Presión atmosférica Capítulo 12
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Capítulo 12

La tensión se acumuló durante los días siguientes de una manera que Bex no supo nombrar del todo hasta que Georgia se lo señaló directamente, una tarde en la sala de control, mientras revisaban juntas los primeros datos del despliegue conjunto.

—Llevas toda la semana con la mandíbula apretada.

—No es nada.

—Bex, llevo cuatro años reconociendo tu "no es nada", y esto es un "no es nada" de nivel avanzado.

Bex dejó el bolígrafo sobre la mesa y se frotó los ojos, cansada de una manera que no tenía que ver con las horas de trabajo.

—Es Odessa. No hace nada concreto, técnicamente.

Es profesional, es buena en su trabajo, no ha dicho ni una sola palabra fuera de lugar delante de mí.

Pero cada vez que menciona algo de su pasado con Zane, siento que me hago más pequeña, y odio sentir eso, porque se supone que ya superé esta clase de inseguridad hace años.

—No es una inseguridad tonta, Bex. Es alguien con quien Zane estuvo a punto de casarse, trabajando codo con codo con él durante dos semanas. Sería raro que no te afectara nada.

—Zane no ha hecho nada que me dé motivos para desconfiar.

—Lo sé. Y por eso mismo creo que deberías decirle exactamente lo que me acabas de decir a mí, en lugar de guardártelo hasta que se convierta en algo más grande de lo que es.

Bex sabía que Georgia tenía razón, de la misma manera irritante en que Georgia solía tener razón sobre casi todo lo relacionado con sus emociones, aunque encontrar el momento adecuado resultó más difícil de lo esperado en los días siguientes.

Una tarde, mientras el equipo conjunto revisaba datos en el almacén, Bex se encontró a solas con Dutch un momento, ambos esperando a que terminara de cargar un archivo pesado en el ordenador central.

—¿Cómo llevas todo esto? —preguntó Dutch, sin levantar la vista de la pantalla, con la franqueza directa que lo caracterizaba.

—¿Todo esto qué?

—Lo de Odessa. No hace falta ser un genio para notar que llevas días con los hombros tensos cada vez que ella entra en la sala.

Bex se sorprendió de que Dutch, normalmente tan centrado en lo puramente técnico, hubiera notado algo tan personal, y se preguntó cuántas más personas del equipo habrían llegado a la misma conclusión sin decir nada.

—Estoy llevándolo. A mi manera, que probablemente no es la más sana.

—Para lo que valga, y no suelo dar consejos sobre estas cosas: Zane lleva toda la semana comportándose como alguien que quiere que sepas exactamente dónde está su atención en todo momento.

He trabajado con él ocho años. Nunca lo había visto tan pendiente de asegurarse de que otra persona se sintiera cómoda.

—¿Eso es tu forma de decirme que no tengo nada de qué preocuparme?

—Es mi forma de decirte que confíes en lo que ves, no en lo que temes.

Bex se quedó pensando en esas palabras durante el resto de la tarde, sorprendida de que viniera precisamente de Dutch, el miembro del equipo menos dado a las observaciones emocionales, y encontró en ellas un consuelo que no esperaba, un empujón silencioso hacia la conversación que finalmente tendría con Zane esa misma noche.

Fue precisamente esa noche, después de una cena tensa en la que Zane había mencionado, sin mala intención, que Odessa había propuesto extender la colaboración más allá de las dos semanas iniciales, cuando Bex finalmente lo soltó todo de golpe.

—No me gusta cómo te mira.

Zane, que estaba fregando los platos, se detuvo con las manos todavía en el agua.

—¿Qué?

—Odessa. No me gusta cómo te mira, y no me gusta la cantidad de anécdotas de Boulder que menciona cada día, y no me gusta sentirme como si estuviera compitiendo con un fantasma que ni siquiera sabía que existía hasta hace tres semanas.

Zane cerró el grifo y se secó las manos con un trapo, con una expresión que pasó de la sorpresa a algo más suave, más atento.

—Bex, no hay nada entre Odessa y yo. Terminó hace años, y terminó mal, por razones que tienen que ver con ella, no conmigo, razones que no he querido repetir porque no me parecía justo hablar mal de alguien con quien ibas a tener que trabajar.

—¿Qué razones?

—Odessa rompió el compromiso tres semanas antes de la boda porque le ofrecieron el puesto en Colorado y decidió que no había espacio en su vida para las dos cosas a la vez, ni para mí ni para ninguna otra relación que le exigiera compartir el centro de atención.

No te lo cuento para hacerla quedar mal.

Te lo cuento porque quiero que entiendas que lo que tuvimos ya estaba roto mucho antes de que terminara oficialmente, y que no siento ni una fracción de lo que siento por ti.

—Entonces por qué siento que compito con ella cada vez que entra en una sala.

—Porque es difícil no sentirlo, supongo, cuando alguien de mi pasado aparece con anécdotas y una relación de trabajo antigua que tú no compartiste. Pero Bex, mírame: no hay comparación posible. Ninguna.

Bex se apoyó contra la encimera, dejando que el alivio le aflojara los hombros poco a poco, aunque una parte pequeña de la inseguridad seguía ahí, terca, negándose a disolverse del todo con una sola conversación.

—Odessa ha propuesto extender la colaboración.

—Lo sé. Y puedo decirle que dos semanas es lo acordado, que cualquier extensión requeriría una nueva propuesta formal a través de Marguerite, no una decisión improvisada entre nosotros dos.

—¿Harías eso?

—Ya lo he hecho, de hecho. Se lo dije esta tarde, antes de la cena. No sabía cómo sacarlo con naturalidad, así que solo le dije la verdad: que la colaboración es valiosa, pero que cualquier extensión pasa por los canales normales, no por conversaciones de pasillo.

Algo en el pecho de Bex se aflojó del todo al escuchar eso, la certeza de que Zane había estado protegiendo la relación sin que ella tuviera que pedírselo, con la misma discreción tranquila con la que hacía casi todo lo importante.

—Perdona por no habértelo dicho antes. Debería haber confiado en que ya lo tenías controlado.

—No tienes que disculparte por sentir algo real, Bex. Solo prométeme que la próxima vez me lo dices el primer día, no después de una semana entera de mandíbula apretada.

—Trato hecho.

Se abrazaron en la cocina, con los platos todavía a medio fregar y el agua goteando en el fregadero, y Bex pensó que quizás los celos, tan básicos y tan poco científicos, tenían al menos una utilidad: recordarle, con una claridad incómoda, cuánto le importaba de verdad lo que estaba a punto de perder si alguna vez dejaba de cuidarlo.

—Odessa me dijo algo hoy, en el campo —dijo Bex, todavía con la cara apoyada contra su pecho—. Dijo que nunca la miraste como me miras a mí.

—Odessa tiene razón, aunque me sorprende que lo admitiera en voz alta.

—Creo que hemos hecho una especie de tregua.

—Eso es más de lo que yo conseguí en dos semanas enteras.

Bex se rió, y el sonido pareció disolver del todo lo que quedaba de la tensión de los últimos días, dejando solo la cocina, el agua goteando, y las manos de Zane recorriéndole la espalda con una lentitud que no tenía nada que ver ya con la disculpa y todo que ver con otra cosa.

La dejó allí mismo, sentada sobre la encimera todavía húmeda por los platos, besándola con una intensidad que compensaba cada día de la semana en que se habían movido alrededor del otro con demasiado cuidado, demasiada cortesía, demasiado miedo a decir en voz alta lo que de verdad sentían.

Apagaron la luz de la cocina de camino al dormitorio, dejando los platos sin terminar hasta la mañana siguiente, y la casa entera se quedó en silencio, salvo por el goteo constante del grifo, testigo discreto de una reconciliación que no necesitó más palabras después de aquella.

•  •  •

Las dos semanas de colaboración terminaron un viernes, con el equipo de Odessa recogiendo el último de los sensores portátiles y cargando la furgoneta para el largo viaje de vuelta a Colorado.

Bex se sorprendió a sí misma sintiendo algo parecido a la calidez cuando Odessa se acercó a despedirse, con una sonrisa mucho más relajada que la de su primer día.

—Ha sido un placer trabajar contigo, Bex. De verdad.

—Lo mismo digo. Y gracias, otra vez, por la conversación de aquel día en el campo.

—Espero que sepas que la tregua es permanente, por mi parte. Y espero también que la próxima vez que colaboremos, si Marguerite y mi director deciden que vale la pena, sea en unas circunstancias mucho menos incómodas para todos.

—Me parece un buen plan.

Odessa se despidió también de Zane, con un abrazo breve y estrictamente profesional que no dejó ninguna duda en Bex sobre el estado real de las cosas entre ellos, y subió a la furgoneta con su equipo, saludando con la mano mientras se alejaban por la carretera del almacén.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Zane, pasándole un brazo por los hombros mientras observaban la furgoneta desaparecer en la distancia.

—Aliviada. Y un poco avergonzada de haber pasado tanto tiempo preocupada por nada.

—No fue por nada. Fue por algo real, y lo manejaste con la misma honestidad con la que manejas todo lo demás. Eso no es motivo de vergüenza.

—Aun así, prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—La próxima vez que aparezca un fantasma de tu pasado, o del mío, avísame el primer día. Sin excepciones.

—Trato hecho, Hargrove.

Volvieron juntos al almacén, con la sensación ligera de haber superado algo importante, y Bex pensó, mientras revisaban los datos finales de la colaboración esa tarde, que la resolución mejorada que habían conseguido con la red de sensores de Odessa iba a beneficiar al proyecto durante años, un resultado que, contra todo pronóstico, hacía que las dos semanas de tensión hubieran merecido la pena.

•  •  •

Esa noche, Georgia insistió en organizar una cena informal para celebrar tanto el fin de la colaboración como su resultado exitoso, y el pequeño grupo —Bex, Zane, Georgia y Dutch— terminó en la misma cocina de Bex, compartiendo comida para llevar y una botella de vino que Dutch había traído "para la ocasión", según explicó, sin especificar exactamente qué ocasión celebraban.

—Confesad —dijo Georgia, sirviéndose una segunda copa con una sonrisa traviesa—. ¿Cuánto tiempo llevabais los dos con la hoja de cálculo de probabilidades sobre si Bex sobreviviría dos semanas de Odessa Marsh?

—Yo no llevo ninguna hoja de cálculo —protestó Dutch, con una seriedad que no convenció a nadie en la mesa.

—Dutch, te vi actualizándola en tu tablet el martes pasado.

—Eso era un documento de logística de sensores.

—Ya, claro. Un documento de logística con columnas tituladas "probabilidad de tregua" y "probabilidad de drama".

Dutch se sonrojó levemente, algo que Bex no recordaba haberle visto hacer nunca en los años que llevaban trabajando juntos, y todo el grupo estalló en carcajadas, incluido el propio Dutch, que terminó admitiendo, entre risas, que quizás había llevado un seguimiento demasiado detallado de la situación.

Bex se rió, sintiendo que la tensión acumulada de las últimas dos semanas terminaba de disolverse del todo en aquella cocina llena de gente que la quería, y miró a Zane, que la observaba desde el otro lado de la mesa con una expresión tranquila que llevaba días sin poder mostrar con tanta naturalidad.

—Por la fase tres, por las colaboraciones que salen mejor de lo esperado, y por que la próxima ex de alguien que aparezca en este instituto lo haga con menos dramatismo del que hemos tenido que soportar estas dos semanas —brindó Georgia, levantando su copa hacia el centro de la mesa.

—Por eso —repitieron todos, entre risas, y Bex sintió, mientras brindaba junto a las personas que se habían convertido en su familia elegida, que fuera lo que fuera lo que la vida les tuviera preparado a continuación, iban a enfrentarlo exactamente así: juntos, con vino barato, comida para llevar, y la certeza tranquila de que ningún fantasma del pasado, por complicado que fuera, podía competir con lo que habían construido entre todos ellos.

Mucho después de que Georgia y Dutch se marcharan, ya solos en la cocina recogiendo los últimos platos, Zane se detuvo un momento junto a Bex, secándose las manos con un trapo antes de rodearla por la cintura desde atrás.

—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de estas dos semanas? —preguntó, apoyando la barbilla en su hombro.

—¿Qué?

—Verte manejar algo que te asustaba de verdad, con la misma disciplina con la que manejas cualquier otro problema difícil.

Podrías haberte cerrado, haberte puesto celosa de una manera destructiva, haber intentado competir en lugar de simplemente ser tú misma.

Y en cambio, encontraste la manera de convertir la situación más incómoda posible en una colaboración profesional productiva y, contra todo pronóstico, en algo parecido a una amistad con Odessa.

—No fue fácil.

—Lo sé. Por eso me impresiona todavía más.

Bex se giró entre sus brazos, apoyando la frente contra la suya, y sintió que las últimas dos semanas de tensión terminaban de disolverse del todo en aquel gesto simple, reemplazadas por la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara en el futuro, con fantasmas del pasado o sin ellos, tenían la solidez suficiente entre los dos para enfrentar cualquier cosa que la vida decidiera ponerles por delante.