Capítulo 15
El aeropuerto de Norman parecía más pequeño de lo que Bex recordaba, aunque sospechaba que la memoria le jugaba trucos con cualquier cosa relacionada con aquella ciudad.
Zane cargó las maletas sin dejar de mirar por la ventanilla del taxi, con una expresión pensativa que Bex reconoció como la misma que ponía frente a un radar difícil de interpretar.
—¿Estás bien? —le preguntó, apoyando una mano sobre la suya en el asiento trasero.
—Llevo seis años sin volver. La última vez que estuve aquí fue para recoger las últimas cajas de mi antiguo despacho, después de la ruptura con Odessa.
—Podemos alojarnos en otro lado, si prefieres no acercarte al campus más de lo necesario.
—No. Está bien. Es solo raro, volver contigo a la misma ciudad donde todo empezó, en circunstancias tan distintas.
El hotel que había reservado el laboratorio quedaba a pocas manzanas del campus, y esa tarde, con la entrevista programada para el día siguiente, decidieron caminar hasta el edificio donde se había celebrado la conferencia de hacía seis años, guiados más por una curiosidad compartida que por ningún plan concreto.
El auditorio seguía prácticamente igual, con las mismas butacas de terciopelo azul desgastado y el mismo olor a moqueta antigua que Bex recordaba con una claridad sorprendente.
—Ahí —dijo Zane, señalando un punto cerca de la puerta lateral—. Ahí estaba tu póster. Me pasé veinte minutos enteros haciéndote preguntas solo para tener una excusa de seguir hablando contigo.
—Lo sabía. Nadie hace tantas preguntas de verdad sobre asimilación de datos de doble polarización a menos que esté buscando otra cosa.
—Culpable.
Se sentaron juntos en las butacas vacías, con el auditorio en penumbra y el eco de sus propias voces devolviéndoles algo parecido a la nostalgia, y Bex sintió que aquel viaje, más allá de la entrevista, más allá de cualquier decisión sobre su carrera, tenía también algo de reconciliación con un lugar que llevaba años asociando únicamente con el dolor de una mañana sin nota que valiera nada.
—¿Te arrepientes de algo de aquella noche? —preguntó Zane, con una vulnerabilidad poco habitual en su voz.
—Me arrepiento de la mañana siguiente, no de la noche. La noche fue perfecta.
—Estoy de acuerdo.
—¿Y tú?
—Me arrepiento de cada uno de los seis años que tardé en volver a encontrarte, aunque supongo que si no hubiera sido así, no habríamos llegado a esto de la misma manera.
A veces pienso que necesitábamos ese tiempo, por muy doloroso que fuera, para llegar aquí siendo las personas que somos ahora, no las que éramos entonces.
Bex apoyó la cabeza en su hombro, en el mismo auditorio donde todo había empezado, y pensó que había algo profundamente correcto en cerrar ese círculo juntos, sin importar lo que decidiera al día siguiente sobre el puesto.
Salieron del auditorio cuando ya empezaba a caer la tarde, y decidieron caminar sin rumbo fijo por el campus, deteniéndose en una cafetería pequeña cerca de la facultad de meteorología que, según recordaba Zane, seguía siendo el lugar favorito de los estudiantes de posgrado para procesar malas noticias sobre experimentos fallidos.
—¿Cambió mucho el campus? —preguntó Bex, mientras esperaban a que les sirvieran té helado en una mesa junto a la ventana.
—Menos de lo que esperaba. Han construido un edificio nuevo para el departamento de ciencias atmosféricas, pero el resto sigue prácticamente igual. Hasta la cafetería tiene el mismo mostrador desgastado de hace ocho años.
—Es raro, ¿no? Que los lugares cambien tan poco mientras las personas cambiamos tanto.
—Muy raro. Aunque también reconfortante, en cierto modo. Como si hubiera partes del mundo que se quedan quietas esperando a que volvamos a encontrarlas cuando estemos listos.
Bex sonrió, dándole vueltas a la mesa entre los dedos, observando a los estudiantes que entraban y salían de la cafetería con la misma urgencia agotada que ella recordaba de sus propios años de doctorado, cargando portátiles y termos de café, discutiendo sobre datos de radar con la pasión particular de quienes todavía no habían aprendido del todo a separar el trabajo de la identidad personal.
—¿Crees que si hubiéramos vuelto a vernos entonces, poco después de Norman, habría funcionado? —preguntó Bex, genuinamente curiosa por la respuesta.
Zane se quedó pensando la pregunta con seriedad, removiendo el hielo de su vaso antes de responder.
—No lo creo, la verdad. Yo todavía estaba procesando la ruptura con mi relación anterior, y tú acababas de empezar el postdoc, con toda la inseguridad profesional que eso conllevaba. Creo que habríamos terminado haciéndonos daño de una manera distinta, quizás más lenta pero igual de dolorosa.
—Es una perspectiva bastante madura para alguien que hace ocho años huyó dejando una nota escrita con pintalabios.
—He tenido tiempo para reflexionar sobre mis errores. Es una de las ventajas de los seis años de distancia forzada.
Terminaron el té helado charlando sobre temas más ligeros, riéndose de anécdotas compartidas de conferencias pasadas, y cuando finalmente volvieron al hotel, con el atardecer tiñendo de naranja las calles tranquilas de Norman, Bex sintió que aquel día, más allá de la entrevista pendiente, le había regalado algo que no esperaba: la oportunidad de hacer las paces, de una vez por todas, con una ciudad que durante años solo había sido sinónimo de dolor.
Esa noche, Patrice Odell los invitó a cenar informalmente, una cortesía habitual del laboratorio hacia los candidatos que viajaban desde lejos, y Bex se encontró, para su sorpresa, disfrutando genuinamente de la conversación con la directora, cuya franqueza directa le recordaba, de alguna manera, a la de su propia madre.
—Mañana va a ser un día largo —advirtió Patrice, mientras compartían un aperitivo en el restaurante del hotel—. El panel puede resultar intimidante, pero le aseguro que todos están genuinamente interesados en conocer su visión, no en ponerla a prueba de manera hostil.
—Se lo agradezco. Aunque después de años enfrentando comités de evaluación, creo que ya he desarrollado cierta resistencia a la intimidación.
—Eso he oído, de hecho. Su historia con el doctor Ashworth es bastante conocida en ciertos círculos.
Bex sintió que se le tensaba levemente el estómago ante la mención inesperada, aunque el tono de Patrice no sugería nada malicioso, solo una curiosidad profesional genuina.
—Fue una experiencia difícil que terminó teniendo un final mejor de lo que esperaba.
—Esas son las mejores historias, en mi experiencia. Las que empiezan mal y terminan enseñándonos algo valioso sobre nosotros mismos.
Zane, que había permanecido mayormente en silencio observando la conversación, intervino con una sonrisa cómplice.
—Bex tiene la costumbre de convertir cada obstáculo en una lección aprendida. Es una de las cosas que más admiro de ella.
—Qué afortunada es usted, doctora Hargrove, de tener a alguien que la apoye de esa manera durante un proceso tan importante.
Bex no supo bien cómo responder a eso, así que se limitó a sonreír y cambiar de tema hacia aspectos más técnicos del programa que dirigiría si aceptaba el puesto, aunque las palabras de Patrice se quedaron resonando en su cabeza durante el resto de la cena, un recordatorio silencioso de lo mucho que había cambiado su vida en el último año y medio.
• • •
Esa noche, en la habitación del hotel, Bex no consiguió dormir con facilidad, repasando mentalmente las posibles preguntas del panel y sintiendo, debajo de los nervios profesionales habituales, una inquietud más difícil de nombrar.
Zane la encontró despierta pasada la medianoche, sentada en el borde de la cama con la tableta iluminada, revisando por tercera vez su presentación.
—Deberías dormir.
—No puedo. Sigo pensando en todo lo que podría salir mal mañana.
Zane se sentó a su lado, apartándole con suavidad la tableta de las manos y dejándola sobre la mesilla.
—Vas a estar magnífica. Llevas quince años preparándote para esta entrevista sin saberlo, cada publicación, cada temporada de campo, cada noche sin dormir revisando modelos. Nada de eso desaparece porque estés nerviosa esta noche.
—¿Y si me ofrecen el puesto?
—Entonces tendrás una decisión difícil que tomar, y la tomaremos juntos, sea cual sea. Pero esta noche, lo único que tienes que hacer es descansar lo suficiente para entrar ahí mañana siendo tú misma.
Bex se dejó abrazar, con la cabeza apoyada contra su pecho y el ritmo constante de su corazón calmándole los nervios de una manera que ningún repaso de preguntas conseguía, y poco a poco, entre la oscuridad de la habitación de hotel y el peso tranquilizador de su brazo alrededor de ella, encontró el sueño que llevaba horas esquivándola.