Presión atmosférica Capítulo 23
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Capítulo 23

Enero llegó con un frío inusual para Austin, lo bastante fuerte como para que el instituto cerrara dos días por hielo en las carreteras, algo que Georgia calificó de "apocalipsis texano" con el mismo dramatismo que reservaba para cualquier cosa que interrumpiera su rutina de café matutino.

Bex y Zane pasaron esos días encerrados en el apartamento, entre mantas y películas viejas, en la clase de intimidad tranquila que el ritmo frenético de la temporada de campo rara vez permitía.

El segundo día de encierro, con la nieve fundiéndose lentamente sobre las calles de Austin, Zane insistió en preparar chocolate caliente con una receta que, según explicó, había aprendido de su madre, y Bex se sentó en la encimera de la cocina observándolo trabajar con la misma concentración que aplicaba a cualquier tarea importante.

—¿Tu madre te enseñó a hacer chocolate caliente y a tocar la guitarra? Empiezo a sospechar que era una mujer extraordinaria.

—Lo era. Tenía la teoría de que cualquier cosa que valiera la pena hacer merecía hacerse con cuidado, ya fuera una canción de cuna o una taza de chocolate.

—Es una buena filosofía de vida.

—La mejor que conozco, la verdad.

Compartieron el chocolate caliente en el sofá, envueltos en la misma manta, viendo una película antigua que ninguno de los dos había visto completa nunca, comentando la trama con un humor compartido que hizo que las horas pasaran sin que ninguno de los dos se diera cuenta del tiempo transcurrido.

Fue durante uno de esos días, mientras Bex dormitaba en el sofá con la cabeza apoyada en su regazo, cuando Zane recibió un mensaje que leyó con una expresión que ella, medio dormida, no llegó a captar del todo, guardándose el teléfono en el bolsillo con una rapidez que en cualquier otro momento le habría parecido sospechosa.

Georgia fue quien, sin querer, le dio a Bex la primera pista real de que algo se estaba gestando, una tarde de febrero en la sala de control, cuando dejó caer, distraída, un comentario que no debería haber salido de su boca.

—Por cierto, ¿te ha contado Zane lo de la joyería?

—¿Qué joyería?

Georgia se quedó paralizada, con la taza de café a medio camino de los labios, la expresión de alguien que acaba de darse cuenta, demasiado tarde, de que ha metido la pata de una manera irreversible.

—Nada. Olvida que he dicho eso.

—Georgia.

—Bex, en serio, olvídalo, no puedo decir nada más, me ha hecho jurar guardar el secreto y ya he roto la mitad de la promesa sin querer.

Bex sintió que el corazón le daba un vuelco que no supo nombrar del todo, una mezcla de emoción y de algo más complicado, más antiguo, ese miedo silencioso que llevaba toda la vida acompañándola sin que ella terminara nunca de entender del todo su origen exacto.

No le preguntó nada más a Georgia, respetando el pánico evidente en su cara, pero pasó el resto del día distraída, incapaz de concentrarse del todo en los datos que tenía delante, con la mente saltando entre la emoción y una inquietud que le costaba justificar racionalmente.

Esa noche, mientras cenaban, se descubrió observando a Zane con una atención distinta, buscando alguna señal, algún indicio de lo que Georgia había estado a punto de revelar, hasta que él, notando la mirada, levantó una ceja con curiosidad.

—¿Qué?

—Nada. Solo pensaba.

—Pensabas fuerte. Puedo notarlo desde aquí.

—Es una frase que me dices demasiado a menudo.

—Porque suele ser verdad demasiado a menudo.

Bex no le contó lo que Georgia había dejado escapar, ni esa noche ni las siguientes, dejando que la información se asentara despacio en algún rincón de su mente, entre la ilusión y un nerviosismo que reconoció, con cierta vergüenza, como el mismo miedo antiguo a que las cosas buenas tuvieran fecha de caducidad, el temor silencioso de que en cuanto algo se declarara oficialmente permanente, el universo encontrara la manera de arrebatárselo.

Llamó a Georgia esa misma semana, aprovechando un momento a solas en la sala de control, decidida a obtener aunque fuera una pista más sobre lo que estaba pasando, sin presionar demasiado el frágil equilibrio de la promesa que su amiga había hecho.

—No voy a preguntarte directamente sobre la joyería —empezó Bex, con cautela—. Pero necesito saber si debería estar nerviosa, emocionada, o ambas cosas a la vez.

—Bex, no puedo decirte nada. Ya he roto media promesa sin querer, y si rompo la otra mitad, Zane no va a volver a confiarme un secreto en su vida.

—Solo una pista. Por favor.

Georgia se quedó pensando un momento, debatiéndose visiblemente entre la lealtad y la incapacidad genuina de mantener a su mejor amiga completamente a oscuras sobre algo tan importante.

—Está bien, una pista, y solo una: sea lo que sea que esté pasando, no tienes absolutamente nada de qué preocuparte. Nada. Confía en mí en esto, aunque no pueda darte más detalles.

Bex sintió que el nudo en el estómago se aflojaba levemente, aunque la curiosidad, lejos de disminuir, se intensificó con la promesa vaga pero tranquilizadora de Georgia, y pasó el resto de la semana observando a Zane con una atención renovada, buscando cualquier pista adicional que pudiera confirmar sus sospechas cada vez más concretas.