Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo primero — Cuatrocientas doce personas #2
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Capítulo primero — Cuatrocientas doce personas #2

—¿Qué le diría a la gente del barrio que todavía no ha venido a la Pista Norte?

—Que los partidos son los sábados a las seis.

Miré a Eugenia. Eugenia miró su libreta. El cámara autónomo había dejado de grabar por piedad.

—Última: ¿qué significa para usted llevar el brazalete de capitán en el año del debut?

—Significa que llego veinte minutos antes que los demás.

Miró el reloj otra vez.

—Se acabó.

Y se fue. Se fue con esa economía de movimiento de la gente de montaña, sin un paso de más, la espalda recta y el chándal cremallera arriba hasta la barbilla, y desapareció por el túnel de vestuarios.

El redactor del diario de barrio, a mi izquierda, escribió algo en su libreta y luego lo tachó.

Yo supe exactamente lo que había tachado, porque yo había tachado lo mismo en mi cabeza: «capitán simpático y comunicativo».

—Es que es así —dijo Eugenia, con la lealtad automática de los dos meses de antigüedad—. Con el equipo es distinto. Habla más.

—¿Más que esto?

—Un poco más.

Aquella noche, en mi piso de alquiler con la persiana que no bajaba del todo, hice los deberes.

Abrí el pendrive otra vez, busqué en hemerotecas digitales, rastreé los tres periódicos deportivos en los que había trabajado o colaborado.

Resultado: el ascenso del Árticos había merecido cuarenta y dos palabras en una crónica agregada de categorías inferiores.

Cuarenta y dos. Yo había escrito cartas de ajuste más largas.

Después miré los números del club, los que JR me había pasado sin pedirme confidencialidad porque, dijo, «aquí el secreto es que nadie pregunta».

Abonos vendidos para la temporada del debut en la élite: doscientos noventa y tres.

Asistencia media la temporada anterior en segunda: algo menos de cuatrocientos.

Capacidad: mil doscientas. Hice la resta sin calculadora, porque llevaba toda la tarde haciéndola.

Novecientas siete butacas vacías por partido, dieciséis jornadas, más la Copa.

Y luego hice la cuenta que no me pedía nadie: la de mi propia supervivencia. Mi contrato era de mil seiscientos euros brutos, «ajustado a la realidad del club», decía la carta de oferta que JR me mandó con disculpas. Era la única oferta que tenía. La única en nueve meses.

Cerré el portátil y me quedé mirando la rendija de luz de la persiana rota.

El despido me llegó un martes de diciembre, en una sala de reuniones con paredes de cristal para que todo el mundo viera que no pasaba nada, que era lo habitual.

El ajuste de plantilla me tocó a mí y a otros diecisiete.

Recuerdo los dedos de la directora de sección jugando con el bolígrafo mientras me explicaba los criterios.

Yo le pregunté —todavía no sé por qué, quizá por oírselo decir— si podía quedarme con la cartera de deportes minoritarios, que era la mía, la que nadie quería, la del hockey y el bádminton y la lucha olímpica.

Y ella me dijo, sin maldad, que era peor: lo dijo sin maldad:

—Sara, es que no hay lectores. Una mujer escribiendo de hockey… no hay lectores para eso. No es personal.

«No es personal.» Guardé la frase como se guarda una astilla: no se nota hasta que te apoyas.

Volví a abrir el portátil. Creé un documento nuevo.

El viernes, tercer día, me instalé en la grada a la hora del entrenamiento con la excusa de «conocer el producto».

Vicho Saldaña, el entrenador, dirigía los ejercicios a voces desde la banda, un hombre grande con pasado en el balonmano y una garganta diseñada para estadios.

Los jugadores giraban en circuitos de pase, y el disco sonaba contra los palos con ese golpe seco y limpio que no se parece a nada.

La primera línea —Aitor en el centro, Tata a un lado, Callahan al otro— movía el disco con prisa de última hora, de cita inaplazable.

Vi al capitán de cerca por primera vez sin cronómetro de por medio.

Patinaba inclinado hacia delante, con esa carga en los hombros de la gente que ha subido muchas cuestas.

Cuando un juvenil falló dos pases seguidos, Aitor no gritó: se acercó, le dijo algo breve señalando el hielo, y en la repetición siguiente el juvenil la metió.

Anoté: «Lidera en voz baja. Otra versión del hombre de los noventa segundos. »

A la una, el equipo salió y entró el grupo de la escuela de patinaje artístico: niñas con maillots de brillantes y profesoras con altavoz.

El club compartía el hielo con ellas por franjas —«ellos pagan religiosamente, que es más de lo que hacen otros», me había dicho JR— y la transición era una coreografía de bolsas, mallas y patines de otro color.

Me quedé mirando aquel relevo un rato largo.

Un mismo hielo, dos mundos, y los dos malvivían del alquiler de las horas.

A media tarde fui a la oficina de administración a preguntar por el alta en la Seguridad Social.

La señora de la gestoría externa, que venía dos días por semana, me dijo que todo iba «con un poquito de retraso, hija, es el arranque de temporada».

Mientras hablaba, vi por el resquicio de la puerta del fondo la sala donde estaban las facturas: la luz de esa sala se apagó antes que la del vestuario.

Lo registré sin querer registrarlo. «La luz de la sala de facturas se apaga antes que la del vestuario.

» Frase de crónica. La guardé en la carpeta mental de las que escuecen.

El sábado, cuatro de septiembre, el campus terminó por la mañana y el pabellón se quedó vacío a las dos.

Eugenia se fue con su novio a no sé qué feria.

JR cerró su despacho. Yo dije que me quedaba «avanzando el plan de medios», que era verdad, aunque el plan de medios era todavía un folio con tres flechas.

Me quedé hasta que el sol dejó de entrar por los ventanales altos. Entonces salí a la grada y me senté en la fila once, sector norte, el sitio desde el que se ve entera la portería del fondo.

Abajo, Sebas subió a la máquina reacondicionadora y empezó su recorrido lento, vuelta tras vuelta, dejando detrás una lámina de agua que se iba congelando en espejo.

El ruido era grave y regular, casi doméstico.

Al cabo de un rato paró junto al banco de suplentes, sacó una libreta encuadernada en tela de la caja de herramientas y escribió algo con un lápiz corto.

—¿Qué apunta? —le pregunté desde la grada, y mi voz sonó más alta de lo previsto en la nave vacía.

Levantó la cabeza sin sobresaltarse; se veía que hacía rato que me había oído llegar.

—El parte del hielo. Cada día, desde hace treinta y pico de años. Temperatura, agua, incidencias. Y una línea de cómo está el día.

—¿Cómo está el día hoy?

Cerró la libreta, la sopesó un segundo y me la enseñó desde abajo. La última línea decía: «Hielo nuevo, temporada nueva. El hielo no sabe de categorías.»

—Eso es un titular —dije.

—Eso es un parte —corrigió, y volvió a su máquina.

Me quedé una hora más, hasta que dejó el hielo como una lámina de vidrio negro y se fue por la puerta de servicio con un «buenas noches, periodista» que no supe si era broma o diagnóstico.

Sola en la grada, con el frío subiéndome por la espalda del asiento, hice el inventario completo, el que se hace en voz baja aunque no haya nadie.

Treinta y un años. Nueve en redacciones, tres medios, un premio de periodismo autonómico que nadie recordaba.

Un despido con paredes de cristal. Nueve meses de currículos: veintitrés enviados, cuatro entrevistas, una oferta.

La oferta era esta: un club que no podía pagar puntual, una grada de mil doscientas butacas con cuatrocientas personas de media, y un capitán que concedía entrevistas de noventa segundos como quien da limosna.