Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo segundo — La primera línea #2
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Capítulo segundo — La primera línea #2

Esa mañana habíamos hecho dos horas de hielo y una de vídeo.

Los gemelos pedían tregua y a Callahan se le había puesto cara de estar entendiendo una conversación larga, que en él es señal de fatiga.

Kuba, en cambio, estaba fresco; los checos son como los inviernos largos, aguantan lo que les eches.

Mientras esperábamos a JR en el círculo, Iván me preguntó en voz baja si era verdad que habían cerrado con un periódico nacional para venir al debut.

Le dije que no sabía nada. Era verdad: yo nunca sé nada de lo que pasa fuera del hielo, y me cuido mucho de seguir sin saberlo.

—Temporada nueva, categoría nueva —dijo—.

Y una cosa que no es nueva pero que este año va en serio: la comunicación.

Hemos fichado a una responsable de medios, Sara Urién.

Viene de prensa deportiva de la buena. Su trabajo es que Madrid se entere de que hay un equipo de hockey.

Y para eso necesita al equipo. Empezando por ti, Aitor.

Lo dijo sin subir la voz, mirándome. Los demás encontraron de repente cosas muy interesantes que mirar en el hielo.

—¿Empezando por mí en qué sentido?

—En el sentido de cara visible. Entrevistas, actos, lo que haga falta. El capitán es la puerta.

—La puerta es Iván. —Alguien rio por lo bajo. JR no.

—El hielo no perdona, Aitor. Tú lo sabes mejor que nadie. Pero tampoco premia: lo que haces aquí dentro no existe si no lo cuenta alguien. Esta temporada se gana también fuera.

Me quedé con la frase en el pecho, que es donde JR deja las frases, como quien deja una piedra en la entrada de una casa para que no la cierre el viento. No dije que sí. Tampoco dije que no. Eso, en mi casa, siempre fue un sí a medias.

Al salir, en el túnel, JR me alcanzó. Se camina distinto cuando uno ha jugado: el cuerpo recuerda la zancada aunque las botas sean de oficina.

—No te pido que te guste —me dijo, ya sin público—. Te pido que lo hagas bien, como haces todo. La chica es seria. La han despedido de un periódico grande y podría estar cobrando el paro en su casa, y sin embargo está aquí, contando butacas. Dales a los dos una oportunidad.

—¿Los dos?

—A ella y a ti, mendrugo.

Se fue silbando. Yo me quedé pensando en lo de contar butacas. Así que era eso lo que hacía en la grada.

El jueves entrenamos sistemas de superioridad numérica hasta la extenuación.

Callahan marcó tres veces de penalti y gritó algo en inglés que hizo reír a todo el banco; cuando le pedí que lo tradujera, dijo que era «técnicamente intraducible y legalmente dudoso».

Kuba me dio un pase de taco en la última repetición que valió una ovación del banquillo.

El equipo estaba bien. Eso es lo que apunté aquella noche en mi libreta de temporada: «Equipo bien. Grupo sano. Grada pendiente.»

Soy de libretas. Lo aprendí de mi madre: lo que no se escribe se olvida, y lo que se olvida vuelve.

Aquella noche, en la cocina del piso, me encontré a Marcos, uno de mis compañeros de casa, haciendo la compra del mes a las once de la noche porque trabajaba a turnos.

Me ofreció una cerveza. Me la bebí de pie, apoyado en la encimera, mientras él me contaba el caos del hospital y yo pensaba en la charla de JR. Gano el mejor sueldo de la plantilla y aun así comparto piso con dos fisios: la gente cree que jugar en la élite es otra vida, y es esta, una cocina pequeña y la compra a medias.

No me quejo. El hockey español no paga fortunas; paga justo lo suficiente para que no puedas quejarte en voz alta.

—¿Qué tal la temporada? —me preguntó Marcos.

—Empieza el sábado.

—¿Vas a ganar?

—Vamos a competir.

—Eso es un no. —Se rio y se fue a dormir. Los fisios son así de directos; será el oficio.

El viernes, víspera del debut, el ambiente en el vestuario era el de siempre por fuera y otro por dentro.

Tata cantaba en la ducha. Iván revisaba sus palos tres veces, como todos los viernes.

Los juveniles hablaban bajito, como si la categoría nueva fuera una biblioteca.

Yo pasé por la taquilla del pabellón a media tarde.

Llevaba toda la semana dándole vueltas a lo de las entradas, y al final hice lo que hago siempre con las cosas que me dan vueltas: me planté delante.

La chica de taquilla, nueva también, me buscó en la lista.

—Mendoza, dos localidades. Fila seis, sector sur. ¿Juntas, imagino?

—Juntas. Y déjelas aquí, a recoger. A nombre de mi madre.

Las apuntó en el registro de reservas: fila seis, asientos once y doce.

Miré la anotación un momento. Desde ahí se ve perfecto el círculo central.

Elegí esa fila porque es donde yo me sentaba de crío en el pabellón de Jaca, cuando iba con mi madre a ver jugar a otros, que era nuestra manera de hablar de hockey sin hablar de lo nuestro.

—¿Algo más?

—No. Gracias.

A la salida de la taquilla me crucé con la periodista.

Venía del despacho de JR con una carpeta y una sonrisa de las que no piden permiso, de las de oficina de turismo.

Me deseó suerte para el sábado. Le di las gracias.

Dos palabras cada uno, como un face-off limpio, y seguimos nuestro camino.

Lo cuento así de aséptico porque así fue.

Si alguien me hubiera dicho entonces que aquella mujer de la carpeta iba a poner mi temporada del revés, me habría reído. No me río nunca, pero me habría reído.

Aquella tarde, en el vestuario, Iván me enseñó el móvil: la cuenta del club había publicado una cuenta atrás con fotos nuestras del día de medios.

Salíamos todos con cara de boda, menos Tata, que salía como Tata.

La última foto era de la grada vacía con una frase escrita encima: «Mil doscientas butacas.

De momento, cuatrocientas personas. Haz cuentas y vente. » Raúl la leyó en voz alta y silbó.

—Esta chica no se anda con paños calientes.

—Ha puesto el ridículo en un cartel —dije.

—Ha puesto la verdad en un cartel —dijo él—. Que es lo mismo pero duele más.

No contesté. Miré la foto un momento más de lo necesario: las filas de asientos azules subiendo hacia las vigas, vacías, esperando. Le di a cerrar sin darle al corazón. Los corazones no suman puntos.

Raúl me echó el brazo por el hombro al salir.

—Primera vez en la élite, capitán. ¿Nervios?

—Frío.

—Eso es sí.

Eso era sí.