Capítulo segundo — La primera línea
La primera semana de septiembre siempre me sabe igual: a cera de palos nueva, a vendas lavadas y a esa humedad fría que suelta el hielo cuando aún no lo ha pisado nadie importante.
En Jaca decían que la primera helada del año te dice cómo va a ser el invierno.
Aquí no hay heladas en septiembre, pero hay una semana de entrenamientos que vale por lo mismo. Y esta, la de este año, venía cargada.
Llegué el domingo a las siete menos veinte, como siempre.
Sebas ya estaba, con la máquina dando la primera vuelta.
Nos saludamos con la barbilla, que es como se saludan dos hombres que madrugan desde hace años en el mismo edificio.
Me cambié en el vestuario vacío. Mi taquilla es la tercera por la izquierda desde la puerta, y la elegí yo el primer día que el club abrió en esta categoría: cerca de la salida, de espaldas a la pared, sin corriente de aire.
A mi izquierda se puso Tata, que trajo su propio banquito de madera porque dice que los asientos de plástico le dan mala suerte; a mi derecha, Raúl, que lleva en el club desde que el club era una carpeta con fotocopias.
Iván, el portero, ocupa el rincón del fondo, junto a la nevera de las bebidas, porque los porteros son así: necesitan una esquina.
Los dos extranjeros se sentaron juntos por orden de llegada y por supervivencia lingüística: Kuba, que habla un español de diccionario, y Brett, que habla un español de Toronto, se entienden entre ellos en una tercera lengua que no existe.
El vestuario es como una fila en un puerto de montaña: el que se sale de la línea, se va al barranco. Lo digo siempre que sube un juvenil. No es amenaza; es meteorología.
El domingo hicimos el primer entrenamiento completo de la semana.
Diez kilómetros de bicicleta estática, circuito de fuerza y una hora de hielo dividida en tres bloques: salida de disco, presión tras pérdida y definición.
Vicho es de los que creen que un partido se gana en los treinta centímetros entre la oreja y el hombro, así que nos machacó con relevos de cabeza arriba.
«¡El disco viaja más rápido que tus piernas!
¡Pasad antes de pensar!» A mí me tocó liderar el grupo de delanteros.
En la última repetición, con las piernas ya pidiendo barbecho, metí uno por la escuadra que Iván ni olió.
No lo celebré. Los goles de entrenamiento no se celebran; se anotan en el cuerpo y punto.
Al salir, Sebas me esperaba con el palo que le había dejado para encolar.
—Te he puesto la curva un pelín más abierta —dijo—. Si no te gusta, se calienta y vuelve.
—Gracias, Sebas.
—A tu padre también se la hacía así.
Lo dijo sin mirarme, liándose ya con otro palo. Yo hice como que no lo oí, y él hizo como que no lo había dicho. Sebas es así: suelta las piedras y sigue trabajando.
Aquella semana estrenábamos categoría. Se notaba en todo: en la lona nueva de la entrada, en el micro de la megafonía que por fin funcionaba, en la mesa plegable que habían montado junto al banquillo el día de medios.
Y se notaba en la gente nueva. La becaria, Eugenia, iba y venía con un portátil rosa haciendo fotos. Y estaba la periodista.
La vi por primera vez el jueves, en el día de medios, aunque ella cree que la primera vez fue la entrevista de los noventa segundos.
No: la vi antes, sentada en la grada durante el entrenamiento, con una libreta, contando algo con el dedo.
Después supe que contaba butacas. En ese momento solo registré que había una persona más dentro del pabellón, y que las personas de más dentro de un pabellón hay que mirarlas dos veces.
La observé un rato desde la banda, entre cambio y cambio.
No miraba el ejercicio como mira la gente normal, siguiendo el disco.
Miraba los huecos: la grada, las bandas, el marcador.
Escribía rápido y tachaba más rápido todavía.
En un momento dado se le escapó una sonrisa mirando a Tata, que hacía malabares con un disco para la becaria.
Sonrisa de oficio, pensé yo. La gente de prensa sonríe igual que se afila un cuchillo: con regularidad.
Lo de los noventa segundos fue deliberado.
No por ella; por oficio. Un reportero con tiempo ilimitado te hace preguntas ilimitadas, y las preguntas ilimitadas acaban siempre en el mismo sitio: en tu vida.
Mi vida cabe en una pista de hielo. Lo demás no es asunto de nadie.
Le di tres respuestas, todas ciertas, y me fui.
Raúl me lo reprochó después en el vestuario:
—Has estado encantador, capitán. La chica ha venido a trabajar, no a pedirte la mano.
—Ha venido a rellenar páginas.
—Ha venido a que la gente sepa que existimos. Que es lo que necesitamos, ¿no?
No contesté, porque Raúl tiene esa costumbre insoportable de tener razón en frases de una línea.
Lleva trece años más en esto que yo y se nota en que ya no discute: suelta la frase y se va a estirar.
Le llamamos «el abuelo». El mote se lo puse yo mismo en pretemporada, el día que llegó con una crema para las rodillas que olía a farmacia entera, y se quedó.
Él lo lleva con orgullo; dice que en este oficio llegar a abuelo es una medalla.
Los motes en este vestuario son cosa seria.
Se ponen una vez y no se quitan jamás, como el óxido.
Tata es Tata desde segunda, y ya nadie se acuerda de si viene de Óscar o de antes.
Iván es «el Niño», que con veintiséis años y dos temporadas de titular empieza a pesarle, pero las esquinas no se negocian y los motes tampoco.
Kuba es «el Checo», que es vago pero cariñoso, y Brett todavía no tiene, lo cual le inquieta: en un vestuario, no tener mote es como no tener sitio en la fila.
Le llegará. Los motes llegan siempre, y nunca cuando los pides.
A mí me llaman «capitán». Solo eso. Sé que podría ser peor.
El lunes, Vicho nos reunió en la sala de vídeo para la primera charla de la temporada.
Vicente Saldaña fue jugador de balonmano de la liga Asobal hace veinticinco años, y conserva la voz de aquel pabellón: un altavoz con pulmones.
Puso en la pantalla una foto de la grada vacía y la dejó ahí veinte segundos, mirándonos uno a uno.
—¡Miradla bien! —rugió—. ¡Mil doscientas butacas!
¡El año pasado jugabais por doscientas personas y un perro!
¡Este año no os pido que las llenéis, os pido que nadie de los que venga se arrepienta!
¡Cada partido de esta temporada es una entrevista de trabajo delante de toda la ciudad!
¡El que no esté dispuesto a eso, que lo diga ahora y se queda en el banquillo!
Nadie lo dijo. Vicho asintió como si hubiera esperado otra cosa y siguió con el sistema de juego: presión dos-dos, salida por bandas, y la primera línea —Tata, yo, Brett— cargando el peso en ataque.
A mí me gustan sus charlas: son como el viento en la cara en un puerto de montaña, molestan pero despejan.
Después, ya en el hielo, Vicho me paró en un descanso.
—Tú eres el termómetro, Mendoza. Si te veo bajar los brazos un solo turno, te siento. Me da igual el brazalete. Más me da igual el marcador.
—No bajo los brazos desde los dieciséis.
—Por eso eres el capitán. Y por eso te lo digo: los capitanes también son gente. Guarda algo para marzo.
Asentí. Marzo estaba a seis meses de distancia, que en hockey es otra vida.
El martes me pasó Marta la revisión de la rodilla. Marta Cifuentes me conoce la pierna izquierda mejor que yo. Me operó la rehabilitación hace tres años, cuando llegué al club arrastrando una lesión de menisco mal curada y un orgullo peor curado. Desde entonces tiene licencia para decirme verdades.
—Apoya. Gira. Duele.
—No.
—Mientes regular.
—No me duele.
—Aitor. —Me miró por encima de las gafas que solo se pone para mirar informes y pacientes—. Yo estuve en tu quirófano. Tú estabas dormido, pero tu rodilla y yo hablamos mucho. No me mientas.
—Me tira al bajar de la bici.
—Pues sube andando. —Me vendó con esa economía de gestos que tienen los buenos, apretó la férula dos puntos y escribió en mi ficha—. Carga controlada esta semana. Si el sábado te tira en el segundo periodo, me lo dices antes de que te tire en el tercero.
—Siempre dices lo mismo.
—Y tú siempre haces lo mismo. Llevamos tres años así y mira qué bien funciona.
Salí de la consulta con la rodilla vendada y el ánimo arreglado, que es lo que Marta cura de verdad.
Por la tarde, sesión de vídeo de los Titanes.
Vicho nos puso veinte minutos de sus últimas eliminatorias: un equipo ordenado, con dos líneas que ruedan como un reloj y un portero que no regala ni los rebotes.
«No son mejores que vosotros en nada —dijo— salvo en que llevan seis años siendo de aquí.
» Del «aquí» no hizo falta decir más: la categoría.
La élite. El sitio donde los errores se pagan en el mismo turno en que se cometen.
Yo me sé de memoria ese tipo de charlas. Lo que no sabía era si mis piernas, las de todos, aguantarían el ritmo de verdad. En segunda podías regalar dos minutos por periodo. Arriba, dos minutos son dos goles. Lo apunté en la libreta: «No regalar minutos.»
Kuba se sentó a mi lado en la sala, con su cuaderno de vocabulario.
Apunta las palabras que no entiende y me las pregunta después, una por una, con la seriedad de un notario.
Aquel día preguntó «ponerse las pilas» y «dar el callo».
Se las expliqué con gestos de taller. Asintió y las escribió en checo al lado.
«En mi idioma —dijo— tenemos una sola palabra para las dos cosas.
» Le pregunté cuál. La dijo. Sonaba a pedernal. No la repetí, pero me gustó.
El miércoles vino lo de JR. Nos citó al final del entrenamiento, en el círculo central, con esa cara que pone cuando trae una decisión ya tomada. JR fue internacional en los ochenta, de la generación de mi padre, y conserva la costumbre de hablar poco y pesar mucho.