Presión atmosférica Capítulo 21
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Capítulo 21

La idea de juntar a las dos familias para el Día de Acción de Gracias fue de Zane, propuesta con una ligereza que no reflejaba del todo los nervios que Bex notó debajo, la misma clase de nervios que ella misma sentía cada vez que pensaba en poner a Walt Kestrel y Diane Hargrove en la misma mesa durante cuatro horas seguidas.

—Van a llevarse bien —dijo Zane, aunque sonó más a esperanza que a certeza—. Los dos son personas directas. Eso tiene que contar para algo.

—O va a ser un desastre porque los dos son personas directas.

La mañana de la celebración, Bex se despertó temprano para ayudar a preparar la casa, encontrando a Zane ya en la cocina, revisando por tercera vez la lista de tareas pendientes con una concentración que normalmente reservaba para calibraciones técnicas importantes.

—¿Estás nervioso? —preguntó Bex, sirviéndose una taza de café mientras lo observaba organizar los cubiertos con una precisión innecesaria.

—Un poco. Es la primera vez que nuestras familias completas van a estar juntas en la misma habitación durante tantas horas seguidas.

—Van a estar bien, Zane. Ya sobrevivieron a conocerse por separado.

—Conocerse por separado es distinto a pasar cuatro horas seguidas compartiendo mesa y conversación. Mi padre puede ser muy directo cuando quiere, y tu madre tiene la costumbre de hacer preguntas que nadie más se atreve a formular.

—Exactamente por eso creo que se van a llevar de maravilla. Se reconocen el uno en el otro.

Zane sonrió, algo más relajado ante la lógica de Bex, y siguieron preparando la casa juntos, colocando las sillas adicionales que habían pedido prestadas a Georgia y decorando la mesa con un mantel que Diane había insistido en enviar por correo la semana anterior, "porque el mantel que seguramente tenéis no es lo bastante festivo para una ocasión así".

Contra todo pronóstico, la comida transcurrió con una armonía que ninguno de los dos había anticipado del todo.

Walt llegó con más tomates de su huerto, esta vez en conserva, y Diane, que había insistido en encargarse del pavo a pesar de las protestas de Bex, resultó tener una habilidad para la cocina que Walt elogió con tanto entusiasmo genuino que Diane se sonrojó de una manera que Bex no recordaba haberle visto nunca.

—Este pavo es mejor que el de mi difunta esposa, que en paz descanse, y eso que ella se pasaba tres días enteros preparándolo —dijo Walt, sirviéndose una segunda ración sin ninguna vergüenza.

—Zane me contó que usted también cocina —respondió Diane, visiblemente halagada—. Algo de tomates, según entiendo.

—Los mejores tomates del centro de Texas. Le voy a mandar semillas a casa, si le interesa.

—Me interesa muchísimo.

Bex y Zane intercambiaron una mirada de incredulidad divertida desde el otro lado de la mesa, viendo a sus respectivos padres embarcarse en una conversación sobre horticultura que se extendió durante casi media hora, mientras Georgia, invitada también a la celebración por insistencia de Bex, se inclinaba hacia ella para susurrarle un comentario que le costó no soltar una carcajada en mitad de la mesa.

—Creo que tus padres se van a hacer mejores amigos que nosotros dos.

—No estaría tan segura. Todavía no ha llegado el postre, y ahí es cuando mi madre empieza con las preguntas incómodas sobre planes de futuro.

Tal como Bex había predicho, Diane esperó al postre exacto para lanzar la pregunta que llevaba toda la comida evitando formular directamente, con la misma franqueza que la caracterizaba desde siempre.

—Entonces, ¿algún plan de boda en el horizonte, o vais a seguir viviendo en pecado indefinidamente?

—¡Mamá!

—Es una pregunta razonable, Bexley. Llevan casi un año juntos.

Zane, lejos de incomodarse, respondió con una calma que hizo que Bex se girara hacia él con curiosidad genuina.

—Todo a su tiempo, Diane. Cuando llegue el momento, será el momento adecuado, no una fecha impuesta por un calendario ajeno.

—Esa es una respuesta muy diplomática.

—Llevo meses practicándola, por si acaso surgía la pregunta.

La mesa entera se rió, incluida Bex, que sintió, debajo de la risa, una calidez tranquila al notar que Zane ya había pensado en esa pregunta, en ese futuro, con la misma seriedad silenciosa con la que pensaba en todo lo demás.

Después de la comida, mientras Walt y Arthur —que había insistido en asistir a pesar de las protestas de Diane sobre el largo viaje desde Houston— se sentaban en el porche a comparar técnicas de cultivo con el mismo entusiasmo que dos adolescentes hablando de videojuegos, Bex se asomó un momento para escuchar la conversación, encontrando a los dos hombres inclinados sobre un cuaderno donde Walt había apuntado, con letra apretada, sus secretos para conseguir tomates perfectos en el clima extremo de Texas.

—El truco está en la sombra parcial durante las horas de más calor —explicaba Walt, con la autoridad de quien lleva décadas perfeccionando su técnica—.

La mayoría de la gente comete el error de exponer las plantas al sol directo todo el día, y eso las quema por dentro antes de que puedan madurar del todo.

—Interesante. Yo siempre pensé que más sol siempre significaba mejor cosecha.

—Es el error más común, y el más costoso. La naturaleza rara vez funciona con lógica de "más es mejor". A veces necesita justo la cantidad correcta, ni más ni menos.

Arthur asintió, tomando notas mentales que Bex sospechaba iba a intentar aplicar en su propio jardín en cuanto volviera a Houston, y la conversación continuó derivando hacia técnicas de riego, variedades de semillas, y una discusión apasionada sobre si el compost casero era realmente superior al comercial, un debate que ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder fácilmente.

Diane encontró un momento a solas con Bex en la cocina, mientras lavaban los platos.

—Me gusta mucho tu Zane —dijo Diane, sin apartar la vista de los platos que estaba secando—. Y me gusta todavía más su padre. Parece un buen hombre.

—Lo es. Los dos lo son.

—¿Sabes lo que más me gusta de verlos juntos, a Zane y a ti? Que no compites con él, ni él contigo. Se turnan para brillar, según lo que necesite el momento. Eso es más raro de lo que crees, Bexley.

—¿Tú y papá no os turnabais así?

—Al principio no. Tardamos años en aprender esa lección, y todavía la seguimos practicando, la verdad. Vosotros dos parecéis haberla aprendido mucho más rápido.

Bex sonrió, secándose las manos en el delantal antes de abrazar a su madre con un cariño que no expresaba tan a menudo como debería.

—Gracias por venir, mamá. Y por traer el mantel, aunque protestara al principio.

—De nada, cariño. Ahora vuelve ahí fuera antes de que tu padre y Walt decidan plantar un huerto entero en tu jardín trasero sin preguntarte.