Primera línea (Los del hielo 1)
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Capítulo primero — Cuatrocientas doce personas
«Un equipo sin afición ficha a una periodista sin sueldo: crónica de un desastre anunciado.»
Ese fue el titular que me redacté a mí misma el miércoles por la mañana, mientras el autobús de la línea ciento treinta y cuatro me dejaba en una parada sin marquesina, frente a un polígono de naves logísticas al norte del norte de Madrid.
Septiembre todavía apretaba como agosto.
Yo llevaba una carpeta bajo el brazo, veintiocho euros en la cartera y una tarjeta de prensa caducada que no me atrevía a tirar.
La Pista Norte no aparecía en Google Maps con ese nombre.
Salía «antiguo centro de distribución Tormes Logística», y debajo, en fotos de hacía seis años, una nave gris con el tejado abombado.
Alguien había pintado las puertas correderas de azul glaciar y había colgado un banderín: «Árticos de Madrid — Hielo en las venas».
El banderín estaba descolorido en la punta; hasta el sol, pensé, jugaba aquí en el equipo contrario.
Crucé el aparcamiento de gravilla contando las plazas. Ciento ochenta. Lo anoté. Yo ya no era periodista, oficialmente llevaba siéndolo sin serlo nueve meses, pero el cerebro no se desaprende: todo lo que entra por los ojos se convierte en dato, y todo dato busca su párrafo.
Dentro, el aire cambió de golpe. Frío seco, olor a hielo reciente y a algo dulzón, quizá el gasoil de la máquina reacondicionadora.
La nave se abría entera hacia arriba, con las vigas vistas pintadas de blanco y una grada de fondo que subía en dos anfiteatros enfrentados.
Mil doscientas localidades, había leído en la nota de prensa de la fundación del club.
Desde la puerta, vacía, la grada parecía un pulmón esperando a que alguien le enseñara a respirar.
—¿La nueva de prensa?
La voz vino de una caseta de obra reconvertida en oficina. Un hombre de unos sesenta años, mono de trabajo y botas de goma, me miraba con las manos en los bolsillos y la cabeza ladeada, como quien evalúa una plancha de hielo antes de echarle agua.
—Sara Urién. Media officer. Aunque todavía no sé muy bien de qué medios.
—Sebas. Hago el hielo. —No dio la mano; señaló con la barbilla hacia el fondo—. La oficina de usted es la segunda puerta, la que pone «vestuario de árbitros» tachado con rotulador. El señor Echarri llega sobre las diez. Si el radiador suena como una taladradora, no se asuste: es que funciona.
Aquella fue, palabra por palabra, la mejor bienvenida laboral de mi vida.
Mi despacho era un cubículo de tres por tres con una mesa plegable, dos sillas que no hacían juego y una ventana interior que daba a la grada.
Colgué la chaqueta, abrí el portátil y escribí en el calendario: «Semana 1.
No morir.» Después borré «no morir» y puse «levantar esto», que quedaba más de nota de prensa.
A las diez y cuarto apareció José Ramón Echarri, JR para todo el mundo, cincuenta y siete años de los cuales cuarenta llevaban patines de por medio.
Campeón de no sé cuántas cosas en los ochenta, decía la Wikipedia en una entrada de cuatro líneas.
Me estrechó la mano con esa fuerza medida de quien fue deportista de contacto y se disculpó por el desorden.
—Esto es lo que hay —dijo, y no sonó a derrota, sonó a inventario—. Subimos el año pasado. El presupuesto es el más bajo de la categoría con diferencia. Lo que no tenemos en euros lo tenemos en gente que aguanta. Usted viene a contarlo.
—A contarlo a quién, esa es la pregunta.
—A quien quiera escuchar. Y a los que todavía no saben que quieren.
Me dio un pendrive con «todo el material histórico del club».
Cuando lo abrí en el portátil, todo el material histórico del club eran once fotos de móvil, tres escaneos de prensa comarcal y un vídeo vertical de la celebración del ascenso con la fecha mal puesta.
Lo ordené en carpetas mientras JR me explicaba el organigrama: él y Balaguer, el socio cervecero, arriba; Vicho Saldaña de entrenador; Marta Cifuentes en fisio; Eugenia, una becaria de veinticinco años, haciendo «lo que salga»; y yo.
—¿Y el anterior encargado de prensa? —pregunté.
—No ha habido. En segunda lo llevaba el sobrino de Balaguer desde su casa.
Anoté eso también. «Club sin antecesor: la página está en blanco y eso es una noticia en sí misma.» Mi redactora jefa de sección, la que tuve, me habría dicho que dejara de pensar en titulares. Lo decía cariñosamente, antes de decir lo otro.
JR me hizo el recorrido oficial a primera hora de la tarde, con el paso tranquilo de haber enseñado aquellas cuatro paredes cincuenta veces.
La nave había sido un almacén de paquetería; cuando quebró la empresa, el ayuntamiento dejó el suelo en desuso hasta que él y Balaguer lo rescataron con una hipoteca, una caldera de segunda mano y una idea que la mayoría de sus amigos llamaron locura.
—Yo jugué en Jaca y en Canadá, y aquí no había nada —me dijo junto a la banda—.
Tres años llevamos. Primero en segunda, con medio equipo de chavales del barrio.
El año pasado ganamos la liga, y arriba nos abrieron la puerta por invitación, porque les hacía falta un equipo de Madrid y nosotros teníamos grada, hielo y las cuentas más o menos limpias.
Así que aquí estamos: recién ascendidos, presupuesto de bolsillo y una ciudad entera que no sabe que existimos.
—¿Cuánta gente sabe que existimos?
—Mi madre, la de Balaguer y la Grada Norte —dijo, y me pareció que no era del todo broma—. La Grada son sesenta. Los contará el día del partido, son los que cantan.
Pasamos por el túnel de vestuarios —olor a linimento y a botas secándose—, por la sala de fisio donde Marta Cifuentes enrollaba vendas con precisión de relojera y me dedicó un «bienvenida» sin levantar la vista, y por la cabina de la megafonía, una mesa con un micro y un cartel escrito a mano: «No gritar.
» El bar era una barra de formica con tres grifos, dos de ellos de Balaguer, lógicamente.
—Esto en invierno tiene sus cosas —dijo JR cuando volvíamos—. La calefacción de la grada va por rachas. Cuando falla, la gente se pone la manta y se queja poco. La afición que tenemos es de las que no se van por frío.
—¿Y por qué se irían?
—Por perder siempre, supongo. —Se encogió de hombros—. De momento no lo hemos comprobado.
Lo anoté también, aunque no sabía todavía en qué carpeta guardarlo.
El jueves fue el día de medios del campus de pretemporada.
Montamos una mesa plegable junto al banquillo con el fondo de patrocinadores —Balaguer Cervezas en el centro, Clínica Santa Brígida en la esquina— y Eugenia colgó el cartel que había impreso en la copistería del polígono.
Vinieron tres medios: un redactor del diario de barrio, una chica de una web de deporte minoritario que hacía el trayecto en bici, y un cámara autónomo que vendía cortes a quien los comprara.
En mis años de redacción, aquello no habría llegado ni a rueda de prensa de tercera fila.
Aquel jueves fue, literalmente, el mayor despliegue informativo en la historia del Árticos de Madrid.
Los jugadores fueron pasando de uno en uno, todavía con el aliento del entrenamiento.
Aprendí sus nombres como se aprenden las escalas de un viaje: Iván Redondo, el portero, veintitantos, serio hasta en la forma de quitarse los guantes; Brett Callahan, el canadiense, que se disculpó por su español con un español mejor que el de medio Congreso; Kuba Novotný, checo, defensa, que me preguntó si en Madrid se podía esquiar cerca, y cuando le dije que en la sierra, me apuntó el puerto como si le estuviera dando una asistencia.
Tata Beltrán fue el que se quedó más rato.
Treinta y tres años, delantero; había subido con el equipo desde segunda.
Tenía una tienda de ferretería con su hermano en Vicálvaro —«los tornillos no se venden solos, y esto» —levantó el palo— «tampoco se paga solo»— y una manera de mirar a cámara que la convertía en un vecino más.
Le hice cuatro preguntas y me dio doce respuestas buenas.
Me contó que conservaba su primer palo, uno de madera de hacía treinta años, y que lo sacaba en los partidos importantes «para recordarme de dónde vengo».
Le preguntó a la cámara de Eugenia si aquello iba a salir en la tele, y cuando ella le dijo que en las redes, pidió que avisaran a su madre.
Eugenia, a mi lado, susurró: «Es el favorito de la grada. » Lo subrayé.
El redactor del diario de barrio se llamaba Ismael y llevaba veinte años cubriendo distritos.
Mientras esperábamos al siguiente jugador, me dijo en voz baja: «Llevo viniendo desde que abrieron.
Buena gente. Pero usted ya sabe cómo va esto: en Madrid, o eres fútbol o eres ruido de fondo.
» Le pregunté cuánta gente creía que vendría el día del debut.
Se encogió de hombros: «Los de siempre. Los de la Grada, las familias de los de patinaje, cuatro curiosos. Quinientos, siendo generosos.»
Quinientos, siendo generosos. Lo escribí en la libreta con dos círculos alrededor, que en mi código personal significa: «dato que duele, usar con cuidado».
Raúl Cuesta pasó casi de refilón, defensa, treinta y cinco, el hombre que llevaba en el club desde el primer día de su existencia.
Solo dijo: «Bienvenida. Aquí se trabaja poco y se madruga mucho», y se fue riendo de su propio chiste.
Más tarde supe que era el único que había preguntado en serio cómo me llamaba.
Y entonces llegó el capitán.
Aitor Mendoza no se sentó en la silla que le ofrecí. Se quedó de pie, con el chándal del club y las manos en los bolsillos, y miró el cronómetro de su propio reloj como si el tiempo fuera un rival al que tenía marcado.
—Noventa segundos —dijo.
—Perdón.
—Tiene noventa segundos. Pregunte.
Soy de reacción rápida. Nueve años de redacción te entrenan el músculo. Disparé la primera.
—Primera temporada en la máxima categoría. ¿Objetivo?
—Entrenar cada día. —Lo dijo como quien dice «el agua moja»—. Lo demás se verá.