Capítulo 16 #2
Bex se rió, colgó el teléfono, y apoyó la cabeza contra la ventanilla del coche, viendo pasar las calles familiares de Austin bajo las luces de la noche, con la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que la vida les tuviera preparado a partir de ahora, lo iban a enfrentar exactamente donde querían estar: juntos, en la ciudad que ambos habían elegido, sin ningún arrepentimiento pesando sobre la decisión.
• • •
El lunes siguiente, Bex se presentó en el despacho de Marguerite a primera hora, todavía con el jet lag emocional del fin de semana, pero decidida a contarle la noticia en persona antes de que se enterara por cualquier otra vía.
—Marguerite, tengo que contarte algo sobre la entrevista.
Marguerite dejó su taza de café sobre la mesa, con la misma expresión recta de siempre, aunque Bex creyó detectar una tensión contenida detrás de sus ojos.
—Te escucho.
—Rechacé el puesto. Formalmente, el viernes por la tarde, antes de volar de vuelta.
El alivio que cruzó la cara de Marguerite fue tan evidente que Bex no pudo evitar sonreír, a pesar de la seriedad habitual de su directora.
—Bexley, no voy a fingir que esto no me alegra enormemente, aunque también quiero preguntarte: ¿estás seguro de que es lo que quieres, y no una decisión tomada bajo la presión del momento?
—Estoy segura, Marguerite. Lo pensé con calma, hablé con Zane, hablé conmigo misma durante horas. No es un impulso. Es una elección meditada.
—Entonces me alegro muchísimo, y quiero que sepas que este instituto es mejor gracias a ti, y que espero seguir contando contigo durante muchos años más.
—Gracias, Marguerite. Por confiar en mí desde el principio, incluso cuando yo misma dudaba.
Marguerite se levantó de su silla, un gesto poco habitual en ella durante una conversación de trabajo, y le tendió la mano con una calidez que Bex no había visto nunca en su directora en un contexto tan formal.
—Bienvenida de vuelta, doctora Hargrove. Ahora, si me disculpas, tengo que empezar a pensar en cómo vamos a celebrar esto con el resto del equipo, porque conociendo a Georgia, ya debe de estar planeando algo excesivo.
Marguerite no se equivocaba. Para cuando Bex salió del despacho, Georgia ya había organizado, con una rapidez que solo ella era capaz de desplegar, una comida especial en el almacén para esa misma tarde, con globos comprados a toda prisa en la tienda de la esquina y un cartel improvisado que decía "Bienvenida a casa, Bex (y gracias por no dejarnos)".
—Esto es un poco excesivo —dijo Bex, entrando al almacén y encontrando al equipo entero reunido alrededor de una mesa cargada de comida para llevar de varios restaurantes distintos.
—Nada es excesivo cuando se trata de celebrar que no perdemos a nuestra mejor científica —respondió Georgia, tendiéndole un plato—. Además, necesitaba una excusa para pedir comida tailandesa, y esta me pareció perfecta.
Dutch levantó su vaso de refresco hacia ella, con la misma parquedad de siempre pero con una calidez evidente detrás de las pocas palabras.
—Me alegro de que te quedes, Bex. El equipo no sería lo mismo sin ti.
—Gracias, Dutch. A todos. De verdad.
Los dos investigadores jóvenes, que ya llevaban suficiente tiempo en el equipo como para entender el peso completo de la decisión que Bex acababa de tomar, se acercaron también a felicitarla, con una mezcla de alivio genuino y curiosidad sobre los detalles de la entrevista que Bex compartió con gusto durante el resto de la comida, describiendo el auditorio de Norman, la pregunta incómoda de la directora del panel, y la certeza final que la había llevado a rechazar el puesto.
—¿Y no te arrepientes ni un poco? —preguntó uno de los investigadores, genuinamente curioso.
—Ni un poco. Aunque supongo que preguntádmelo dentro de diez años, por si acaso.
El grupo se rió, y la celebración se extendió hasta bien entrada la tarde, con anécdotas compartidas, planes para la próxima temporada de campo, y la sensación general de que el equipo, después de un susto real de perder a una de sus piezas fundamentales, salía de aquella experiencia todavía más unido de lo que ya estaba.
• • •
Esa noche, ya en casa, Bex llamó a sus padres para contarles la decisión final, consciente de que Diane llevaba todo el fin de semana esperando la noticia con una impaciencia que solo había conseguido contener a base de mensajes de texto cada pocas horas.
—¿Y bien? —preguntó Diane, en cuanto respondió la llamada, sin ni siquiera saludar—. No me tengas en suspense, Bexley.
—Rechacé el puesto, mamá. Me quedo en Austin.
Hubo un silencio breve, y Bex se preparó para una reacción de decepción que, para su sorpresa, nunca llegó.
—Estoy orgullosa de ti, cariño. De verdad.
—¿No estás decepcionada? Era el puesto de mis sueños.
—Bexley, tus sueños cambian con el tiempo, como los de cualquier persona sensata.
El sueño que tenías a los veinticinco años no tiene por qué ser el mismo que tienes ahora, y no hay nada de malo en eso.
Lo que me importa es que hayas tomado la decisión pensando en lo que de verdad quieres, no en lo que crees que deberías querer.
Arthur, que escuchaba desde el fondo, se acercó al teléfono con su comentario característico.
—Además, así seguimos teniendo una excusa para visitarte en Austin en lugar de tener que aprender a pronunciar bien "Oklahoma" cada vez que alguien nos pregunte dónde vive nuestra hija.
Bex se rió, agradecida por la ligereza de su padre en un momento que, sin saberlo, había estado temiendo un poco más de lo que quería admitir.
—Gracias por apoyarme, los dos. Significa mucho.
—Siempre, cariño. Ahora cuéntanos: ¿cómo se lo tomó Zane?
—Estuvo a mi lado en cada paso de la decisión. No podría haber pedido un mejor compañero para algo así.
—Me alegro muchísimo de escuchar eso —dijo Diane, con una calidez genuina—. Ese chico parece saber exactamente cómo quererte de la manera que necesitas, y eso, Bexley, no es poca cosa.
Colgaron poco después, con la promesa habitual de hablar pronto, y Bex se quedó un momento más sentada en el sofá, sintiendo que la decisión, ya confirmada ante todas las personas importantes de su vida, se asentaba definitivamente en su pecho con la certeza tranquila de algo bien hecho.
Zane se sentó a su lado, con dos tazas de té recién hecho, y le pasó una antes de acomodarse con las piernas cruzadas sobre el sofá.
—¿Cómo te sientes, ahora que se lo has contado a todo el mundo?
—Ligera. Como si hubiera estado cargando un peso que ni siquiera sabía que llevaba encima, y ahora, por fin, pudiera respirar con normalidad.
—Me alegro. Aunque quiero preguntarte algo, y quiero que me respondas con total honestidad, sin intentar protegerme de nada.
—Adelante.
—¿En algún momento, aunque sea un segundo, sentiste que estabas eligiendo entre tu carrera y yo? Porque si es así, necesito saberlo, para poder trabajar en ello, no para sentirme culpable sin remedio.
Bex se quedó pensando la pregunta con la seriedad que merecía, dándole vueltas antes de responder con la misma honestidad que él le había pedido.
—Hubo un momento, la noche que discutimos en el hotel, en que sentí el peso de la decisión como una elección binaria, sí.
Pero cuando por fin me permití pensar con claridad, sin el miedo inmediato de la conversación tensa, me di cuenta de que no estaba eligiendo entre tú y mi carrera.
Estaba eligiendo qué tipo de carrera quería tener, y esa carrera, la que de verdad me llena, incluye trabajo de campo, incluye este instituto, y sí, te incluye a ti, pero no porque fueras la variable decisiva, sino porque formas parte del conjunto completo de cosas que hacen que mi vida tenga sentido.
—Eso es un alivio enorme escuchar.
—¿Tenías miedo de haber sido la razón?
—Un poco, sí. No quiero ser nunca el motivo por el que renuncies a algo que de verdad querías, aunque entiendo, con lo que me acabas de explicar, que no fue así en este caso.
Bex se acurrucó contra él en el sofá, con la taza de té calentándole las manos, y se quedaron así un rato, en silencio cómodo, disfrutando de la simple certeza de estar exactamente donde ambos querían estar, sin ninguna duda pendiente ensombreciendo el momento.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —dijo Bex, después de un rato—.
Que ya no siento que tenga que demostrarle nada a nadie.
Ni a Ashworth, ni a mi madre, ni siquiera a la versión de mí misma de hace ocho años que soñaba con este puesto exacto.
Solo tengo que construir la vida que de verdad quiero, un día a la vez.
—Eso suena a la definición perfecta de madurez.
—Me esfuerzo, de vez en cuando.
Zane se rió, reconociendo la frase que ella le había robado meses atrás, y la besó suavemente en la frente, dejando que el resto de la noche transcurriera con la tranquilidad merecida después de un fin de semana cargado de decisiones importantes, ambos agradecidos de haber llegado, juntos, exactamente al lugar donde querían estar.
• • •