Capítulo 16
La entrevista se extendió durante toda la mañana, con un panel de cinco investigadores séniors que sometieron a Bex a un escrutinio riguroso sobre metodología, visión de futuro para el programa y capacidad de liderazgo, preguntas que respondió con la misma precisión que había demostrado ante Ashworth meses atrás.
—Doctora Hargrove, ¿cómo abordaría la integración de las distintas líneas de investigación que actualmente operan de manera independiente dentro del programa? —preguntó uno de los investigadores, un hombre mayor con gafas gruesas que Bex reconoció de varias publicaciones influyentes en el campo.
—Empezaría por auditar la compatibilidad de los formatos de datos entre los distintos equipos, algo que en mi experiencia suele ser el primer obstáculo real para cualquier integración exitosa.
Después, propondría un protocolo común de metadatos que permita que los modelos de predicción a corto plazo se alimenten directamente de los datos de instrumentación de campo, en lugar de depender de conversiones manuales que introducen retrasos y errores.
—¿Y cómo gestionaría la resistencia de investigadores séniors acostumbrados a trabajar de manera independiente durante décadas?
—Con paciencia, y demostrando resultados concretos antes de exigir cambios estructurales. He aprendido, en mi propio instituto, que la mejor manera de conseguir colaboración genuina es mostrar beneficios tangibles, no imponer procesos desde arriba.
La directora del panel, una mujer de expresión seria que había permanecido mayormente en silencio durante la primera hora, intervino con una pregunta que Bex no había anticipado.
—¿Qué la hace pensar que está preparada para dejar el trabajo de campo, doctora Hargrove? Su historial sugiere una pasión genuina por la investigación directa sobre el terreno, no solo por la gestión de programas desde un despacho.
Bex se quedó pensando la respuesta un momento, consciente de que la pregunta tocaba algo mucho más profundo que cualquier cuestión puramente técnica.
—No estoy segura de que esté completamente preparada, si le soy honesta. Es una de las preguntas que todavía estoy resolviendo, y agradezco que me la haya planteado con tanta franqueza.
Fue, en términos puramente profesionales, la mejor entrevista de su vida, y salió del edificio a mediodía con la certeza clara de que, si quería el puesto, era prácticamente suyo, aunque la pregunta de la directora del panel se había quedado resonando en su cabeza con una persistencia que no esperaba.
Fue durante la comida con la directora del laboratorio, una mujer llamada Patrice Odell de trato cordial pero directo, cuando la conversación tomó un giro que Bex no había anticipado del todo.
—El puesto requiere residencia en Norman, doctora Hargrove. No ofrecemos trabajo remoto ni siquiera parcial para la dirección del programa; la naturaleza del cargo exige presencia constante en las instalaciones.
—Entiendo.
—Sé que tiene una vida establecida en Austin. Solo quiero ser transparente sobre las condiciones antes de que avancemos más en el proceso.
Bex agradeció la honestidad, aunque sintió que la noticia le caía en el estómago con un peso concreto, la confirmación de algo que ya sospechaba pero que había estado evitando enfrentar del todo: no había término medio posible, ninguna manera de tener las dos cosas a la vez.
Esa noche, de vuelta en el hotel, se lo contó a Zane mientras cenaban comida para llevar sobre la cama, y la conversación, que había empezado con calma, fue derivando hacia una tensión que ninguno de los dos había anticipado.
—No hay opción remota —dijo Bex—. Es residencia completa en Norman o nada.
—¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé, Zane, por eso te lo estoy contando.
—Vale. Perdona. Es que... llevamos todo el día caminando por esta ciudad, hablando de nuestra historia, y ahora me dices que la decisión es literalmente blanco o negro, y no sé cómo ayudarte a decidir algo así.
—No te estoy pidiendo que decidas por mí.
—Lo sé. Pero también sé que si te digo lo que de verdad pienso, va a sonar a que estoy intentando influirte, y si no te lo digo, vas a pensar que no me importa lo suficiente como para tener una opinión.
Bex dejó los palillos sobre la caja de comida, sintiendo que la frustración de la tarde encontraba, por fin, un sitio donde salir.
—Entonces dime lo que piensas. Prefiero eso a que sigas midiendo cada palabra como si yo fuera de cristal.
—Pienso que este puesto es exactamente lo que llevas soñando desde el doctorado, y que si lo rechazas por mí, en algún momento, dentro de cinco o diez años, vas a preguntarte qué habría pasado si lo hubieras aceptado, y esa pregunta se va a interponer entre nosotros de una manera que ninguno de los dos va a poder controlar del todo.
—¿Y si acepto el puesto? ¿Qué pasa entonces con nosotros?
—No lo sé, Bex. Esa es la parte que me aterra. No sé cómo hacer que una relación funcione entre Austin y Norman, con la temporada de campo exigiendo mi presencia en Texas la mitad del año. No tengo una respuesta bonita para eso.
Se quedaron los dos en silencio, con la comida enfriándose sobre la cama del hotel y una distancia que no tenía nada que ver con la geografía instalándose entre ellos por primera vez desde que habían empezado a construir algo real juntos.
Fue Bex quien rompió el silencio, con una claridad que le sorprendió a ella misma más que a él.
—Zane, mírame.
—Te estoy mirando.
—No quiero el puesto.
—Bex, no tienes que decidir eso ahora, con miedo, solo porque la conversación se ha puesto tensa.
—No es por miedo. Llevo todo el día pensándolo, incluso antes de la comida con Patrice.
El puesto es prestigioso, es exactamente el tipo de trabajo que soñaba de estudiante, pero cuando me imagino aquí, en Norman, dirigiendo un programa entero desde un despacho, lejos del campo, lejos de ti, lejos de Georgia y Dutch y del instituto que hemos construido juntos estos últimos meses, no siento ilusión.
Siento pérdida. Y eso me dice todo lo que necesito saber.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. Y no es un sacrificio, Zane, para que conste, así que no me digas que no quieres que renuncie a nada por ti.
Es una elección, exactamente igual que la tuya con Oklahoma.
Elijo Austin. Elijo el instituto. Y sobre todo, te elijo a ti, no porque tenga que hacerlo, sino porque es lo que de verdad quiero.
Zane cruzó la distancia que se había abierto entre los dos sobre la cama del hotel, apartando las cajas de comida a un lado sin ningún cuidado, y la besó con una intensidad que llevaba toda la tarde conteniendo, aliviado y agradecido a partes iguales.
—Voy a pasarme el resto de la vida asegurándome de que no te arrepientas de esto.
—Lo sé. Y yo voy a pasarme el resto de la vida recordándote que fue mi elección, no la tuya, cada vez que se te olvide.
Pasaron el día siguiente, antes del vuelo de vuelta, paseando sin prisa por Norman, esta vez sin la tensión de la entrevista pendiente, disfrutando de la ciudad con la ligereza de quienes ya han tomado una decisión y solo les queda disfrutar del tiempo restante.
Comieron en un pequeño restaurante mexicano que Zane recordaba de sus años de doctorado, y Bex llamó a Patrice Odell por la tarde para comunicarle formalmente su decisión de no continuar con el proceso.
—Lo entiendo perfectamente, doctora Hargrove —le dijo Patrice, con una amabilidad genuina que Bex agradeció—. Y quiero que sepa que fue, con diferencia, la mejor candidata que hemos entrevistado en años. Si alguna vez las circunstancias cambian, no dude en volver a presentarse.
—Se lo agradezco de verdad, Patrice.
—Una última cosa, si me permite el atrevimiento: la pregunta que le hice ayer, sobre si estaba preparada para dejar el trabajo de campo. Por su decisión de hoy, sospecho que ya tiene la respuesta.
—Creo que sí. Todavía no estoy preparada para eso, y no creo que vaya a estarlo en mucho tiempo.
—Entonces ha tomado la decisión correcta. Buena suerte, doctora Hargrove.
Colgó el teléfono con una sensación de cierre definitivo que no había esperado sentir con tanta claridad, y se giró hacia Zane, que la esperaba sentado en el borde de la cama del hotel con una expresión expectante.
—¿Cómo ha ido?
—Bien. Mejor de lo que esperaba, la verdad. Ha sido muy amable al respecto.
—¿Alguna duda de última hora?
—Ninguna. Solo la certeza de que hemos tomado la decisión correcta, y de que estoy lista para volver a casa.
Volaron de vuelta a Austin dos días después, con la entrevista formalmente declinada y una sensación de ligereza que ninguno de los dos había sentido desde que había llegado el correo del laboratorio, y cuando el avión aterrizó, con las luces de la ciudad extendiéndose bajo ellos en la oscuridad de la noche, Bex sintió, con una certeza que no necesitaba de ningún modelo para confirmarse, que estaba exactamente donde quería estar.
• • •
Llamó a Georgia desde el coche, de camino a casa desde el aeropuerto, con Zane conduciendo y una sonrisa que no se le había borrado de la cara desde que había salido del hotel esa mañana.
—¿Y bien? —preguntó Georgia, sin ni siquiera saludar, directa al grano como siempre—. ¿Nos vas a dejar?
—No. Me quedo.
Hubo un grito ahogado de alivio al otro lado de la línea, tan sincero que Bex tuvo que apartarse un poco el teléfono de la oreja, y una risa que reconoció como propia de Georgia cuando algo la emocionaba de verdad.
—Bex, no sabes el alivio que es escuchar eso. Aunque, para que conste, si hubieras aceptado el puesto, te habría apoyado igual, aunque me hubiera pasado semanas llorando en la sala de control.
—Lo sé. Y te lo agradezco, aunque no haya hecho falta ponerlo a prueba.
—¿Cómo se lo ha tomado Marguerite?
—Todavía no se lo he contado. Sois las primeras personas en saberlo, aparte de Zane, obviamente.
—Entonces prepárate, porque en cuanto cuelgues conmigo voy a estar todo el fin de semana intentando no llamarte para preguntarte los detalles, cosa que probablemente no voy a conseguir.