Capítulo 13
Walt Kestrel llegó a Austin un sábado de octubre, conduciendo él mismo las cuatro horas desde San Antonio en una camioneta que parecía tan vieja como su propio hijo, con una caja de tomates de su huerto en el asiento del copiloto que insistió en llevar como si fuera un regalo de valor incalculable.
—No hacía falta que trajeras tomates, papá.
—Claro que hacía falta. Los tomates de supermercado de esta ciudad no saben a nada, lo llevo diciendo desde que te mudaste aquí.
Era un hombre alto, de la misma complexión que Zane pero con el pelo ya completamente blanco y unas manos curtidas que Bex reconoció enseguida como las de alguien acostumbrado a trabajar la tierra con la misma dedicación con la que antes había volado a través de tormentas.
La abrazó nada más conocerla, un abrazo firme y breve, y la sostuvo un momento por los hombros para mirarla con una atención que a Bex le recordó, de manera extraña, a la de Diane durante su propia visita.
—Así que tú eres la que ha conseguido que este atolondrado siente la cabeza.
—Papá.
—Es un cumplido, Zane, no te pongas nervioso.
Pasaron la tarde en el porche trasero del apartamento, con los tomates ya lavados sobre la mesa y una jarra de té helado que Walt insistió en preparar él mismo, según una receta familiar que incluía, para sorpresa de Bex, una cantidad generosa de menta fresca.
El aire de octubre había empezado a refrescar lo suficiente como para hacer soportable estar al aire libre durante horas, y el porche se llenó pronto del aroma mezclado de la menta, la tierra húmeda del jardín improvisado que Bex había empezado a cultivar en macetas siguiendo el ejemplo de Walt, y el humo lejano de alguna barbacoa vecina.
—Zane me contó que trabajas con modelos de predicción —dijo Walt, sirviendo tres vasos con una precisión casi ceremonial—. Nunca he entendido bien esa parte del trabajo. Yo solo sabía leer el cielo con los ojos, no con ecuaciones.
—Los dos métodos se complementan, en realidad. El ojo entrenado detecta cosas que el modelo tarda en confirmar, y el modelo detecta patrones que el ojo no puede ver a simple vista.
—Eso suena a algo que diría alguien que sabe de lo que habla.
—Treinta años volando le enseñan a un hombre bastante sobre el cielo, señor Kestrel.
—Walt. Señor Kestrel es mi propio padre, que en paz descanse, y llevaba un genio terrible.
La conversación se extendió durante horas, entre historias de vuelo que Walt contaba con el mismo asombro tranquilo que Bex reconocía en Zane cada vez que hablaba de una supercélula bien formada, y preguntas sobre la infancia de Zane que Bex atesoró con el mismo cuidado con el que guardaba cualquier dato importante.
Se enteró de que Zane se había roto un brazo a los nueve años intentando construir una veleta casera, de que su madre, fallecida cuando él tenía veinte años, había sido profesora de música y le había enseñado a tocar la guitarra que todavía guardaba, sin usar casi nunca, en el armario del dormitorio, y de que Walt había estado convencido, durante buena parte de la adolescencia de su hijo, de que acabaría siendo piloto como él, hasta que un profesor de instituto le enseñó las primeras fotografías de un tornado captadas de cerca y algo en Zane cambió de rumbo para siempre.
—¿Y cómo conoció a la madre de Zane? —preguntó Bex, genuinamente curiosa por conocer más de la historia familiar que había empezado a formar parte de su propia vida.
Walt sonrió, con una expresión nostálgica que le suavizó las arrugas alrededor de los ojos.
—En una feria del condado, hace ya casi cuarenta años.
Ella tocaba en una banda pequeña que actuaba los sábados por la tarde, y yo, que acababa de volver de mi primer despliegue militar, me quedé completamente hipnotizado viéndola tocar el violín.
Tardé tres semanas en reunir el valor para hablarle.
—¿Tres semanas?
—Era joven y torpe con estas cosas, como su hijo, aunque él lo disimula mejor que yo en su momento.
—Oye —protestó Zane, sin mucha convicción, desde el otro extremo del porche.
—Es la verdad, hijo. Cuando por fin hablé con ella, lo primero que le dije fue algo sobre el motor de mi camioneta, que ni siquiera tenía ningún problema. Estaba tan nervioso que necesitaba decir algo, cualquier cosa, para no quedarme mudo delante de ella.
—¿Y funcionó? —preguntó Bex, riéndose ante la imagen mental.
—Sorprendentemente, sí. Se rió durante diez minutos seguidos, y en algún momento de esa risa, decidió que merecía la pena darme una oportunidad. Estuvimos casados veintidós años, hasta que el cáncer se la llevó demasiado pronto.
Un silencio respetuoso se instaló en el porche, con Bex sin saber muy bien qué decir ante una pérdida tan profunda, hasta que Walt, con la misma ligereza con la que había empezado la historia, levantó su vaso de té helado hacia ella.
—Por las segundas oportunidades, y por los hijos torpes que encuentran a alguien capaz de quererlos de todas formas.
—Por eso —repitió Bex, brindando con él, mientras Zane, desde su silla, los observaba a los dos con una expresión que mezclaba el cariño y una vulnerabilidad poco habitual en su cara.
—¿Guitarra? —preguntó Bex, esa misma noche, ya en la cama, todavía procesando la cantidad de información nueva que había recibido en una sola tarde—. Nunca me has dicho que tocas la guitarra.
—Toco mal. Muy mal. Por eso no lo menciono.
—Quiero oírte tocar mal.
—Eso no va a pasar.
—Zane.
—Bex, en serio, es humillante. Mi madre intentó enseñarme durante años y lo único que conseguí dominar fueron tres acordes y una versión muy triste de una canción de cuna.
—Ahora tienes que tocarla. Es prácticamente obligatorio después de contarme eso.
Cedió, finalmente, después de una negociación que incluyó promesas de no reírse que Bex no cumplió del todo, sacando la guitarra polvorienta del armario y tocando, con una torpeza genuina que resultaba más entrañable que cualquier interpretación perfecta, una melodía sencilla que Bex reconoció vagamente de alguna nana antigua.
Se rió, tal como había prometido no hacer, pero se rió con tanto cariño que Zane no pareció importarle, dejando la guitarra apoyada contra la pared con cuidado antes de sentarse a su lado en la cama.
—¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto? —dijo, con las manos todavía posadas donde habían estado las cuerdas—. Que no le había tocado esa canción a nadie desde que murió mi madre. Ni siquiera a Odessa, en todos los años que estuvimos juntos.
Bex sintió que el pecho se le apretaba con una ternura que le costó nombrar del todo, consciente del peso real de lo que acababa de compartir con ella.
—¿Por qué a mí?
—Porque contigo no me da miedo hacer las cosas mal. Contigo puedo tocar tres acordes torpes y una nana medio olvidada y sentir que sigue siendo suficiente.
Bex no respondió con palabras. Le quitó la guitarra de las manos con cuidado, la dejó apoyada contra la pared, y lo besó con una lentitud que llevaba todo el día construyéndose sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado del todo, entre la visita de Walt, los tomates del huerto y las historias de infancia que Bex seguía procesando.
Esa noche se movieron el uno hacia el otro con la misma clase de cuidado con el que Zane había tocado la guitarra, torpe en algunos momentos, seguro en otros, y cuando por fin se quedaron dormidos, mucho después de que la casa entera se sumiera en el silencio, la guitarra seguía apoyada contra la pared, testigo silencioso de una noche que ninguno de los dos olvidaría con facilidad.
• • •
A la mañana siguiente, Walt insistió en preparar el desayuno para todos, ocupando la pequeña cocina del apartamento con una eficiencia que sugería décadas de práctica, friendo huevos con tomates de su propio huerto mientras tarareaba algo que Bex reconoció, con una sonrisa, como la misma melodía torpe que Zane había tocado la noche anterior.
—Tu hijo dice que aprendió esa canción de su madre —comentó Bex, sentándose a la mesa con una taza de café recién hecho.
—Su madre se la sabía de memoria. Se la cantaba cada noche cuando Zane era pequeño, hasta que se hizo demasiado mayor para admitir que todavía le gustaba escucharla. Me alegra saber que sigue viva en algún sitio, aunque sea en sus dedos torpes con la guitarra.
—Fue un regalo precioso, que la compartiera conmigo anoche.
Walt se giró desde la cocina, con la espátula todavía en la mano, y la miró con una seriedad que contrastaba con la ligereza habitual de su tono.
—Mi hijo no comparte esa clase de cosas con cualquiera, Bex. Ni con Odessa, según me contó él mismo hace tiempo. Que lo haya hecho contigo me dice todo lo que necesito saber sobre lo que sientes para él.
Zane entró en la cocina en ese momento, todavía adormilado, y se detuvo un instante al captar el final de la conversación, mirando a su padre con una expresión de fingido reproche.
—¿Estás contándole mis secretos antes del café, papá?
—Estoy confirmando lo que ya sabía. Siéntate, el desayuno está casi listo.
Desayunaron los tres juntos en la pequeña mesa de la cocina, con Walt contando más anécdotas de la infancia de Zane que hicieron que Bex se riera hasta que le dolieron las mejillas, y cuando llegó la hora de que Walt volviera a San Antonio, se despidió de Bex con el mismo abrazo firme del día anterior, esta vez acompañado de una promesa susurrada.
—Cuídalo bien. Y déjale que te cuide a ti también. Es lo único que le pido.
—Lo prometo, Walt.