Presión atmosférica Capítulo 33
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Capítulo 33

La mañana de la partida, Bex se despertó con una sensación de expectación que llevaba días acumulándose, mezclada con el cansancio de una semana entera de trabajo intenso que apenas le había dejado tiempo para pensar en otra cosa que no fueran los datos de la última campaña de calibración.

Zane ya estaba levantado, moviéndose por el apartamento con una energía contenida que intentaba disimular bajo la excusa de "organizar mejor las maletas", aunque Bex sospechaba que llevaba más tiempo despierto del que admitía.

—¿Has dormido algo? —le preguntó, apareciendo en la cocina todavía en pijama, con el pelo revuelto y una sonrisa somnolienta.

—Un poco. Estaba repasando la lista de cosas que no podíamos olvidar.

—Zane, vamos a Puerto Rico cuatro días, no a una expedición de campo de dos meses.

—Prefiero pecar de organizado.

Georgia pasó a media mañana con la excusa, ya predecible, de "asegurarse de que no se dejaban nada importante", aunque en realidad se quedó el tiempo suficiente para darle a Bex un abrazo que duró más de lo habitual y susurrarle, al oído, un "vas a estar bien, más que bien" que Bex no supo interpretar del todo en el momento, aunque lo archivó junto con el resto de pistas acumuladas durante las últimas semanas.

Marguerite también se pasó por el apartamento antes de que salieran hacia el aeropuerto, con una excusa relacionada con unos documentos de la fase cuatro que, según insistió, "no podían esperar", aunque la conversación derivó rápidamente hacia temas mucho menos urgentes, con Marguerite preguntando por el itinerario del viaje con un interés que a Bex, en retrospectiva, le pareció sospechosamente detallado.

—Disfrutad del descanso —les dijo, ya en la puerta, con una sonrisa que escondía algo que Bex no consiguió identificar del todo—. Os lo habéis ganado, después del año que habéis tenido.

El vuelo hacia San Juan hizo escala en Miami, y durante las dos horas de espera en el aeropuerto, Bex notó que Zane comprobaba su teléfono con una frecuencia inusual, respondiendo mensajes con el pulgar tapando parcialmente la pantalla, un gesto tan poco sutil que a Bex le costó no comentarlo en voz alta.

—¿Con quién hablas tanto?

—Con Dutch. Cosas del instituto.

—Dutch nunca manda tantos mensajes seguidos. La última vez que le vi escribir algo tan largo fue para explicar un protocolo de calibración de sensores.

—Quizás esta vez tiene mucho que explicar.

Bex dejó pasar la evasiva, decidida a no arruinar la anticipación con demasiadas preguntas, y se concentró en la vista desde la ventanilla del avión durante el segundo tramo del vuelo, viendo cómo el paisaje urbano de Florida daba paso, poco a poco, al azul intenso del Caribe, salpicado de nubes dispersas que Bex, por pura deformación profesional, no pudo evitar clasificar mentalmente según su tipo mientras sobrevolaban.

•  •  •

El vuelo aterrizó en San Juan pasada la medianoche, con el aire cálido y húmedo del Caribe envolviéndolos en cuanto salieron de la terminal, tan distinto al calor seco de Texas que Bex sintió que estaba respirando algo completamente nuevo.

Zane había reservado una casa pequeña cerca de la costa, en un pueblo tranquilo al este de la isla, con una terraza que miraba directamente al mar y una piscina privada que brillaba, esa primera noche, con un azul casi irreal bajo la luz de la luna.

—¿Puerto Rico? —preguntó Bex, todavía procesando el destino, mientras Zane cargaba las maletas hacia el interior de la casa—. De todos los sitios del mundo, ¿por qué Puerto Rico?

—Porque quería llevarte a algún sitio nuevo para los dos, sin ningún fantasma de conferencias pasadas ni recuerdos complicados de por medio. Un sitio que pudiéramos construir desde cero, solo nuestro.

—Es precioso.

—Espera a ver el resto.

Los primeros dos días transcurrieron con una despreocupación que Bex no recordaba haber sentido en mucho tiempo, explorando el Viejo San Juan de la mano, con sus calles empedradas de un azul grisáceo particular hecho de escoria de fundición traída siglos atrás, y sus fachadas de colores vibrantes —turquesas, rosas, amarillos desvaídos por el sol— que parecían competir entre sí por llamar la atención bajo la luz intensa del mediodía caribeño.

Comieron mofongo en un restaurante familiar que Zane había investigado con un cuidado sospechoso, escondido en una calle lateral sin ningún cartel llamativo, donde una mujer mayor llamada Carmen los recibió como si los conociera de toda la vida y les explicó, con un orgullo evidente, la receta exacta de su abuela para el mojo que acompañaba el plátano frito.

—Esto es mejor que cualquier cosa que hayamos comido en Austin —dijo Bex, con la boca todavía llena, sin ningún pudor por hablar así delante de Zane después de un año y medio juntos.

—Se lo voy a decir a Carmen. Le va a encantar la competencia.

Pasearon después por el Castillo San Felipe del Morro, con sus murallas de piedra caliza asomándose al océano Atlántico desde una altura que dejaba sin aliento, y Bex se quedó un buen rato apoyada en una de las almenas, viendo las olas romper contra las rocas muy por debajo, pensando en los siglos de historia que aquel lugar había presenciado, en las tormentas tropicales que habría resistido, en la cantidad de cielos distintos que habrían pasado sobre esas mismas piedras desde que se construyeron.

—¿En qué piensas? —preguntó Zane, apoyándose a su lado, con el viento revolviéndole el pelo.

—En cuántas tormentas habrá visto este castillo.

—Típico de ti, convertir un momento romántico en una pregunta meteorológica.

—No puedo evitarlo. Es una deformación profesional.

—Es una de las cosas que más me gustan de ti, para que conste.

Pasaron una tarde entera en El Yunque, el único bosque tropical del sistema forestal nacional de Estados Unidos, caminando bajo un dosel verde tan denso que apenas dejaba pasar la luz, entre helechos gigantes y el canto insistente de los coquíes que llenaba el aire de un sonido que Bex no había escuchado nunca antes, hasta llegar a una cascada donde se bañaron entre risas, el agua fría contrastando con el calor húmedo de la selva.

—Esto es surrealista —dijo Bex, flotando de espaldas en el agua clara de la poza bajo la cascada, con Zane a su lado—. Hace una semana estábamos analizando datos de tornados en la sala de control, y ahora estoy nadando en una cascada tropical contigo.

—La vida tiene sus contrastes.

—¿Vas a decirme ya qué está pasando? Llevas dos días con esa sonrisa que solo aparece cuando estás planeando algo.

—Mañana. Te lo prometo, mañana lo vas a entender todo.

Esa noche, cenando en la terraza de la casa con las olas rompiendo suavemente a lo lejos y un cielo despejado que dejaba ver más estrellas de las que Bex había visto nunca fuera de sus expediciones de campo, Zane se quedó especialmente callado durante buena parte de la cena, con una energía nerviosa que Bex, después de un año entero aprendiendo a leerlo, reconoció enseguida como algo más profundo que la simple anticipación de una sorpresa cualquiera.

—Estás muy callado.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En mañana.

No consiguió sacarle nada más, y se fueron a dormir esa noche con la ventana abierta, dejando entrar el sonido constante del mar, una nana natural que arrulló a Bex hacia un sueño profundo y tranquilo, ajena por completo a lo que la esperaba al día siguiente.