Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo primero — Cuatrocientas doce personas #3
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Capítulo primero — Cuatrocientas doce personas #3

Pensé en la frase de la directora de sección. «No hay lectores para eso.»

Pensé en los sesenta tipos que había visto en las fotos del ascenso, colgados de la valla de esta misma grada con una pancarta hecha con sábanas: «Hielo en las venas».

Y pensé —esto lo pensé con la cabeza de antes, la de la sección, la que todavía no se había rendido— que una frase así no se rebate con un artículo. Se rebate con testigos. Con muchos testigos. Con mil doscientos, para ser exactos.

Abrí el portátil sobre las rodillas. Creé el documento definitivo, le puse nombre de verdad y empecé por el índice, porque los índices tranquilizan: uno, situación; dos, objetivos; tres, públicos; cuatro, contenidos; cinco, calendario; seis, medición.

En «públicos» escribí: vecinos del distrito, familias de la escuela de patinaje, aficionados históricos del hockey madrileño —tenían que existir, Madrid había tenido equipos en los ochenta—, nostálgicos, curiosos, gente que buscaba planes de sábado por la tarde a ocho euros.

En «contenidos» escribí una sola palabra y la subrayé tres veces: PERSONAS.

Nadie se enamora de un resultado; la gente se enamora de la ferretería de Tata, de las disculpas de Brett, de la libreta de Sebas.

Los marcadores se olvidan a la semana; las historias se cuentan en las cenas.

Luego pasé a la primera página, que era una portada. El texto quedó así, centrado, con la tipografía por defecto, que era la menos grave de mis problemas:

«Plan de medios — Árticos de Madrid — temporada 2027-28.

Responsable: Sara Urién, departamento de comunicación (plantilla: una persona).

Situación de partida: asistencia media 2026-27 (2ª): ~400 espectadores.

Abonos: 293. Presencia en medios: testimonial.

Objetivo de temporada: de 400 a 1.200. Firma: quien esto suscribe, que todavía no sabe cómo. »

Lo leí dos veces. «De 400 a 1.200.» No era una cifra de crecimiento razonable; era un triple mortal sin red, y yo lo sabía, y lo dejé ahí. Llevaba nueve meses dejando que otros decidieran cuánto valía lo que yo hacía. Aquella noche decidí yo la cifra.

Miré la grada vacía a mi alrededor, las mil doscientas butacas de plástico azul con su numeración blanca, los altavoces colgando de las vigas, el marcador apagado que decía «LOCAL 0 — 0 VISITANTE» incluso dormido.

Me quedé mirando el número que acababa de escribir mucho rato, como se mira algo que te devuelve la mirada.

Después cerré el portátil, bajé las escaleras de la grada con cuidado de no pisar los escalones helados y salí al polígono oscuro.

El último autobús de la línea pasaba a las once y cuarto.

Eran las once y nueve. Llegué, porque una cosa aprendí en las redacciones y otra en los polígonos: los plazos no esperan, y los autobuses tampoco.

En el camino de vuelta, apretada entre la ventanilla y una mochila, escribí en el móvil el primer tuit de la cuenta del club que redacté con ilusión de verdad: «Faltan 7 días.

El norte del norte abre sus puertas. #HieloEnLasVenas».

Le di a programar para las nueve de la mañana siguiente, hora punta de móvil dominical.

Y entonces, solo entonces, me permití pensar en el capitán de los noventa segundos.

No en él, exactamente: en el problema que representaba.

Un equipo sin historia contada necesitaba una cara, y la cara de este equipo era un hombre que medía sus palabras como medía los turnos en el hielo: en segundos, y con el ceño fruncido.

Repasé mentalmente las respuestas que me había dado.

«Que los partidos son los sábados a las seis.

» Cualquier manual de comunicación lo calificaría de desastre.

Y sin embargo, dándole vueltas en el asiento del autobús, tuve que reconocer que era la única respuesta del día que no mentía.

Todo lo demás —sonrisas, tópicos, «estamos muy ilusionados»— lo había oído mil veces en mil zonas mixtas.

El capitán Mendoza no había dicho ni una sola palabra de relleno.

Era un mal comunicador, sí. Pero era de una pieza, y en mi oficio la gente de una pieza es materia prima de la buena, si consigues que se deje mirar.

«El capitán hermético y la periodista parada: dupla de la jornada.»

Dormí mal, soñé con butacas azules que se multiplicaban, y a la mañana siguiente, domingo, volví al pabellón antes de que abriera Sebas.

Tenía cuarenta y dos folios de plan que escribir y una temporada entera que inventarme.

Lo que no sabía todavía —no podía saberlo, nadie me lo había contado y él jamás lo habría contado— era que en la taquilla del pabellón, a nombre de su madre, el capitán tenía dos localidades reservadas todas las semanas, y que una de ellas llevaba años esperando a alguien que no pisaba un pabellón desde hacía casi cuarenta.

Eso lo supe después. Aquel domingo solo sabía que mil doscientas butacas eran muchas butacas, y que yo había venido a Madrid a demostrarle a una mujer con un bolígrafo que los lectores, para esto, sí que había.