Capítulo 14
La invitación llegó un miércoles, con el membrete de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica y un texto que Bex leyó tres veces antes de asimilarlo del todo: el Laboratorio Nacional de Tormentas Severas, con sede en Norman, Oklahoma, le ofrecía una entrevista para dirigir su nuevo programa de modelización predictiva, un puesto que llevaba años considerado, entre la comunidad científica, como el más prestigioso de todo el campo.
Se quedó mirando la pantalla durante tanto tiempo que Georgia terminó asomándose a la sala de control para averiguar qué pasaba.
—Bex, llevas quince minutos sin moverte.
—Me han ofrecido una entrevista para el Laboratorio Nacional de Tormentas Severas.
Georgia se acercó con una rapidez que tiró casi el café que llevaba en la mano, leyendo por encima del hombro de Bex con una expresión que pasó de la sorpresa a algo parecido al orgullo genuino.
—Bex, eso es... eso es el puesto con el que llevas soñando desde el doctorado.
—Está en Norman. Oklahoma.
—Lo sé.
—Zane rechazó su plaza fija en Oklahoma por quedarse aquí, conmigo, hace apenas dos meses.
Georgia se sentó despacio en la silla contigua, con la misma cara de quien reconoce el peso irónico de la situación sin necesitar que se lo explicaran.
—Vaya. Eso es... complicado.
—Es la definición misma de complicado.
Bex no le dijo nada a Zane esa noche, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para algo que sentía como una traición incluso antes de haber decidido nada, y pasó los días siguientes dándole vueltas en silencio, revisando la oferta una y otra vez en momentos robados entre tareas.
Georgia, que había prometido no presionarla, se limitó a dejarle espacio, aunque no pudo evitar comentar, un par de días después, mientras revisaban juntas unos datos en la sala de control.
—¿Sigues sin decírselo a Zane?
—Sigo sin saber qué decirle. Cada vez que lo pienso, me siento como si estuviera a punto de deshacer todo lo que él sacrificó por quedarse aquí.
—Bex, él no lo vería como un sacrificio deshecho. Lo vería como una consecuencia lógica de que os queréis lo suficiente como para apoyaros en las decisiones difíciles de cada uno.
—Eso suena muy bien en teoría.
—La teoría suele ser lo único que tenemos antes de comprobar si funciona en la práctica.
Bex sonrió a pesar de la tensión que llevaba días acumulando, agradecida, como tantas otras veces, por la perspectiva sencilla y directa de Georgia, que rara vez se complicaba con matices innecesarios cuando el fondo del asunto era, en realidad, bastante simple.
Esa misma noche, sola en el apartamento mientras Zane terminaba una revisión de equipo en el almacén, Bex se sentó en el sofá con la carta de invitación impresa sobre la mesa baja, releyendo cada línea como si fuera a encontrar, entre las palabras formales de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, alguna pista sobre qué hacer.
Pensó en su director de tesis en Georgetown, en la meta que se había fijado desde el primer año de doctorado de dirigir algún día un programa de ese calibre, en todas las noches sin dormir que había invertido en publicaciones y conferencias con la esperanza silenciosa de que, algún día, una oportunidad como aquella llegara a su bandeja de entrada.
Y pensó también en Zane, en la vida que habían construido juntos en apenas un año, en Dutch y Georgia y Marguerite, en el instituto que sentía tan suyo como cualquier logro académico individual, y se dio cuenta, con una claridad incómoda, de que la decisión no iba a ser tan sencilla como "seguir el sueño de toda una vida", porque los sueños, al parecer, tenían la costumbre irritante de multiplicarse y complicarse con el paso del tiempo.
Fue Zane, que la conocía demasiado bien como para no notar que algo la rondaba, quien finalmente sacó el tema directamente durante la cena del viernes.
—Llevas días con la misma cara que tenías tú cuando me llegó la oferta de Oklahoma. ¿Qué pasa?
Bex dejó el tenedor sobre el plato, consciente de que ya no había manera de posponerlo.
—Me han ofrecido una entrevista para dirigir el programa de modelización del Laboratorio Nacional de Tormentas Severas. En Norman.
El silencio que siguió se extendió más de lo que Bex habría querido, con Zane procesando la noticia con una expresión que ella no supo leer del todo, entre la sorpresa y algo más complicado.
—Es el mejor puesto de todo el campo —dijo él, finalmente.
—Lo es.
—¿Vas a ir a la entrevista?
—No lo sé. No he decidido nada. Por eso no te lo había contado todavía, quería tener claro qué pensaba antes de ponerte en la posición de opinar sobre algo que todavía ni yo misma entendía.
Zane se levantó de la mesa y se acercó a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle sin ver realmente nada, y cuando habló de nuevo, su voz tenía una calma que a Bex le pareció más difícil de sostener de lo que sonaba.
—Tienes que ir.
—Zane.
—No, escúchame. Hace dos meses estuve en tu misma posición, con una oferta que representaba todo lo que había querido durante años, y elegí quedarme porque quería quedarme, no porque tú me lo pidieras.
Ahora es tu turno de decidir lo mismo, con la misma libertad que yo tuve, sin que mi historia con esa ciudad influya en tu decisión.
—Pero tú acabas de instalarte aquí. Tienes el puesto en el instituto, tu padre está cerca, hemos construido toda una vida en esta ciudad en los últimos meses.
—Y si tú decides que quieres esa entrevista, que quieres ese puesto, encontraremos la manera de que funcione, de la forma que sea.
No voy a ser la razón por la que rechaces la oportunidad de tu carrera, de la misma manera que tú no fuiste la razón por la que yo rechacé la mía.
Fue mi elección entonces. Esta es la tuya ahora.
Bex se acercó a él junto a la ventana, sintiendo el peso de la ironía completa de la situación, ambos atrapados en la misma pregunta desde ángulos opuestos, y le rodeó la cintura con los brazos desde atrás, apoyando la frente entre sus omóplatos.
—No sé qué quiero todavía.
—Entonces no lo decidas esta noche. Ve a la entrevista.
Averigua qué se siente, qué te ofrecen realmente, más allá del prestigio del nombre.
Y luego, cuando tengas toda la información, decidimos juntos qué hacemos con ella, como personas adultas que llevan meses practicando exactamente este tipo de conversación.
—¿Vendrías conmigo? A la entrevista, quiero decir. Solo para el viaje.
Zane se giró entre sus brazos, con una sonrisa pequeña pero genuina asomando por primera vez desde que había empezado la conversación.
—Iría contigo a cualquier sitio, Bex. Incluso a Norman, aunque esa ciudad tenga sus propios fantasmas para los dos.
—Sobre todo a Norman. Ahí es donde empezó todo esto.
—Entonces quizás sea justicia poética que sea también donde se decida la siguiente parte.
Se quedaron un rato más junto a la ventana, sin decir nada, simplemente abrazados, y Bex sintió que algo del peso de las últimas semanas empezaba a aliviarse un poco, no porque hubiera resuelto nada todavía, sino porque por fin había compartido la carga con la persona que más le importaba.
—¿Cuándo es la entrevista? —preguntó Zane, finalmente, rompiendo el silencio cómodo.
—Dentro de tres semanas. Tengo que confirmar antes del viernes.
—Entonces tenemos tres semanas para prepararnos los dos. Tú para la entrevista, y yo para acompañarte sin que se me note demasiado lo nervioso que estoy por dentro.
—¿Estás nervioso?
—Aterrado, si te soy sincero. Pero prefiero mil veces estar aterrado a tu lado que fingir tranquilidad mientras tú tomas esta decisión sola.
Bex sonrió contra su pecho, agradecida por esa honestidad tan característica de él, y confirmó su asistencia a la entrevista esa misma noche, con una mezcla de emoción y aprensión que sabía que no iba a desaparecer del todo hasta que tuviera, por fin, toda la información necesaria para tomar una decisión con la que pudiera vivir en paz.
• • •
Marguerite se enteró de la oferta antes incluso de que Bex encontrara el momento de contárselo oficialmente, gracias a una llamada de cortesía que el propio laboratorio de Norman le había hecho como directora del instituto, y la citó en su despacho a primera hora del lunes con la misma expresión recta de siempre, aunque esta vez con algo distinto detrás de los ojos.
—No voy a fingir que la noticia no me preocupa, Bexley. Perder a mi codirectora de proyecto sería un golpe difícil de encajar para el instituto.
—Todavía no he decidido nada, Marguerite. Es solo una entrevista.
—Lo sé. Y también sé que las entrevistas para ese puesto no se ofrecen dos veces en una carrera.
Quiero que sepas que, decidas lo que decidas, este instituto va a apoyarte.
Si te vas, escribiré la mejor carta de recomendación de mi vida.
Y si te quedas, va a ser porque de verdad es lo que quieres, no porque sientas que nos debes algo.
Bex sintió que se le aflojaba un peso que no sabía que llevaba cargando desde que había leído el correo por primera vez, el miedo silencioso a decepcionar a la persona que le había dado su primera oportunidad real en el campo.
—Gracias, Marguerite.
—No me las des todavía. Ve a la entrevista. Luego hablamos.
Salió del despacho con una ligereza nueva, y se cruzó con Georgia en el pasillo, que la esperaba apoyada contra la pared con dos vasos de té helado y una expresión que no necesitaba palabras para transmitir que ya se había enterado de todo, como de costumbre.
—¿Cómo ha ido con Marguerite?
—Mejor de lo que esperaba.
—¿Y con Zane?
—Dice que tengo que ir a la entrevista. Que no quiere ser la razón por la que no lo intente.
Georgia le tendió uno de los vasos, y caminaron juntas hacia la sala de control con la misma familiaridad de siempre, aunque esta vez con una pregunta nueva flotando entre las dos, la clase de pregunta que ninguna cantidad de datos podía responder por adelantado.
—¿Y tú qué quieres, Bex? Olvida a Marguerite, olvida a Zane, olvida el instituto por un segundo. ¿Qué quieres tú?