Capítulo 8
La llamada llegó un martes por la mañana, mientras Zane revisaba el equipo de la Unidad Dos en el almacén y Bex terminaba de procesar los datos de la última salida de campo.
Fue Dutch quien se lo dijo primero a Bex, con la discreción de alguien que sabe que no le corresponde dar la noticia pero que tampoco sabe cómo evitarlo.
—La Universidad de Oklahoma le ha ofrecido una plaza fija a Zane. Profesor titular, laboratorio propio, el paquete completo.
Bex se quedó mirando la pantalla del ordenador sin verla realmente, con las palabras de Dutch resonando de una manera que le costó procesar del todo.
—¿Cuándo se ha enterado?
—Ayer por la tarde. Todavía no se lo ha contado a nadie, creo. Me lo dijo porque estábamos revisando el correo del laboratorio y vio el mensaje entrar.
—¿Por qué no me lo ha contado a mí?
Dutch se encogió de hombros, con la misma falta de opinión sobre asuntos ajenos que lo caracterizaba en todo lo que no fuera equipo técnico, y volvió a su trabajo sin añadir nada más, dejando a Bex con una pregunta que no supo responder sola.
Pasó el resto del día distraída, incapaz de concentrarse del todo en los datos que tenía delante, revisando el mismo párrafo de un informe tres veces sin retener ni una palabra.
Georgia, que se había enterado de la noticia por el rumor habitual del instituto, se acercó a su escritorio a media tarde con dos vasos de limonada y una expresión cautelosa.
—¿Cómo estás?
—No lo sé. Tengo la sensación de estar esperando un veredicto sin saber siquiera de qué juicio se trata.
—¿Ha hablado contigo?
—Todavía no. Se enteró ayer, según Dutch, y todavía no ha encontrado el momento de contármelo.
Georgia se sentó en el borde del escritorio, con la misma solidaridad silenciosa de siempre, y dejó que Bex procesara la noticia sin presionarla a hablar más de lo que quería, limitándose a estar presente, que era, la mayoría de las veces, exactamente lo que Bex necesitaba de ella.
—Sea lo que sea lo que decida, vais a encontrar la manera —dijo Georgia, finalmente, con una convicción que Bex quiso creerse del todo—. Los dos sois demasiado tercos como para dejar que una oferta de trabajo, por buena que sea, os separe sin pelear antes por la alternativa.
—Eso espero.
—Lo sé. Yo también.
La conversación no resolvió la ansiedad de Bex del todo, pero le dio algo con lo que sostenerse durante las horas que le quedaban de jornada laboral, hasta que llegó la noche, cuando Zane llegó a casa con una expresión que confirmaba todo lo que Dutch le había contado.
—Tenemos que hablar de una cosa —dijo él, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada con más cuidado del habitual.
—Lo sé. Me lo ha contado Dutch.
Algo cruzó la cara de Zane, una mezcla de sorpresa y algo parecido a la culpa, y se sentó en el sofá con los codos apoyados en las rodillas, como si necesitara el apoyo físico para lo que venía a continuación.
—Iba a contártelo yo. Todavía estaba decidiendo cómo.
—¿Cómo se cuenta algo así, Zane? "Me han ofrecido la plaza de mis sueños en otro estado" no tiene muchas formas de suavizarse.
—No he dicho que vaya a aceptarla.
—Pero es la plaza de tus sueños. Titular, laboratorio propio, en la universidad donde hiciste el doctorado. Llevas hablando de eso desde que te conozco, aunque fuera en un contexto hipotético.
—Era hipotético hasta ayer.
Bex se sentó al otro extremo del sofá, con la distancia física reflejando algo de la distancia que sentía crecer en el pecho, un miedo antiguo que reconoció enseguida: el mismo miedo que llevaba toda la vida acompañándola, el de que las cosas buenas tuvieran fecha de caducidad incorporada.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé todavía. Por eso quería hablarlo contigo antes de decidir nada, no después.
—¿Y si te digo que quiero que te quedes? ¿Eso influye en tu decisión de una manera que después te va a hacer resentirlo?
—Bex.
—Es una pregunta seria. No quiero ser la razón por la que rechaces la plaza de tus sueños y luego, dentro de cinco años, me mires y pienses en lo que podría haber sido.
Zane se acercó por el sofá, cerrando la distancia que ella misma había puesto, y le tomó una mano entre las suyas con una firmeza que no dejaba espacio para dudas.
—Escúchame. Llevo seis años construyendo una carrera pensando que lo único que importaba era el trabajo, los datos, la siguiente publicación.
Y entonces te encontré otra vez, y por primera vez en mucho tiempo hay algo que me importa tanto como el trabajo, quizás más.
No estoy diciendo que vaya a rechazar la oferta por ti.
Estoy diciendo que no puedo tomar esta decisión sin saber qué queremos los dos, juntos, no solo qué quiero yo para mi carrera.
—¿Y si lo que yo quiero es que te quedes, pero lo que tú necesitas es la plaza?
—Entonces lo hablamos, como personas adultas, y encontramos una solución que no implique que uno de los dos sacrifique todo por el otro. Hay formas de mantener una relación entre dos ciudades. No es lo ideal, pero existen.
—Odio esa idea.
—Yo también la odio. Prefiero mil veces que estemos en el mismo sitio. Pero prefiero eso a que tomes tú la decisión por mí, decidiendo que no te lo cuento porque temes cómo voy a reaccionar.
Bex apretó su mano, sintiendo que el miedo antiguo empezaba a ceder terreno, despacio, ante algo más sólido que llevaba meses construyéndose entre los dos sin que ninguno lo hubiera puesto nunca en esos términos tan claros.
—Tienes una semana para responder a la oferta, ¿verdad? Eso es lo que dicen estas cosas normalmente.
—Dos semanas, de hecho.
—Entonces tenemos dos semanas para averiguarlo juntos. No decidas nada esta noche. No decidas nada mañana. Vamos a pensarlo con la misma cabeza fría con la que analizamos un mesociclón, sin dejar que el miedo tome la decisión por ninguno de los dos.
—¿Cuándo te has vuelto tan sabia?
—Siempre lo he sido. Solo que normalmente lo aplico a las tormentas, no a mi propia vida.
Zane sonrió, la primera sonrisa completa desde que había entrado por la puerta, y la atrajo hacia él en el sofá, dejando que el resto de la noche transcurriera sin más conversación sobre Oklahoma, sobre plazas fijas ni sobre futuros inciertos, solo el peso tranquilo de estar juntos mientras afuera empezaba a caer una lluvia de verano que tamborileaba contra las ventanas del apartamento con un ritmo que a Bex, después de tantos años, todavía le parecía el sonido más relajante del mundo.
Pero incluso mientras se quedaba dormida contra su pecho, sabía que las dos semanas siguientes iban a ser las más difíciles de la temporada, con o sin tormentas de por medio.
• • •
Georgia la encontró al día siguiente en la sala de control, con la mirada perdida en una pantalla que llevaba diez minutos sin actualizarse, y cerró la puerta detrás de ella antes de sentarse en la silla contigua con la seriedad de quien se ha enterado de todo por el rumor habitual del instituto.
—Dutch me lo ha contado.
—Dutch se lo cuenta todo a todo el mundo.
—Dutch es la persona más discreta que conozco, para que lo sepas, pero esto es demasiado grande como para no comentarlo con alguien. ¿Cómo estás?
Bex se frotó los ojos, cansada de una manera que no tenía nada que ver con las horas de sueño.
—No lo sé. Zane dice que quiere decidirlo juntos, que no quiere que sacrifique nada por mí, y yo le digo lo mismo, y entre los dos llevamos siendo tan razonables y tan maduros sobre esto que en algún momento se me va a olvidar tener miedo de verdad.
—¿Y tienes miedo?
—Tengo un miedo horrible. Oklahoma no está tan lejos como para que sea imposible, pero está lo bastante lejos como para que sea difícil, y llevo tres meses acostumbrándome a que esté aquí, en mi cocina, robándome el yogur y dejando sus botas junto a la puerta.
Georgia le puso una mano en el hombro, con la misma firmeza tranquila que había usado tantas veces a lo largo de los años, en congresos malos, en rupturas anteriores, en cada crisis pequeña o grande que Bex había atravesado desde que se conocían.
—¿Sabes lo que creo? Creo que los dos lleváis toda la vida siendo gente que resuelve problemas con datos, y esto no se resuelve con datos. Se resuelve hablando, con miedo incluido, sin fingir que sois más razonables de lo que sois en realidad.
—Eso suena horriblemente parecido a un consejo sensato.
—A veces los doy, aunque me cueste admitirlo. Ahora vuelve a tu ordenador y finge que trabajas, porque tenemos una reunión de presupuesto en veinte minutos y Marguerite no va a aceptar que le digamos que estás en pleno colapso existencial por un chico.
—No es un colapso existencial.
—Es exactamente un colapso existencial, Bex. Uno muy bonito, pero un colapso existencial de todas formas.
• • •
Zane llamó a su padre esa misma noche, sentado en el porche trasero del apartamento con el teléfono apoyado en la oreja y una cerveza que llevaba media hora sin tocar, mientras Bex fingía revisar correos en el salón sin poder evitar escuchar fragmentos de la conversación a través de la puerta entreabierta.
—Sí, papá, la de Oklahoma. Titular, laboratorio propio, todo lo que llevo queriendo desde el doctorado.
Una pausa larga, en la que Bex imaginó al padre de Zane procesando la noticia con la misma calma con la que, según le habían contado, procesaba cualquier cosa.
—No, no lo he aceptado todavía. Por eso te llamo.
Otra pausa, más corta esta vez.
—Se llama Bex. Es la persona con la que trabajo. La persona con la que vivo, en realidad, aunque técnicamente todavía no lo hemos dicho así en voz alta delante de nadie.
Bex sintió que se le encogía el pecho al escuchar aquello, la primera vez que Zane usaba esa palabra —vivir juntos— sin que ella se lo hubiera preguntado directamente, y se quedó muy quieta en el sofá, con el correo electrónico abierto y sin leer delante de ella, escuchando el resto de la conversación con una atención que no intentó disimular.
—No lo sé, papá. Por eso te pregunto a ti. Tú dejaste de volar cuando yo nací, ¿no? ¿Cómo supiste que merecía la pena?