Presión atmosférica Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Georgia, sentada al otro lado de la mesa, se atragantó ligeramente con su bebida, y Marguerite, que rara vez asistía a las celebraciones informales del equipo pero que aquella noche había hecho una excepción, cambió de tema con una habilidad tan evidente que resultaba casi sospechosa en sí misma.

—Hablando de otra cosa completamente distinta —dijo Marguerite—, ¿habéis pensado ya en la estructura de la fase cinco?

Bex se quedó mirando a todo el grupo, sintiendo la certeza cada vez más firme de que algo importante se estaba gestando a su alrededor, algo en lo que participaba, aparentemente, todo su círculo cercano excepto ella misma, y decidió, con una risa resignada, dejar de intentar sonsacarles información durante el resto de la cena.

—Está bien, guardad vuestro secreto. Pero cuando por fin lo descubra, más vale que sea tan bueno como sugiere todo este comportamiento sospechoso.

—Va a serlo —dijo Georgia, con una convicción que se le escapó antes de que pudiera contenerla, ganándose una mirada de advertencia divertida por parte de Dutch.

Zane, que había observado todo el intercambio con una sonrisa que intentaba mantener neutral, se acercó a Bex por debajo de la mesa para entrelazar los dedos con los suyos, un gesto simple que decía, sin palabras, que confiara en que la espera merecería la pena.

Unas semanas después, la revista científica confirmó formalmente la aceptación del manuscrito para publicación, con comentarios de los revisores tan positivos que Marguerite insistió en leerlos en voz alta durante una reunión improvisada de todo el equipo.

—"Una contribución metodológica excepcional que redefine los estándares de predicción de eventos severos" —leyó Marguerite, con una satisfacción evidente en la voz—. Esto es exactamente el tipo de reconocimiento que necesitábamos para asegurar la fase cinco.

—Es un logro de todo el equipo —dijo Bex, mirando alrededor de la sala a cada persona que había contribuido, de una manera u otra, al resultado final—. Sin el trabajo de campo de Dutch, sin los datos que recopilamos todos juntos durante la expedición, esto no habría sido posible.

—Ni sin tu capacidad de encontrar patrones donde el resto de nosotros solo veíamos caos —añadió Zane, con un orgullo que no intentó disimular.

La noticia se celebró con una ronda improvisada de café y dónuts que Dutch trajo de la pastelería de la esquina, y Bex sintió, rodeada de aquel equipo que se había convertido en su segunda familia, una satisfacción profesional que se mezclaba, cada vez con más frecuencia, con la anticipación creciente sobre el misterio que todos parecían estar guardando con tanto cuidado a su alrededor.

•  •  •

Esa misma semana, Bex llamó a su padre para una conversación rutinaria de domingo, y Arthur, que rara vez se mostraba efusivo por teléfono, la sorprendió con una calidez inusual que ella no supo interpretar del todo en el momento.

—¿Cómo va todo, Bexley? —preguntó, con un tono que a Bex le pareció, en retrospectiva, cargado de una expectación que no encajaba con el contenido superficial de la pregunta.

—Bien, papá. Terminando el artículo, con Zane organizando algo misterioso para dentro de un par de semanas que nadie quiere contarme.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, apenas perceptible, antes de que Arthur respondiera con una ligereza que sonó, para Bex, ligeramente forzada.

—Los hombres a veces necesitamos nuestros secretos, cariño. Estoy seguro de que sea lo que sea, va a merecer la pena la espera.

—Eso mismo me dice todo el mundo últimamente.

—Será porque es verdad, entonces.

Bex se rió, sin darle mayor importancia a la respuesta de su padre en aquel momento, aunque la sumó, sin saberlo del todo, a la creciente pila de pequeñas señales que apuntaban todas hacia la misma dirección, una dirección que ella todavía no se atrevía a nombrar con total certeza, aunque la esperanza, cada día, se sentía un poco más sólida que el miedo antiguo que solía acompañarla.

Diane, que se puso al teléfono poco después, se despidió con un "os quiero a los dos muchísimo" que sonó, también, con un peso emocional ligeramente mayor del habitual, aunque Bex, todavía inmersa en la rutina del trabajo y las especulaciones sobre el viaje sorpresa, no se detuvo a analizarlo con la profundidad que quizás merecía.

Antes de colgar, sin embargo, Diane añadió un comentario que Bex sí registró con más atención de la que le había prestado al resto de la conversación.

—Bexley, prométeme una cosa: cuando pase lo que tenga que pasar, sea lo que sea, llámame de inmediato. No me hagas esperar hasta que decidas que es el momento adecuado para contármelo.

—Mamá, hablas como si supieras algo que yo no sé.

—Solo hablo como una madre que conoce a su hija y sospecha que este año trae consigo más sorpresas de las que ya hemos vivido.

—Eso es sospechosamente específico.

—Soy tu madre, cariño. Tengo derecho a ser sospechosamente específica de vez en cuando.

Bex colgó el teléfono con una sonrisa que no consiguió borrarse durante el resto de la tarde, sumando aquel comentario a la lista cada vez más larga de pequeñas señales que, juntas, formaban una imagen que empezaba a sentirse menos como especulación y más como una certeza que solo necesitaba confirmación oficial.

—¿Puedo darte al menos una pista? —preguntó él, cuando se separaron, con los ojos brillantes de una emoción que ya no intentaba disimular del todo.

—Por favor.

—Vamos a necesitar hacer las maletas este fin de semana. Y vas a necesitar tu pasaporte, aunque no salgamos del país.

—Zane.

—Es lo único que vas a conseguir sacarme, así que disfrútalo.

Bex se quedó con la curiosidad ardiendo durante el resto de la semana, incapaz de concentrarse del todo en el trabajo, repasando mentalmente cada posible destino, cada posible significado detrás de la mención del pasaporte, hasta que el viernes por la tarde, con las maletas ya hechas y esperando junto a la puerta del apartamento, Zane la miró con una sonrisa que contenía, por fin, la promesa completa de lo que estaba a punto de suceder.

Georgia se pasó por el apartamento esa misma tarde, con la excusa de devolver un libro prestado que en realidad podría haber esperado semanas, y se quedó apoyada en el marco de la puerta del dormitorio mientras Bex terminaba de decidir qué ropa llevar, con una sonrisa que no conseguía disimular del todo la emoción contenida.

—¿Necesitas ayuda para elegir algo especial? —preguntó, con una intención tan poco sutil que Bex se giró hacia ella con una ceja levantada.

—Georgia, sabes algo que yo no sé.

—Sé muchas cosas que tú no sabes, Bex. Es una de las ventajas de ser la mejor amiga de todo el mundo en este instituto.

—No es gracioso. Llevo toda la semana intentando adivinar qué está tramando Zane, y tú apareces con excusas de libros prestados justo cuando estoy haciendo las maletas.

Georgia se sentó en el borde de la cama, con una expresión que finalmente dejó traslucir algo más sincero detrás de las bromas.

—Lo único que te voy a decir es esto: llevo un año entero viéndote dudar de si merecías algo bueno y permanente en tu vida, después de todo lo que pasaste con Ashworth, con tu miedo a que las cosas buenas tuvieran fecha de caducidad.

Y creo que este fin de semana vas a tener la oportunidad de dejar esa duda atrás para siempre.

Eso es todo lo que puedo decir sin romper una promesa que le hice a un hombre que te quiere más de lo que he visto querer a nadie en mi vida.

Bex sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas inesperadas, y abrazó a Georgia con una fuerza que llevaba doce meses acumulando gratitud, por cada consejo, cada apoyo silencioso, cada momento en que su amiga había sabido exactamente qué decir sin decir demasiado.

—Gracias, Georgia. Por todo.

—De nada. Ahora ve a hacer las maletas como es debido, porque conociendo a Zane, seguro que ha planeado algo que merece la pena vestir bien.

Georgia se marchó poco después, dejando a Bex con la maleta a medio hacer y una mezcla de emociones que le costaba ordenar del todo: la certeza cada vez más firme de que algo importante estaba a punto de suceder, la ternura de saber que todo su círculo cercano había estado protegiendo aquel secreto con tanto cariño, y, debajo de todo eso, un nerviosismo que no tenía nada que ver con el miedo antiguo que solía acompañarla, sino con la anticipación pura de alguien a punto de recibir algo que llevaba toda la vida esperando sin saber cómo nombrarlo.

Terminó de hacer la maleta con una lista mental de posibles destinos que Zane insistía en no confirmar, y se sentó un momento en el borde de la cama, repasando el año que habían compartido: la reunión incómoda en la sala de conferencias, la primera noche en Dripping Springs, la crisis de Ashworth, los meses con Odessa, la decisión sobre Norman, la expedición de ocho semanas con su propia crisis y su propia reconciliación, y ahora, aquel misterio final que prometía cerrar el círculo de una manera que ella apenas se atrevía a imaginar con total claridad.

Dutch pasó también por el apartamento esa tarde, con la excusa oficial de devolver una herramienta que Zane le había prestado semanas atrás, aunque Bex sospechó, en cuanto lo vio en la puerta con una sonrisa que intentaba disimular sin mucho éxito, que había una razón más profunda detrás de la visita.

—¿También vienes a no decirme nada sobre el viaje misterioso? —preguntó Bex, dejándolo pasar con una resignación divertida.

—Solo vengo a devolver esto —dijo Dutch, entregándole a Zane una llave inglesa con una seriedad exagerada que no engañó a nadie—. Y a desearos buen viaje, sea cual sea el destino.

—Eso suena a que sabes exactamente cuál es el destino.

—No puedo confirmar ni desmentir nada, Bex. Órdenes superiores.

—¿Órdenes de quién?