Presión atmosférica Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Bex sonrió contra su pecho, reconociendo la broma familiar entre los dos, y se quedó dormida poco después, con la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que la fase cuatro les tuviera preparado —tormentas violentas, sustos inesperados, quizás incluso la joyería secreta que Georgia había mencionado sin querer—, lo iban a enfrentar exactamente como habían enfrentado cada desafío anterior: juntos, con honestidad, y con la certeza tranquila de que el amor que habían construido a lo largo de los últimos años era lo bastante sólido como para resistir cualquier tormenta que la vida decidiera ponerles por delante.

•  •  •

La mañana de la partida amaneció despejada, con un cielo azul intenso que contrastaba con la ansiedad contenida que Bex sentía mientras cargaban las últimas cajas en las camionetas.

Dutch ya estaba en el almacén desde antes del amanecer, según confirmó Georgia con un bostezo, revisando por última vez cada pieza de equipo con una meticulosidad que rozaba la obsesión, aunque nadie del equipo se atrevió a cuestionarla, conscientes de que aquella dedicación era precisamente lo que había mantenido al equipo seguro durante tantas temporadas anteriores.

—¿Listos? —preguntó Zane, cerrando la puerta trasera de la Unidad Uno con un golpe seco que resonó en el aire tranquilo de la mañana.

—Lo más lista que puedo estar, supongo.

—Eso es más que suficiente.

Georgia los abrazó a ambos antes de que subieran a las camionetas, con una fuerza que reflejaba tanto el orgullo por su nuevo puesto como la ansiedad genuina por la despedida.

—Cuidaos mucho, los dos. Y llamadme cada vez que tengáis cobertura, sin excusas.

—Lo prometemos, Georgia.

Los dos investigadores jóvenes, que habían decidido acompañar al equipo durante las primeras semanas de la expedición, ya esperaban en la Unidad Dos, revisando por última vez sus propias listas de equipo personal con una mezcla de nerviosismo y emoción genuina que Bex reconoció de sus propios primeros años en el campo.

Marguerite se presentó también esa mañana, a pesar de lo temprano de la hora, con un último gesto de apoyo antes de que el equipo partiera hacia el norte.

—Que tengan un viaje seguro y productivo. Este instituto entero va a estar pendiente de cada actualización que nos envíen.

—Gracias, Marguerite. Por confiar en nosotros para algo tan ambicioso.

—La confianza se la han ganado con creces, doctora Hargrove. Ahora vayan y demuestren de lo que es capaz este equipo.

Con las despedidas finalmente completadas, Bex se subió al asiento del copiloto de la Unidad Uno, con el mapa plastificado de Dutch guardado con cuidado en la guantera, y observó por el retrovisor lateral cómo el almacén del instituto se hacía cada vez más pequeño mientras Zane conducía hacia la autopista que los llevaría, en última instancia, hacia ocho semanas de tormentas, descubrimientos científicos, y quizás, si las sospechas de Bex resultaban ciertas, hacia un momento que cambiaría el curso de su vida de una manera que ningún modelo de predicción podría haber anticipado con exactitud.

Durante las primeras horas de trayecto, con la radio puesta a un volumen bajo y el paisaje de Texas central desplegándose ante ellos con su monotonía familiar de campos y pequeños pueblos, Bex se dedicó a repasar mentalmente todo lo que habían preparado durante las últimas semanas: los protocolos de seguridad reforzados, los contactos de emergencia en cada estado del corredor, el equipo de instrumentación revisado hasta el último detalle por Dutch.

—¿En qué piensas? —preguntó Zane, notando su silencio prolongado.

—En todo lo que hemos preparado. En que, pase lo que pase ahí fuera, hemos hecho todo lo humanamente posible para minimizar el riesgo.

—Eso es exactamente lo que necesitamos recordarnos cada vez que la ansiedad amenace con tomar el control. Hemos hecho el trabajo. Ahora toca confiar en esa preparación.

—Es más fácil decirlo que sentirlo del todo, la verdad.

—Lo sé. Pero vamos a repetírnoslo las veces que haga falta, durante las próximas ocho semanas, hasta que se convierta en una certeza real en lugar de solo una frase tranquilizadora.

Bex sonrió, apoyando la cabeza contra la ventanilla mientras el paisaje seguía desplegándose ante ellos, y sintió, a pesar de toda la ansiedad residual que todavía la acompañaba, una emoción genuina por la aventura que estaban a punto de emprender juntos, consciente de que aquellas ocho semanas, con todos sus riesgos y desafíos, representaban también una oportunidad única de fortalecer todavía más la relación que habían construido con tanto cuidado a lo largo de los últimos años.

—Feliz comienzo de fase cuatro, Kestrel —dijo, finalmente, rompiendo la seriedad del momento con una sonrisa.

—Feliz comienzo, Hargrove. Que sea la mejor temporada de campo que hayamos tenido nunca.

—Y la más segura, por favor.

—Y la más segura, sin ninguna duda. Eso es una prioridad absoluta para los dos.

Siguieron conduciendo hacia el norte, dejando atrás Austin y todo lo familiar que representaba, adentrándose poco a poco en el territorio desconocido que la fase cuatro les tenía preparado, con la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que encontraran en el camino, tenían exactamente las herramientas necesarias —tanto técnicas como emocionales— para enfrentarlo juntos, con la misma dedicación meticulosa que habían aplicado a cada decisión importante de su vida compartida.

Pararon a repostar cerca de Waco, en la misma gasolinera donde habían hecho una parada similar durante su primer despliegue juntos hacía ya casi dos años, y Bex se detuvo un momento mientras Zane pagaba el combustible, observando el paisaje familiar con una nostalgia inesperada.

—¿Recuerdas esta gasolinera? —preguntó, cuando Zane volvió con dos botellas de agua y una bolsa de aperitivos para el resto del trayecto.

—Vagamente. ¿Por qué?

—Fue aquí donde paramos durante nuestro primer despliegue conjunto, hace casi dos años. Todavía no confiaba del todo en ti como codirector, y tú intentabas convencerme de que San Marcos era mejor zona que Georgetown.

—Tenía razón, si mal no recuerdo.

—Tenías razón, sí. Aunque me costó admitirlo en su momento.

Zane sonrió, con una expresión nostálgica que reflejaba la misma sensación de Bex ante el peso de la distancia recorrida desde aquel primer despliegue incierto hasta la expedición ambiciosa que estaban a punto de emprender.

—Hemos recorrido un camino bastante largo desde entonces, ¿no crees?

—El más largo e improbable que podría haber imaginado nunca.

Subieron de nuevo a la camioneta, con el sol de la tarde empezando a inclinarse hacia el horizonte, y continuaron el trayecto hacia el norte con una sensación compartida de estar, una vez más, al borde de algo importante, algo que definiría, de una manera u otra, el siguiente capítulo de la vida que llevaban construyendo juntos desde aquel primer reencuentro incómodo en la sala de conferencias del instituto.

La radio del coche captó, en algún punto entre Waco y Fort Worth, un boletín meteorológico local que anunciaba condiciones favorables para el desarrollo de tormentas severas en los próximos días a lo largo de todo el corredor central, una noticia que hizo que Zane y Bex intercambiaran una mirada cargada de la misma emoción profesional que había definido cada temporada de campo desde que se conocían.

—Parece que vamos a tener trabajo desde el primer día —comentó Zane, con una sonrisa que combinaba la anticipación profesional con algo más profundo, más personal.

—Eso espero. Cuanto antes empecemos a recopilar datos, antes justificamos toda la logística que hemos montado para esta expedición.

—Esa es una manera muy práctica de verlo.

—Prefiero centrarme en lo práctico. Me ayuda a no pensar demasiado en todo lo demás.

Zane le apretó la mano brevemente, entendiendo exactamente a qué se refería sin necesidad de que ella lo explicara con más detalle, y continuaron el viaje en un silencio cómodo, cada uno procesando a su manera la mezcla de emoción y ansiedad que acompañaba el inicio de cualquier expedición importante, mientras el paisaje de Texas central iba dando paso, poco a poco, a los horizontes todavía más amplios y planos que caracterizaban el territorio hacia el que se dirigían.

Al caer la noche, se detuvieron en el primer punto de acampada previsto, cerca de la frontera con Oklahoma, y montaron el campamento juntos con la coreografía ya familiar que habían perfeccionado durante temporadas anteriores.

Bex se quedó un momento fuera de la tienda, contemplando las primeras estrellas que empezaban a asomar en el cielo despejado, y sintió, respirando el aire fresco de la noche, que aquella expedición, con toda su ambición y sus riesgos inherentes, representaba exactamente el tipo de aventura que había soñado vivir desde que era una niña que salía corriendo hacia las tormentas mientras todos los demás corrían a esconderse.

Zane se acercó a ella con dos tazas de café instantáneo, la misma bebida modesta que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara, en un ritual sagrado de cada noche de campamento a lo largo de los años.

—¿Lista para lo que viene? —preguntó, entregándole una de las tazas.

—Más lista de lo que estaba esta mañana, la verdad. Este primer día me ha ayudado a recordar por qué elegimos hacer esto, más allá del miedo o la ansiedad.

—Por la ciencia. Por el descubrimiento. Y por hacerlo juntos.

—Exactamente por eso.

Brindaron con las tazas de café instantáneo bajo el cielo estrellado de la frontera entre Texas y Oklahoma, y Bex sintió, mientras se sentaba junto a Zane en el escalón de la camioneta, que fuera lo que fuera lo que las próximas ocho semanas les tuvieran preparado, ya habían dado el primer paso más importante: salir juntos, con los ojos abiertos, hacia lo desconocido.