Presión atmosférica Capítulo 32
90%

Capítulo 32

Agosto llegó con la misma intensidad de calor que caracterizaba cada verano texano, aunque para Bex, aquel mes empezó a sentirse distinto de una manera que le costaba explicar del todo, cargado de una anticipación que no terminaba de identificar con precisión pero que notaba en cada pequeño detalle de su vida cotidiana: en la manera en que Zane sonreía cuando creía que ella no lo estaba mirando, en las llamadas cada vez más frecuentes con Walt, en la actitud extrañamente cálida de Marguerite durante las últimas semanas.

Georgia, que llevaba semanas comportándose con una discreción sospechosa desde su desliz de febrero, terminó confirmando las sospechas de Bex de la manera menos sutil posible, un sábado por la mañana, mientras tomaban café en la terraza de una cafetería cerca del instituto.

—¿Estás nerviosa? —preguntó, con una sonrisa que no conseguía disimular del todo.

—¿Nerviosa por qué?

—Por nada. Ignora que he dicho eso.

—Georgia, llevas meses haciendo esto. Primero la joyería, ahora esto. ¿Hay algo que quieras contarme?

Georgia se llevó la taza de café a los labios con una lentitud calculada, claramente debatiéndose entre la lealtad a la promesa hecha a Zane y la incapacidad genuina de guardar un secreto durante más de unos meses.

—No puedo decir nada. Pero, Bex, prepárate para que este verano sea memorable.

Bex no consiguió sacarle nada más, y decidió, con una calma que le sorprendió a ella misma, dejar de intentar adivinar los detalles y simplemente disfrutar de la anticipación, confiando en que Zane, fuera lo que fuera lo que estuviera planeando, lo haría con la misma consideración cuidadosa que ponía en todo lo demás.

Caminando de vuelta hacia el instituto después del café, Bex se detuvo un momento frente al escaparate de una pequeña joyería local que había pasado desapercibida para ella durante años, a pesar de recorrer aquella misma calle casi a diario, y se sorprendió a sí misma imaginando, por primera vez sin el miedo habitual acompañando la fantasía, cómo sería su vida si Zane realmente estuviera planeando lo que ella sospechaba.

—¿Vas a entrar, o solo vas a mirar el escaparate todo el día? —preguntó Georgia, que la había seguido y ahora esperaba con una sonrisa cómplice.

—Solo estaba mirando. No significa nada.

—Claro que no. Por eso llevas cinco minutos enteros frente al mismo escaparate.

Bex se rió, apartándose finalmente de la ventana, y continuó caminando junto a Georgia con una ligereza en el pecho que no había sentido con tanta claridad en mucho tiempo, la anticipación transformándose, poco a poco, en algo parecido a la esperanza genuina en lugar del miedo antiguo que solía acompañar cualquier pensamiento sobre el futuro permanente.

Esa tarde, de vuelta en el instituto, encontró a Zane en su despacho, hablando por teléfono con una intensidad que bajó de volumen en cuanto ella asomó la cabeza por la puerta, colgando poco después con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, parecer casual.

—¿Con quién hablabas?

—Con mi padre. Estábamos planeando algo para el fin de semana.

—¿Qué tipo de algo?

—Sorpresa.

—Odio las sorpresas.

—Esta te va a gustar. Confía en mí.

Bex se acercó a él, apoyándose en el borde del escritorio con una sonrisa que no consiguió contener del todo, contagiada, a pesar de sí misma, por la energía nerviosa y feliz que Zane llevaba días desprendiendo.

—Zane Kestrel, si esto tiene algo que ver con una joyería...

—No puedo confirmar ni desmentir nada.

—Eso es prácticamente una confirmación.

—Es prácticamente lo que quieras que sea, hasta que llegue el momento de que dejes de especular y simplemente lo veas por ti misma.

Se inclinó para besarla, con una ternura que llevaba semanas construyéndose entre bromas a medias y silencios cómplices, y Bex se dejó llevar por el beso sin insistir más en el interrogatorio, decidiendo que, fuera lo que fuera lo que Zane estuviera preparando, merecía la pena esperar a descubrirlo con la misma paciencia entusiasta con la que él llevaba meses cuidando cada detalle de su relación.

•  •  •

La confirmación de aceptación llegó un martes por la mañana, con un correo electrónico de la revista que Bex leyó dos veces antes de creérselo del todo, y que compartió con todo el equipo con una alegría que necesitaba, literalmente, gritar por el almacén entero.

Callum Ashworth llamó esa misma tarde, tras enterarse de la noticia por un colega en Washington que había recibido el manuscrito para revisión editorial.

—Doctora Hargrove, quería felicitarla personalmente antes de que se enterara por cualquier otro canal. He tenido el privilegio de revisar un borrador anticipado, y es, sin duda, el trabajo más riguroso que he visto salir de este campo en años.

—Muchas gracias, doctor Ashworth. Significa mucho viniendo de usted.

—No es solo un cumplido de cortesía. Voy a recomendar este artículo como lectura obligatoria en mi propio seminario de posgrado el próximo semestre.

Bex colgó el teléfono con una sensación de logro que todavía le costaba asimilar del todo, la validación completa de un hombre que, años atrás, había estado a punto de hacerle dudar de si merecía la pena seguir en aquel campo, y sintió, una vez más, la satisfacción profunda de haber convertido aquella herida antigua en una relación profesional de respeto mutuo genuino.

Zane la encontró esa misma tarde en la sala de control, todavía procesando la llamada de Ashworth, y se acercó con dos vasos de té helado, sentándose a su lado con la misma calidez de siempre.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, entregándole uno de los vasos.

—Todavía sin poder creérmelo del todo. Ashworth recomendando mi propio trabajo a sus estudiantes de posgrado. Hace un año, ni siquiera me atrevía a imaginar algo así.

—Te lo has ganado con creces, Bex. Cada segundo de reconocimiento que estás recibiendo.

—Los dos nos lo hemos ganado. Esto no habría sido posible sin tu trabajo de campo, sin el instinto que has desarrollado a lo largo de tantos años persiguiendo tormentas.

Zane sonrió, apoyando la cabeza contra la suya, y se quedaron un momento en silencio, disfrutando de la satisfacción compartida de un logro profesional que representaba, para los dos, la culminación de años de trabajo dedicado y de una colaboración que había demostrado, una y otra vez, ser mucho más fuerte que cualquier obstáculo que hubieran encontrado en el camino.

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto?

—dijo Bex, después de un rato—. Que llevo todo el año pensando que la validación profesional era lo que necesitaba para sentirme completa.

Y ahora que la tengo, en la forma exacta que siempre soñé, me doy cuenta de que lo que realmente me hace sentir completa eres tú, no ningún reconocimiento externo.

—Eso es lo más bonito que me has dicho en toda la semana.

—Me esfuerzo, de vez en cuando.

Zane la besó suavemente, con la misma ternura que había definido cada momento importante de su relación a lo largo de aquel año extraordinario, y Bex sintió, mientras se preparaban para continuar con el resto de la jornada, que estaba exactamente donde quería estar, rodeada de logros profesionales y de un amor que había demostrado, con creces, ser capaz de resistir cualquier tormenta que la vida decidiera ponerles por delante.

Georgia, que había estado observando la escena desde el otro extremo de la sala de control con una sonrisa cómplice que no tenía nada que ver con la publicación del artículo, se acercó poco después con una excusa sobre unos datos pendientes, aunque Bex sospechó, por la manera en que su amiga la miraba, que la verdadera razón de su visita era simplemente disfrutar de un momento más de aquella felicidad compartida antes de que el gran secreto, fuera cual fuera, terminara por revelarse.

—Todo va a salir perfecto —dijo Georgia, sin ninguna razón aparente, antes de volver a su propio escritorio con una sonrisa que se negaba a desaparecer del todo.

—¿Perfecto el qué? —preguntó Bex, genuinamente confundida.

—Todo, Bex. Absolutamente todo.

—¡Nos lo han aceptado! —anunció, entrando en la sala de control donde Georgia y Dutch revisaban unos datos de calibración—. Sin revisiones mayores, solo unos ajustes menores de formato.

—¡Eso es increíble, Bex! —exclamó Georgia, levantándose de un salto para abrazarla—. ¿Cuándo se publica?

—El número de octubre, según nos han confirmado.

Dutch, con su parquedad habitual, se limitó a sonreír con una satisfacción evidente, aunque después se acercó para estrecharle la mano a Bex con una formalidad poco común en él.

—Buen trabajo, doctora Hargrove. El campo entero se va a beneficiar de este algoritmo.

—El mérito es de todos, Dutch. Sin tu trabajo de instrumentación, esto no habría sido posible.

La noticia se extendió rápidamente por el instituto, con Marguerite acercándose personalmente para felicitar al equipo con una calidez que, en retrospectiva, Bex atribuiría más tarde a mucho más que la simple satisfacción profesional por una publicación exitosa.

Esa misma semana, el equipo entero se reunió para una cena informal en el almacén, una celebración improvisada por la buena noticia de la aceptación, y Bex no pudo evitar notar que la energía del grupo tenía una calidad extraña, casi teatral, como si todos estuvieran conteniendo algo que se esforzaban visiblemente por no dejar traslucir.

—¿Por qué todos me miráis así? —preguntó, a mitad de la cena, cuando sorprendió a Dutch y a uno de los investigadores jóvenes intercambiando una mirada cómplice justo después de que ella mencionara sus planes para el fin de semana siguiente.

—¿Así cómo? —preguntó Dutch, con una inocencia tan exagerada que resultaba casi cómica.

—Como si supierais algo que yo no sé.

—No sé de qué hablas —dijo el investigador joven, concentrándose de repente en su plato con un interés desproporcionado.