Presión atmosférica Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Se trasladaron al dormitorio sin prisa, dejando la conversación sobre Kansas y Nebraska y ocho semanas de riesgo en el sofá del salón, y esa noche, entre sábanas revueltas y la luz de la luna colándose por la ventana entreabierta, Bex encontró un tipo de calma distinta a cualquier dato o modelo, la clase de certeza que solo el cuerpo parecía capaz de ofrecer cuando la mente se negaba a quedarse quieta.

Aun así, esa misma noche, mientras Zane dormía a su lado con una respiración tranquila que contrastaba con los pensamientos acelerados de ella, Bex se quedó despierta más tiempo del habitual, pensando en joyerías secretas, en ocho semanas de tornados violentos, y en la sensación incómoda de que la vida, después de meses de relativa calma, estaba a punto de exigirle algo más grande de lo que había tenido que dar hasta entonces.

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Las semanas siguientes transcurrieron entre la preparación logística de la expedición y los últimos preparativos de instrumentación que Dutch supervisaba con una meticulosidad casi obsesiva, revisando cada sensor, cada antena, cada pieza de repuesto que pudiera necesitarse durante ocho semanas lejos de cualquier tienda especializada.

—¿Cuántas veces vas a revisar esa lista? —le preguntó Bex, encontrándolo una tarde en el almacén repasando, por lo que parecía la décima vez esa semana, el inventario completo de equipo.

—Tantas veces como haga falta hasta que esté completamente seguro de que no hemos olvidado nada. Una pieza de repuesto olvidada en Nebraska nos puede costar días enteros de despliegue perdido.

—Tienes razón, como siempre.

—Suelo tenerla, en temas de logística al menos.

Bex se rió, ayudándolo a revisar el resto de la lista, y sintió, mientras trabajaban juntos en aquella tarea aparentemente mundana, una tranquilidad renovada ante la meticulosidad de Dutch, la certeza de que, si alguien podía garantizar que la expedición saliera lo más segura posible, era exactamente aquel hombre reservado pero absolutamente confiable que llevaba años cuidando cada detalle técnico del equipo con la misma devoción silenciosa.

Zane, por su parte, pasó buena parte de esas semanas en llamadas con investigadores de otras universidades a lo largo del corredor de Tornado Alley, estableciendo contactos locales que pudieran ofrecer apoyo logístico o refugio de emergencia en caso de necesidad, una precaución adicional que Marguerite había insistido en incluir en el plan de seguridad general de la expedición.

—Tengo contactos confirmados en Norman, en Wichita, y en Omaha —le contó a Bex, una noche, repasando el mapa con las nuevas ubicaciones marcadas—. Si algo sale mal en cualquier tramo del recorrido, tenemos gente dispuesta a ayudarnos en menos de dos horas de distancia.

—Eso me tranquiliza bastante, la verdad.

—Esa era la idea. Quiero que estés lo más tranquila posible antes de salir, aunque sé que la ansiedad no desaparece del todo solo con buena planificación.

—No desaparece, pero ayuda muchísimo saber que hemos pensado en cada detalle posible.

La expedición se acercaba con cada día que pasaba, y Bex sintió, en las semanas previas a la salida, una mezcla compleja de emociones que no terminaba de resolver del todo: la emoción profesional genuina por la oportunidad científica que representaba, la ansiedad persistente sobre el riesgo real que conllevaba, y, debajo de todo eso, la anticipación silenciosa sobre la posible joyería secreta que Georgia había mencionado sin querer, un misterio que prometía resolverse, de una manera u otra, en algún momento durante aquellas ocho semanas que estaban a punto de cambiar, una vez más, el curso de su vida juntos.

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Walt se presentó en Austin una semana antes de la salida, con la excusa oficial de "revisar personalmente el estado de la camioneta antes de un viaje tan largo", aunque Bex sospechaba, por la manera en que Zane evitaba mirarla directamente durante la visita, que había algo más detrás de aquella aparición inesperada.

—¿Todo listo para el gran viaje? —preguntó Walt, inspeccionando el motor de la Unidad Uno con la misma atención meticulosa con la que revisaba sus propios tomates.

—Todo listo, papá. Dutch ha revisado cada pieza al menos diez veces.

—Bien. No quiero que nada os retrase innecesariamente ahí fuera.

Walt se quedó a cenar esa noche, y después de que Bex se retirara un momento al baño, Zane aprovechó la ausencia para intercambiar unas palabras rápidas con su padre que Bex, al volver, no llegó a escuchar del todo, aunque notó la expresión cómplice que ambos intercambiaron antes de cambiar de tema con una naturalidad sospechosa.

—¿De qué hablabais? —preguntó, sentándose de nuevo a la mesa.

—De tomates —respondió Walt, con una seriedad que no engañó a Bex ni por un segundo—. Siempre hay algo nuevo que discutir sobre tomates.

—Ya veo.

No insistió más, decidiendo que fuera lo que fuera lo que estuvieran tramando entre los dos, terminaría por descubrirlo a su debido tiempo, y disfrutó del resto de la cena con la calidez habitual que Walt siempre aportaba a cualquier reunión familiar, sintiendo una gratitud renovada por tener, en su vida, a un suegro tan cariñoso y presente como aquel hombre que había recorrido cuatro horas de carretera solo para asegurarse de que su hijo y su nuera salieran hacia la expedición con todo perfectamente preparado.

Antes de irse, Walt abrazó a Bex con una fuerza poco habitual, sosteniéndola un momento más de lo normal antes de soltarla.

—Cuídate mucho ahí fuera, Bex. Y cuida de mi hijo también, aunque sé que él va a cuidar de ti con la misma dedicación.

—Lo prometo, Walt.

—Y cuando volváis, espero una visita larga a San Antonio. Tengo una nueva variedad de tomate que quiero que probéis los dos.

Se despidió con la misma calidez de siempre, dejando a Bex con la sensación reconfortante de tener, entre sus dos familias, una red de apoyo incondicional que la acompañaría, de una manera u otra, durante cada kilómetro de la expedición que estaba a punto de comenzar.

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La noche antes de la partida, el equipo entero se reunió en el almacén para una última cena informal, con Dutch preparando su famoso chile una vez más y Georgia insistiendo en tomar fotos de todos juntos "por si acaso necesitamos recordar cómo éramos antes de que la expedición nos cambiara a todos de alguna manera".

—Eso suena innecesariamente dramático, Georgia —comentó uno de los investigadores jóvenes, aunque posó de todas formas para la foto con una sonrisa genuina.

—Nunca se sabe. Ocho semanas es mucho tiempo para cambiar a una persona.

Marguerite se pasó también por la cena, con un brindis breve pero sentido que resumió la seriedad del momento sin restarle nada de la calidez que había caracterizado cada celebración del equipo a lo largo del año.

—Por una expedición segura, productiva, y por el regreso de todos vosotros exactamente como sois ahora, quizás con algunas historias increíbles de más para contar.

—Por eso —repitió todo el equipo, entrechocando vasos con una solemnidad que contrastaba con las risas habituales de sus celebraciones anteriores.

Dutch, al final de la cena, se acercó a Bex y Zane con una expresión más seria de la habitual, entregándoles una copia impresa del mapa completo de rutas de escape, plastificada para resistir cualquier condición climática adversa.

—Llevadlo siempre con vosotros, en la guantera de la Unidad Uno. Y si en algún momento la tecnología falla, este mapa va a seguir funcionando.

—Gracias, Dutch. Por todo el trabajo que has invertido en esto.

—Es mi trabajo, aunque también es mucho más que eso. Cuidaos, los dos.

La despedida se prolongó hasta bien entrada la noche, con abrazos y promesas de mantenerse en contacto constante, y cuando finalmente Bex y Zane volvieron a casa, con las maletas ya preparadas junto a la puerta para la salida del día siguiente, sintieron, cada uno a su manera, el peso completo de lo que estaban a punto de emprender: la aventura profesional más ambiciosa de sus carreras, respaldada por un equipo que se había convertido, a lo largo de los últimos años, en mucho más que simples colegas de trabajo.

Esa última noche en casa, incapaces de dormir del todo a pesar del cansancio acumulado de los preparativos finales, Bex y Zane se quedaron un rato en la cama, hablando en la oscuridad sobre las expectativas y los miedos que ambos llevaban semanas acumulando sin nombrarlos del todo en voz alta.

—¿Tienes miedo? —preguntó Bex, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre los dos.

—Un poco, sí. No del trabajo en sí, que conozco bien, sino de la duración. Ocho semanas es mucho tiempo para mantener la concentración y la seguridad al máximo nivel, sin margen para el cansancio o la complacencia.

—Yo tengo miedo de exactamente lo mismo, pero también de otra cosa: de descubrir, a mitad de la expedición, que no puedo soportar el nivel de tensión constante, y tener que admitir esa debilidad delante de todo el equipo.

—Eso no sería debilidad, Bex. Sería honestidad, y la honestidad siempre es más valiosa que la resistencia ciega.

—Lo sé, racionalmente. Pero el miedo rara vez es racional.

Zane la atrajo hacia él en la oscuridad, con una ternura que llevaba meses siendo su respuesta constante ante cualquier vulnerabilidad que ella compartiera, y se quedaron así, abrazados, escuchando el silencio de la noche que precedía a la aventura más grande que habían emprendido juntos hasta entonces.

—Pase lo que pase allí fuera, vamos a estar bien —dijo Zane, finalmente, con una certeza que Bex quiso creerse del todo—.

Tenemos el mejor equipo posible respaldándonos, la mejor preparación que hemos tenido nunca, y sobre todo, nos tenemos el uno al otro.

Eso es más de lo que la mayoría de la gente tiene cuando se enfrenta a algo así.

—Tienes razón. Como siempre.

—Suelo tenerla, de vez en cuando.