Capítulo 14 #2
Bex se quedó pensando la respuesta durante el resto del pasillo, sin encontrarla del todo, consciente de que esa era, probablemente, la pregunta que de verdad tendría que responder antes de subirse a ningún avión hacia Oklahoma.
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Las tres semanas previas a la entrevista transcurrieron con una mezcla de normalidad aparente y tensión subterránea que Bex sentía en cada aspecto de su rutina diaria.
Siguió trabajando en el instituto con la misma dedicación de siempre, revisando datos, coordinando despliegues menores de fin de temporada, pero cada noche, al llegar a casa, se encontraba a sí misma investigando detalles sobre el Laboratorio Nacional de Tormentas Severas, sobre el equipo que dirigiría, sobre la ciudad de Norman en sí misma, como si acumular información pudiera, de alguna manera, facilitar una decisión que sabía que no dependía únicamente de datos.
Zane, por su parte, se mostró atento pero cuidadoso de no presionarla en ninguna dirección, limitándose a preguntar de vez en cuando cómo se sentía, sin insistir más de lo que Bex parecía dispuesta a compartir en cada momento.
—¿Has pensado en qué preguntarles durante la entrevista? —le preguntó, una noche, mientras cenaban—. No sobre el puesto en sí, sino sobre cómo sería la vida real allí. Las cosas que no vienen en la descripción oficial del trabajo.
—Tengo una lista, la verdad. Sobre el ritmo de publicación esperado, sobre la composición del equipo, sobre si hay flexibilidad en los horarios de campo.
—Deberías preguntar también sobre la comunidad científica local. Sobre si hay margen para colaboraciones externas, como la que tuvimos con Odessa. Eso podría ser relevante si alguna vez quisieras mantener vínculos con el instituto de Austin.
Bex levantó la vista, sorprendida de que Zane ya estuviera pensando en posibles puentes entre las dos vidas, en lugar de tratar la decisión como un todo-o-nada.
—¿Estás pensando en cómo hacer que funcione si acepto?
—Llevo semanas pensando en ello, aunque no quería agobiarte con mis propias cavilaciones mientras tú procesas las tuyas. Pero sí, he estado dándole vueltas a cómo podría ser una relación entre dos ciudades, aunque no sea la opción ideal para ninguno de los dos.
—¿Y qué has concluido?
—Que sería difícil, pero no imposible. Que existen vuelos directos entre Austin y Oklahoma City, a menos de una hora de Norman.
Que la temporada de campo más intensa coincide, afortunadamente, con los meses en que cualquier programa de investigación tendría menos actividad de oficina.
Que hay gente que ha hecho funcionar relaciones a distancia mucho más complicadas que esta.
Bex sintió que el corazón se le encogía de ternura al escuchar la cantidad de pensamiento que Zane ya había invertido en una posibilidad que, técnicamente, todavía no era más que una entrevista sin confirmar.
—No tienes que resolver esto por mí, Zane.
—No lo estoy resolviendo por ti. Solo quiero que sepas que, decidas lo que decidas, he estado pensando en cómo apoyarte, no en cómo convencerte de que te quedes.
Esa noche, mientras hacía las maletas para el viaje, Bex se sintió, por primera vez desde que había llegado la invitación, genuinamente preparada para afrontar lo que fuera que la entrevista le deparara, sabiendo que, pasara lo que pasara, no iba a enfrentarlo completamente sola.
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El fin de semana antes del viaje, Diane llamó por videollamada, con Arthur asomándose por encima de su hombro como de costumbre, ambos ansiosos por conocer los detalles de la oferta que Bex les había mencionado brevemente por teléfono unos días antes.
—El Laboratorio Nacional de Tormentas Severas —repitió Diane, con un tono que mezclaba el orgullo y la incredulidad—. Bexley, eso es exactamente lo que soñabas cuando empezaste el doctorado. Me acuerdo de que tenías un póster de ese edificio pegado en la pared de tu habitación de estudiante.
—Lo recuerdo, mamá. Por eso es tan complicado.
—¿Por qué es complicado? Es una obviedad, ¿no? Vas, aceptas, y ya está.
—No es tan simple. Zane tiene su vida aquí, el instituto, su padre. Y yo también tengo mi vida aquí ahora.
Arthur, que solía intervenir menos que Diane en las conversaciones, se inclinó hacia la cámara con una expresión pensativa.
—Bexley, ¿puedo decirte algo? Cuando me ofrecieron el puesto en la empresa de ingeniería hace treinta años, el que finalmente definió toda mi carrera, tu madre y yo llevábamos solo dos años casados.
Ella tuvo que dejar un trabajo que le gustaba mucho para mudarnos a Houston.
Nunca me lo ha reprochado, pero sé que fue un sacrificio real de su parte.
—No lo llamaría sacrificio, Arthur —interrumpió Diane, con una sonrisa suave—. Lo llamaría elección. Elegí acompañarte porque quería construir una vida contigo, no porque me sintiera obligada.
—Ese es exactamente el punto, cariño. Fue una elección, no una obligación. Y creo que eso es lo que tienes que descubrir tú también, Bexley: si aceptar este puesto, o rechazarlo, sería una elección genuina tuya, o si estarías tomando la decisión basándote en lo que crees que deberías querer.
Bex se quedó pensando en esas palabras mucho después de que colgaran la llamada, dándose cuenta de que su padre, con su discreción habitual, había puesto el dedo exactamente en la pregunta que llevaba semanas evitando formularse con total honestidad.
Esa noche, mientras Zane dormía a su lado, Bex se quedó despierta un rato más, repasando mentalmente cada conversación de las últimas semanas, cada consejo bienintencionado de Georgia, de Dutch, de Marguerite, de sus propios padres, y llegó a la conclusión de que, por muy valiosos que fueran todos esos consejos, la única manera de encontrar la respuesta verdadera era vivir la experiencia completa: viajar a Norman, sentarse frente al panel de entrevistadores, y descubrir, en tiempo real, qué sentía de verdad al imaginarse dirigiendo ese programa desde dentro, no desde la distancia segura de la especulación.
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La mañana de la partida, Georgia se pasó por el apartamento antes de que Bex y Zane salieran hacia el aeropuerto, con una bolsa de papel que resultó contener, para sorpresa de Bex, un pequeño amuleto de la suerte: una réplica en miniatura de una veleta, comprada, según explicó Georgia con una sonrisa traviesa, en una tienda de curiosidades cerca del instituto.
—Es para que te acuerdes de nosotros mientras estás allí impresionando a un panel entero de científicos serios.
—Georgia, esto es ridículo.
—Es ridículamente entrañable, que es distinto. Y no discutas conmigo, porque me ha costado encontrar una veleta en miniatura en toda la ciudad de Austin.
Bex la abrazó, agradecida por el gesto absurdo y cariñoso a partes iguales, y sintió que se le humedecían los ojos ante la idea de estar a punto de alejarse, aunque fuera temporalmente, de las personas que se habían convertido en su familia elegida durante el último año.
—Pase lo que pase con la entrevista, esto no cambia, ¿verdad? —preguntó, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba delante de Georgia—. Nosotras, el equipo, todo esto.
—Bex, nada de lo que decidas va a cambiar lo que sentimos por ti. Si te vas a Oklahoma, te visitaremos tanto que te vas a hartar de nosotros. Si te quedas, seguiremos exactamente igual que siempre. La única variable en esta ecuación eres tú, decidiendo qué es lo que de verdad quieres para tu vida.
—¿Desde cuándo eres tan sabia sobre variables y ecuaciones?