Capítulo 24
La reunión de planificación de la fase cuatro se celebró a principios de marzo, con todo el equipo reunido en la sala de conferencias y Marguerite presentando, con un entusiasmo poco habitual en ella, la ambición del proyecto para la temporada que se avecinaba.
—La Fundación ha aprobado una expansión significativa —anunció, desplegando un mapa que cubría buena parte del centro de Estados Unidos—.
En lugar de limitarnos al centro de Texas, la fase cuatro contempla un despliegue de ocho semanas siguiendo el corredor completo de Tornado Alley: Texas, Oklahoma, Kansas y Nebraska.
Sería la operación de campo más ambiciosa que ha emprendido este instituto.
Un murmullo de emoción recorrió la sala, mezclado con una tensión evidente que Bex reconoció en la expresión de varios miembros del equipo: ocho semanas de despliegue continuo, lejos de casa, persiguiendo el tipo de tormentas más violentas del país en un territorio mucho más amplio del que habían cubierto nunca.
—¿Ocho semanas seguidas? —preguntó uno de los investigadores jóvenes, con una nota de nerviosismo en la voz.
—Con posibilidad de rotación parcial del equipo —aclaró Marguerite—. No todo el mundo tiene que estar presente las ocho semanas completas. Pero los codirectores del proyecto, es decir, Bexley y Zane, tendrían que liderar el despliegue de principio a fin, dada la naturaleza de la financiación.
Georgia levantó la mano, con una pregunta práctica que reflejaba su papel habitual de mantener los pies del equipo en la tierra en medio de cualquier anuncio ambicioso.
—¿Y la coordinación desde la base? Si los dos codirectores van a estar fuera durante ocho semanas seguidas, alguien tiene que gestionar la logística diaria del instituto.
—Esa serías tú, Georgia, si aceptas el desafío —respondió Marguerite—. He estado pensando en formalizar tu papel también, como coordinadora de operaciones durante los despliegues extendidos. Con un aumento salarial correspondiente, por supuesto.
Georgia se quedó momentáneamente sin palabras, algo poco habitual en ella, antes de recomponerse con una sonrisa que no ocultaba del todo la emoción genuina.
—Acepto, obviamente. Aunque espero que eso signifique también más autoridad para rechazar solicitudes de presupuesto ridículas mientras estáis fuera.
—Tienes mi bendición completa para eso —confirmó Marguerite, provocando risas en el resto del equipo.
Dutch se levantó de su silla, con una tablet en la mano y la misma calma metódica de siempre, y proyectó en la pantalla grande un mapa detallado del corredor completo, salpicado de marcadores de colores.
—He empezado a mapear rutas de escape para cada tramo del recorrido —explicó, señalando los marcadores uno por uno—.
Verde para zonas con múltiples salidas y buena cobertura de carreteras.
Amarillo para zonas con una sola ruta de escape viable.
Rojo para zonas que evitaríamos por completo salvo necesidad extrema.
Kansas occidental y Nebraska tienen más zonas amarillas de las que me gustaría, así que voy a pasar las próximas semanas refinando alternativas.
—Eso es exactamente el tipo de preparación que necesitamos —dijo Zane, con una satisfacción genuina—. Nadie diseña protocolos de escape mejor que tú, Dutch.
—Prefiero pasarme tres semanas planeando rutas que un solo segundo improvisando en mitad de un EF4.
La sala se rió, aliviando un poco la tensión acumulada, y Marguerite retomó la palabra para repasar el calendario propuesto, con salida prevista para finales de abril y regreso a mediados de junio, un cronograma que dejó a todo el equipo con una mezcla de anticipación y nervios que se prolongó durante el resto de la reunión.
Al terminar la reunión, Bex encontró a Georgia en el pasillo, todavía procesando la noticia de su ascenso con una expresión que oscilaba entre la incredulidad feliz y una seriedad nueva que Bex no le había visto nunca.
—Coordinadora de operaciones —repitió Georgia, como si necesitara escuchar las palabras en voz alta para creérselas del todo—. Nunca pensé que llegaría a este punto cuando empecé aquí como asistente administrativa hace cinco años.
—Te lo has ganado con creces, Georgia. Nadie mantiene este instituto funcionando como tú lo haces.
—Va a ser raro, ¿sabes? Ocho semanas sin ti ni Zane aquí, coordinando todo yo sola desde la base.
—No vas a estar sola. Vas a tener a los investigadores jóvenes, y vamos a estar en contacto constante por radio y por teléfono.
—Lo sé. Pero va a ser distinto, de todas formas. Llevo tres años acostumbrada a tenerte al lado cada día.
Bex abrazó a Georgia, sintiendo el peso de la despedida anticipada incluso antes de que la expedición hubiera comenzado siquiera, y se quedaron así un momento, en el pasillo del instituto, compartiendo la mezcla de orgullo y nostalgia que acompañaba cualquier cambio significativo en la dinámica del equipo que habían construido juntas a lo largo de los años.
—Vamos a estar bien las dos —dijo Bex, finalmente—. Tú aquí, dirigiendo todo con mano firme, y yo allí, persiguiendo tormentas con Zane. Y cuando volvamos, vamos a tener las historias más increíbles que contarnos mutuamente.
—Eso espero. Aunque prefiero mil veces mis historias de drama de oficina a las tuyas de tornados violentos, para que conste.
Bex sintió que el estómago se le tensaba con una mezcla de emoción profesional genuina —la oportunidad de recopilar datos a una escala que nunca había sido posible antes— y una inquietud más personal, el recuerdo todavía fresco de aquella tarde en la carretera cerca de West, del tornado que había girado hacia ellos sin previo aviso, multiplicado ahora por ocho semanas de exposición constante a un tipo de riesgo que la fase tres nunca había alcanzado.
Bex llamó a su madre esa misma semana para contarle los detalles de la expedición, sabiendo que Diane iba a tener opiniones firmes sobre el asunto, como las tenía sobre casi todo lo relacionado con el bienestar de su hija.
—¿Ocho semanas enteras? —repitió Diane, con una preocupación que no intentó disimular—. Bexley, eso es mucho tiempo lejos de casa, persiguiendo tormentas todavía más peligrosas que las habituales.
—Lo sé, mamá. Pero es una oportunidad profesional enorme, y vamos a tener protocolos de seguridad más estrictos que nunca.
—¿Y Zane va contigo todo el tiempo?
—Todo el tiempo. Es codirector del proyecto, igual que yo.
Diane se quedó en silencio un momento, procesando la información con la misma seriedad que aplicaba a cualquier decisión importante de la vida de su hija.
—Entonces supongo que puedo estar tranquila sabiendo que no vas a estar sola en ningún momento. Aunque eso no significa que no vaya a preocuparme cada día de esas ocho semanas.
—Es tu derecho como madre, supongo.
—Es mi obligación como madre, más bien. Y quiero que me llames cada vez que tengáis cobertura, sin excepciones, aunque sea solo un mensaje de texto diciendo que estáis bien.
—Te lo prometo, mamá.
—Y cuídate mucho, cariño. Sé que este trabajo es tu pasión, y estoy orgullosa de la carrera que has construido, pero eso no significa que deje de preocuparme cada vez que sales al campo.
Bex sintió una calidez familiar ante la preocupación genuina de su madre, una mezcla de amor y ansiedad que llevaba toda la vida acompañando cada conversación importante entre las dos, y colgó el teléfono con la promesa de mantenerla informada durante toda la expedición, consciente de que aquella llamada, con toda su tensión subyacente, representaba exactamente el tipo de amor incondicional que había definido su relación con Diane desde siempre.
Esa noche, en casa, la conversación sobre la expansión se extendió durante horas, con Zane mostrando un entusiasmo profesional genuino que Bex compartía en gran parte, aunque no consiguió disimular del todo la inquietud que la propuesta le generaba.
—Ocho semanas es mucho tiempo persiguiendo tornados violentos en territorio que no conocemos tan bien como Texas central —dijo, finalmente, cuando ya no pudo seguir postergando la conversación—. Kansas, Nebraska, zonas con menos cobertura de carreteras, menos puntos de escape.
—Lo sé. Y vamos a diseñar protocolos de seguridad todavía más estrictos que los que ya tenemos, precisamente por eso. Dutch ya está trabajando en rutas de escape preidentificadas para cada zona del corredor.
—¿Y si no es suficiente? Después de lo de West, no sé si puedo prometerte que voy a manejar ocho semanas de esa clase de tensión sin que me pase factura.
Zane se acercó a ella en el sofá, tomándole las manos con una seriedad que reconocía el peso real de la pregunta, sin intentar minimizarla con optimismo fácil.
—No tienes que prometerme nada. Si en algún momento durante esas ocho semanas sientes que es demasiado, paramos, nos retiramos, ajustamos lo que haga falta. Esto no es una prueba que tengas que superar a toda costa. Es un trabajo que hacemos juntos, con los límites que los dos necesitemos poner.
—¿Y si el límite lo pongo yo sola? ¿Y si decido, a mitad de la expedición, que necesito volver a casa?
—Entonces volvemos a casa. Los dos. No voy a dejarte sola en mitad de Kansas persiguiendo tornados sin ti a mi lado, Bex. Eso no es negociable.
Bex sintió que algo se aflojaba en su pecho, la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que la fase cuatro les tuviera preparado, no lo iba a enfrentar completamente sola, y se dejó atraer hacia él en el sofá, buscando en el contacto físico el mismo consuelo que las palabras no terminaban de darle del todo.
Zane la besó con una ternura que contradecía la conversación seria de minutos antes, un beso lento que fue derivando, poco a poco, en algo más, con las manos de él recorriéndole la espalda con la misma atención cuidadosa que empleaba para calibrar cualquier instrumento delicado, y Bex se dejó llevar, agradecida de tener un cuerpo entero, presente, real, con el que anclarse cuando la mente insistía en adelantarse a preocupaciones que todavía no habían llegado.