Presión atmosférica Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Hubo un silencio más largo esta vez, y cuando Zane volvió a hablar, su voz había perdido algo de la firmeza habitual, dejando ver una vulnerabilidad que Bex rara vez le había escuchado, ni siquiera en los momentos más difíciles de la temporada.

—Vale. Vale, papá. Gracias.

Colgó el teléfono y se quedó un rato más en el porche, mirando el cielo despejado de la noche, antes de entrar de nuevo en el apartamento y sentarse junto a Bex en el sofá, con una expresión que ella no supo leer del todo.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó, incapaz de contener la curiosidad.

—Me ha dicho que dejó de volar el día que yo nací porque de repente había algo en tierra que le importaba más que cualquier tormenta que pudiera perseguir desde el aire, y que nunca lo consideró un sacrificio, porque un sacrificio es algo que pierdes sin ganar nada a cambio, y él ganó todo lo que le importaba de verdad.

—Zane.

—No he decidido nada todavía. Pero quería que supieras lo que me ha dicho, porque creo que tiene razón, y creo que voy a necesitar unos días más para averiguar qué es exactamente lo que estoy dispuesto a ganar y qué es lo que ya no quiero perder.

Bex apoyó la cabeza en su hombro, sin presionarlo para que dijera nada más, dejando que el peso de la conversación se asentara entre los dos con la misma calma con la que esperaban, cada temporada, a que una célula de tormenta decidiera si iba a organizarse en algo real o a disiparse sin dejar más que un poco de lluvia sobre el asfalto.

•  •  •

Los días siguientes transcurrieron con una tensión contenida que ninguno de los dos nombraba directamente, pero que se filtraba en pequeños gestos: Zane revisando su correo con más frecuencia de la habitual, Bex evitando mencionar cualquier plan a largo plazo que pudiera sonar a presión, ambos moviéndose alrededor del tema con el mismo cuidado con el que se movían alrededor de una célula de tormenta todavía sin clasificar.

Georgia, que había notado la tensión sin que nadie tuviera que explicársela, se acercó a Bex una tarde en la sala de control con la excusa de revisar unos datos que en realidad no necesitaban revisión.

—¿Cómo llevas lo de Oklahoma?

—Llevo intentando no pensar en ello constantemente, lo cual, para que conste, es lo mismo que pensar en ello constantemente pero con un paso extra de negación.

—Muy científico de tu parte.

—Cállate.

Georgia se rió, apoyándose en el borde de la mesa con los brazos cruzados.

—¿Sabes qué creo? Creo que los dos sois tan buenos resolviendo problemas ajenos, tormentas, modelos, protocolos de seguridad, que cuando el problema sois vosotros mismos, no sabéis ni por dónde empezar.

—Eso es sorprendentemente perspicaz para alguien que se pasa el día reservando billetes de avión.

—Contengo multitudes, Bex. No me subestimes.

La conversación no resolvió nada de manera concreta, pero le dio a Bex un momento de ligereza que agradeció profundamente en mitad de la tensión de los días previos, un recordatorio de que, pasara lo que pasara con la decisión de Zane, tenía a su alrededor a personas dispuestas a sostenerla mientras encontraba la manera de afrontarlo.

Dutch, por su parte, abordó el tema de una manera muy distinta, con la franqueza práctica que lo caracterizaba, encontrando a Zane a solas en el almacén mientras revisaba el equipo de la Unidad Uno.

—¿Vas a aceptar Oklahoma? —preguntó, sin ningún preámbulo, mientras le pasaba una llave inglesa.

—Todavía no lo sé.

—Yo creo que ya lo sabes. Solo estás tardando en admitirlo delante de ti mismo.

Zane dejó la llave inglesa a un lado, sorprendido por la franqueza poco habitual de Dutch, que rara vez opinaba sobre asuntos que no fueran estrictamente técnicos.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Llevo ocho años trabajando contigo, Zane.

Te vi rechazar dos ofertas de televisión y una beca de investigación en Europa sin pestañear, porque ninguna de esas cosas te importaba lo suficiente como para complicarte la decisión.

Esta vez llevas tres días sin dormir bien, revisando el correo cada hora.

Eso no es indecisión sobre la oferta. Es indecisión sobre lo que la oferta significaría para todo lo demás.

—Eres más perspicaz de lo que dejas ver, Dutch.

—Prefiero arreglar antenas a arreglar la vida de la gente, pero de vez en cuando hago una excepción.

Zane se rió, agradecido por la claridad brusca de la observación, y se quedó pensando en las palabras de Dutch durante el resto de la tarde, mientras terminaba de revisar el equipo con una atención que no conseguía concentrar del todo en los sensores que tenía delante.

Esa noche, ya en casa, le contó a Bex la conversación con Dutch mientras cenaban en la mesa de la cocina, y ella escuchó con atención, sin interrumpir, hasta que él terminó de relatar cada detalle.

—Dutch tiene razón —admitió Zane, dejando el tenedor a un lado—. No es indecisión sobre la oferta. Es miedo a cómo cambiaría todo lo demás.

—¿Qué es "todo lo demás", exactamente?

—Tú. El instituto. Este equipo que hemos construido juntos. La vida que llevo apenas unos meses empezando a imaginar de una manera distinta a como la imaginaba antes de encontrarte otra vez.

Bex sintió que el corazón le daba un vuelco, la misma sensación de vértigo feliz que llevaba semanas experimentando cada vez que Zane decía algo así con tanta naturalidad, como si la vulnerabilidad ya no le costara el esfuerzo que le habría costado meses atrás.

—No tienes que decidir nada esta noche —dijo, repitiendo las mismas palabras que él le había dicho a ella tantas veces durante los momentos difíciles de la temporada—. Tienes tiempo. Tenemos tiempo.

—Lo sé. Y te agradezco la paciencia, aunque sospecho que no es fácil para ti tampoco, esperar sin saber qué voy a decidir.

—No es fácil. Pero prefiero mil veces esperar a que decidas con calma, que presionarte hacia una respuesta que después te haga resentirme.

Zane se levantó de la mesa, rodeando hasta llegar a su silla, y la abrazó desde atrás con una ternura que Bex sintió en cada centímetro de su cuerpo, un recordatorio silencioso de que, fuera cual fuera la decisión final, el cariño entre los dos no dependía de ningún resultado concreto.

—Gracias por ser tan paciente conmigo.

—Gracias por confiar en que puedo serlo.

Se quedaron así un rato más, en la cocina, con los platos de la cena todavía a medio terminar y la noche extendiéndose tranquila al otro lado de la ventana, y Bex pensó que quizás la mejor prueba de lo que sentía por Zane no estaba en las grandes declaraciones ni en los gestos dramáticos, sino en esa capacidad silenciosa de esperar juntos, sin prisa, a que las respuestas difíciles encontraran su propio momento para llegar.

•  •  •

El fin de semana siguiente, aprovechando que ninguno de los dos tenía despliegue programado, decidieron escaparse a Dripping Springs, al mismo bar de carretera donde todo había empezado meses atrás, con la idea de desconectar un poco de la tensión acumulada por la decisión pendiente.

El lugar seguía prácticamente igual: las mismas luces de colores colgadas entre los postes, la misma banda tocando versiones country de canciones que ninguno de los dos reconocía del todo, el mismo porche de madera donde se habían besado por primera vez.

—¿Sabes qué es curioso? —dijo Bex, sentada en el mismo banco de aquella noche, con una cerveza fría entre las manos—. Hace unos meses, este sitio representaba el principio de algo. Ahora representa que llevamos meses enteros construyendo esa misma cosa, con todos sus altibajos incluidos.

—¿Te arrepientes de algo de este tiempo?

—Ni un segundo. Ni siquiera de las partes difíciles, como esta espera por Oklahoma.

Zane le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola más cerca en el banco, y se quedaron así un rato, escuchando a la banda tocar algo lento mientras el resto de los clientes del bar disfrutaban de su propia noche, ajenos por completo a la decisión que pendía sobre la mesa de los dos.

—¿Puedo decirte algo, sin que suene a presión de ningún tipo? —preguntó Zane, después de un silencio cómodo.

—Claro.

—Este lugar, esta vida, este equipo... todo esto se ha convertido en algo que no sabía que necesitaba hasta que lo tuve.

Y sea cual sea la decisión que tome sobre Oklahoma, quiero que sepas que no es una decisión entre mi carrera y tú.

Es una decisión sobre qué forma exacta quiero que tome mi vida, y tú ya formas parte de esa forma, decida lo que decida sobre el resto.

Bex sintió que los ojos se le humedecían, sorprendida por la claridad emocional de las palabras, y se acurrucó más cerca de él, dejando que la música y la noche cálida de Texas hicieran el resto del trabajo de calmar cualquier ansiedad residual que todavía le quedara sobre el futuro incierto que ambos estaban construyendo juntos, paso a paso, con la misma paciencia meticulosa que aplicaban a cualquier otro proyecto importante de sus vidas.