro parroquial ensaya los jueves. Lo sé desde los nueve años. No discutí, porque hace mucho que aprendí que hay muros que no se escalan, se rodean, y este muro yo llevaba años rodeándolo por el mismo sitio.

—Dile que las entradas no caducan —dije—. Cualquier sábado vale.

—Se lo diré.

No se lo diría. O se lo diría y él diría que sí con la cabeza, que era su manera de decir que no.

Mi padre se llama Adolfo Mendoza y fue, durante unos años, lo más parecido a un prodigio que tuvo el hockey español de los ochenta.

Lo digo sin orgullo y sin rencor: es un dato, como decir que en Jaca nieva.

Veinticuatro años tenía cuando una rodilla le dijo basta en un partido de marzo.

Tenía ofertas para seguir en el extranjero, decía la prensa de la época.

Dijo que no a todo, colgó los patines y no volvió a pisar un pabellón.

Ni a jugar, ni a ver, ni a acompañar. En casa no hubo nunca una foto suya con el palo, ni una camiseta, ni una historia de sobremesa.

Mi madre guarda los recortes en un desván, y yo aprendí a patinar en una pista cubierta a cuarenta minutos de casa, con un entrenador que me cogió de la oreja el primer día y me dijo «tú eres el hijo de Mendoza, ¿no? », y yo dije que no, que yo era Aitor.

A los dieciséis me fui a Canadá con una beca. Mi madre lloró en la estación. Mi padre apretó el volante del coche de vuelta, me contó ella después. Eso es todo lo que sé de lo que mi padre piensa de que yo juegue: que aprieta el volante.

Colgué y me quedé un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla que se apagaba. En Jaca, cuando un camino se corta por un alud, no se dice «no hay camino»; se dice «de momento no se pasa». Mi padre lleva casi cuarenta años de momento no pasando por delante de una pista de hielo.

Abrí el cajón de la mesilla. Dentro hay poco: el pasaporte, una navaja de mi abuelo, pilas. Y el resguardo de la reserva de taquilla, doblado en cuatro: fila seis, once y doce, a nombre de mi madre. Lo sopesé. Es un papel absurdo: tres gramos de imprenta, y pesa como una piedra de río.

Al fondo del cajón, sin querer, rozó mi dedo el otro papel, el que siempre está ahí: un recorte de periódico de marzo del ochenta y nueve, amarillo, con las esquinas blandas de tanto doblarse.

No lo saqué. Sé lo que pone; lo sé desde los doce años, que fue cuando lo encontré en el desván, entre las cosas que en mi casa no se tiran ni se mencionan.

«Adolfo Mendoza, la rodilla que no quiso ser leyenda. »

Metí el resguardo dentro, empujé el cajón y se cerró con su golpe seco de siempre.

Pensé en dejarlo encima de la mesilla, visible, como hace la gente normal con las entradas que va a usar.

No pude. Una reserva visible para un asiento que va a quedar vacío es una pregunta esperando a que alguien la haga, y en mi casa las preguntas siempre fueron de otro deporte.

Mi madre vendría, se sentaría en el once, y el doce quedaría libre a su lado con esa obstinación de las ausencias pequeñas, que son las peores.

Ella no diría nada. Yo no diría nada. Cuatrocientas personas viendo el debut del Árticos en la élite, y mi única mirada fija, entre turno y turno, en un asiento de plástico azul sin nadie.

Mañana debutamos en la élite. Trescientas personas, cuatrocientas, las que sean, verán a un equipo de un polígono jugar contra los Titanes de Barcelona.

Yo saldré el primero por el túnel, como capitán, con el brazalete que mi padre no verá desde el sofá de Jaca, a trescientos cincuenta kilómetros de distancia y a un millón de años luz.

Hay quien cree que juego por demostrarle algo.

Se equivoca a medias. Juego porque el hielo es el único sitio donde no hay que explicar nada: el disco entra o no entra, llegas o no llegas.

Es el resto de la vida, la que empieza al salir del túnel, la que está llena de asientos vacíos y de frases que nadie termina.

Me quedé un rato más mirando el techo. Mañana tocaría saltar el primero, buscar el cuerpo del rival desde el primer turno, marcar el paso. Un partido es una carretera de noche: solo se ven los veinte metros que alumbra el turno presente, y con eso basta. Con eso siempre me ha bastado.

Apagué la luz. Se entrena a las siete. El que llega a las siete y uno, calienta solo.