Capítulo 7
Las tres semanas siguientes a la visita de Ashworth transcurrieron con una normalidad que a Bex todavía le costaba creer del todo, como si la vida fuera a cobrarle en algún momento la facilidad con la que todo parecía haber encajado.
La fase tres llegó por escrito a mediados de junio, con un presupuesto que incluía dos plazas nuevas y financiación garantizada hasta el final del año siguiente, y el equipo lo celebró con una barbacoa en el jardín trasero de la casa de Georgia que se alargó hasta la medianoche.
Dutch se encargó de la parrilla con la misma seriedad metódica que aplicaba a cualquier otra tarea, insistiendo en que la temperatura del carbón era "una variable tan crítica como cualquier calibración de radar", mientras los dos investigadores jóvenes montaban un juego de herradura improvisado con estacas clavadas en el césped de Georgia, que protestó, entre risas, que aquello iba a dejarle el jardín "como si hubiera pasado un tornado de verdad por encima".
—Por la fase tres —brindó Marguerite, que se había quedado más tiempo del habitual en una celebración de equipo, con una copa de vino en la mano y una sonrisa poco frecuente en ella—. Por dos años más de financiación, y por el equipo que ha conseguido que esto sea posible.
—Por la fase tres —repitió todo el grupo, entrechocando vasos de plástico bajo las luces del jardín que empezaban a encenderse con la caída de la tarde.
Bex se sentó un momento en los escalones del porche, observando al equipo disperso por el jardín —Georgia discutiendo animadamente con uno de los investigadores sobre las reglas exactas de la herradura, Dutch vigilando la parrilla con la concentración de un científico en pleno experimento, Zane riéndose de algo que Marguerite acababa de decirle— y sintió una gratitud tan profunda que le costó ponerle nombre, la certeza tranquila de que aquel grupo de personas, reunido en un jardín cualquiera de Austin en una noche cualquiera de junio, representaba algo mucho más grande que un simple equipo de trabajo.
Pensó, mientras los observaba, en lo distinta que había sido su vida apenas un año atrás, cuando la idea de celebrar algo tan importante rodeada de tanta gente que la quería le habría parecido, sencillamente, imposible de imaginar.
—¿En qué piensas? —preguntó Zane, sentándose a su lado en el escalón con dos platos de comida.
—En que hace un año no tenía nada de esto. Ni la fase tres, ni este equipo tan unido, ni... —hizo un gesto vago que los incluía a los dos—. Esto.
—La vida cambia rápido, cuando decide hacerlo.
—Para bien, esta vez.
—Para bien, esta vez —confirmó él, pasándole un plato de costillas que Dutch acababa de sacar de la parrilla, y se quedaron así un rato, comiendo en un silencio cómodo mientras el jardín se llenaba de las risas del resto del equipo y el cielo de Texas se oscurecía poco a poco sobre sus cabezas.
Zane se había quedado a dormir en el apartamento de Bex con una regularidad que ninguno de los dos había decidido formalmente, apareciendo con una muda de ropa en una bolsa de deporte que llevaba dos semanas sin volver a hacer el trayecto de vuelta a su propio piso, hasta que una noche, mientras Bex vaciaba el lavavajillas, se dio cuenta de que había tres cepillos de dientes distintos en el vaso del baño y ninguno de ellos era una casualidad.
—¿Cuándo pasó esto? —le preguntó a Zane, sosteniendo el vaso con una expresión entre divertida y genuinamente sorprendida.
—¿El qué?
—Esto. Que prácticamente vivas aquí.
Zane se acercó desde el sofá, donde llevaba media hora revisando datos de la temporada anterior con el portátil apoyado en las rodillas, y se apoyó en el marco de la puerta del baño con los brazos cruzados.
Bex se fijó, no por primera vez esa semana, en la manera en que se había ido adaptando sin esfuerzo a los pequeños rituales de su apartamento: sabía exactamente en qué cajón guardaba los cubiertos, había memorizado la combinación exacta de presión necesaria para que la ducha no goteara toda la noche, y había empezado, sin que ella se lo pidiera, a dejar siempre una taza de té preparada junto a la cafetera para las mañanas en que Bex decidía no ceder a la tentación del café.
—Pasó hace como diez días, creo. No lo decidimos, simplemente dejé de irme.
—¿Te molesta que lo mencione?
—Me molestaría que no te gustara. Si te gusta, entonces es simplemente información, no un problema.
—Me gusta —admitió Bex, y notó que decirlo en voz alta no le costaba tanto como habría costado tres meses atrás—. Aunque deberíamos hablar del alquiler, si esto va a ser algo permanente.
—¿Estás negociando un contrato de convivencia conmigo mientras sostienes mi cepillo de dientes?
—Soy científica. Me gusta tener las variables claras.
—Vale, entonces déjame proponerte una variable: mi contrato de alquiler en el otro apartamento termina a finales de julio. Podría no renovarlo.
Bex dejó el vaso sobre la encimera con más cuidado del necesario, sintiendo que el corazón le daba un giro pequeño, no de pánico esta vez, sino de algo más parecido a la anticipación.
—¿Eso es una pregunta?
—Es una propuesta. Con calma, sin presión. Solo quería que la variable estuviera sobre la mesa.
—Está sobre la mesa.
—¿Y qué dice tu análisis preliminar?
Bex se acercó a él, apoyando las manos en su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón bajo la camisa.
—Mi análisis preliminar dice que ya tienes tres cepillos de dientes en mi baño y que a estas alturas sería más eficiente formalizar la situación que seguir fingiendo que es temporal.
—Eso es lo más romántico que me has dicho nunca.
—Soy científica. Ya te lo he dicho.
Zane se rió, un sonido bajo y cálido que Bex sentía en el pecho antes que en los oídos, y la besó con una lentitud que no tenía nada de urgente, del tipo de beso que no necesitaba ir a ningún sitio porque ya estaba exactamente donde quería estar.
El vaso de los cepillos de dientes se quedó olvidado sobre la encimera del baño, y la conversación sobre contratos de alquiler se disolvió en algo mucho menos formal, con Zane guiándola hacia atrás por el pasillo entre besos que iban perdiendo la lentitud inicial, y Bex riéndose contra su boca cuando chocaron torpemente con el marco de la puerta del dormitorio, una risa que se cortó en cuanto él le puso las manos en la cintura y la levantó lo suficiente para sentarla sobre la cómoda, con una facilidad que a Bex, en ese momento, le pareció completamente injusta.
—Esto no estaba en mi análisis preliminar —dijo, sin aliento, mientras él le desabrochaba los primeros botones de la camisa con una paciencia deliberada que contradecía la urgencia de todo lo demás.
—Considéralo una variable no controlada.
—Odio las variables no controladas.
—Mentirosa.
No hubo más conversación después de eso, solo la luz de la lámpara de la mesilla proyectando sombras suaves contra la pared, y la puerta del dormitorio, que ninguno de los dos se molestó en cerrar del todo porque ya no había nadie más en el apartamento a quien preocuparle, quedando entreabierta el resto de la noche.
• • •
Bex se despertó horas después, enredada entre las sábanas y el brazo de Zane, con el reloj de la mesilla marcando una hora que hacía tiempo que había dejado de importarle, y se quedó un momento simplemente escuchando su respiración, pensando en lo extraño y lo natural que resultaba a la vez que su vida hubiera terminado organizándose alrededor de otra persona sin que ella lo hubiera planeado ni una sola vez.
—Sigues pensando fuerte —murmuró Zane, sin abrir los ojos.
—Estaba calculando cuántos cajones te voy a tener que hacer sitio si esto se vuelve oficial.
—Eso suena a que ya has decidido.
—Puede que sí.
Zane abrió un ojo, con una sonrisa lenta extendiéndose por su cara, y la atrajo más cerca sin decir nada más, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo.
• • •
La madre de Bex llegó de visita el segundo fin de semana de julio, con una maleta demasiado grande para dos días y una lista de preguntas que Bex ya podía anticipar antes incluso de que el avión aterrizara.
Los días previos a la visita, Bex se había encontrado limpiando el apartamento con un esmero que rara vez dedicaba a esa tarea, reorganizando estanterías que no necesitaban reorganización y comprando flores frescas que normalmente consideraba un gasto innecesario.
—Vas a agotarte antes de que llegue —le dijo Zane, encontrándola de rodillas frente al horno, limpiando una mancha que llevaba meses ahí sin que a ninguno de los dos le hubiera importado antes.
—Quiero que la primera impresión sea buena.
—Bex, tu madre te quiere. No va a juzgarte por una mancha en el horno.
—No me preocupa que me juzgue a mí. Me preocupa que te juzgue a ti.
Zane se agachó a su lado, quitándole el estropajo de las manos con suavidad y obligándola a mirarlo directamente.
—Entonces déjame preocuparme yo por eso. Tú preocúpate de descansar antes de que llegue, porque conociendo a las madres directas, por lo que me has contado de ella, va a necesitar toda tu energía disponible.
Diane Hargrove tenía la costumbre de hablar de cualquier tema con la misma intensidad, ya fuera el clima, la política municipal de su ciudad natal o, en este caso concreto, la vida amorosa de su única hija.
—Así que este es el famoso Zane —dijo, en cuanto entró por la puerta del apartamento y lo encontró sirviendo té helado en la cocina, con un delantal que Bex no sabía que tenía y que decía "El chef necesita silencio" en letras descoloridas.
—El mismo, señora Hargrove. Un placer conocerla por fin.
—Diane. Señora Hargrove suena a que tengo setenta años y estoy a punto de regañarte.
—Diane, entonces.
—Bexley me ha contado que persigues tornados.
—Estudio tornados. Perseguirlos es solo la parte más fotogénica del trabajo.
Diane se sentó en uno de los taburetes de la cocina, con la misma atención evaluadora que Bex reconocía de cada novio que había llevado a casa desde el instituto, y aceptó el vaso de té que Zane le ofreció con una sonrisa que no revelaba nada todavía.
—Mi marido decía que Bexley debería haber sido presentadora del tiempo. Cara para la cámara, decía.
—Su hija es demasiado buena en lo que hace para desperdiciarla delante de una cámara, con todo respeto.
Fue la respuesta correcta, aunque Bex sospechaba que Zane no la había calculado como tal, sino que simplemente lo pensaba de verdad, y vio cómo algo en la expresión de su madre se suavizaba de una manera que solo pasaba cuando de verdad aprobaba algo.
La cena de esa noche, en un restaurante de barbacoa cerca del centro que Zane había elegido con cuidado porque Diane, según le había avisado Bex, tenía opiniones muy firmes sobre la carne a la parrilla, transcurrió entre anécdotas de la infancia de Bex que la hicieron esconder la cara entre las manos más de una vez, historias sobre un padre ingeniero que nunca entendió del todo la ciencia de su hija pero que llamaba cada vez que había un tornado en las noticias, y una cantidad de preguntas sobre las intenciones de Zane que él respondió con una paciencia que sorprendió incluso a Bex.
—¿Y qué pasa si el proyecto termina y tienes que volver a Oklahoma? —preguntó Diane, en algún punto entre el segundo plato y el postre, con la franqueza directa que caracterizaba cada conversación que Bex recordaba haber tenido con ella.
—Mamá.
—Es una pregunta razonable, Bexley.
Zane dejó el tenedor sobre el plato, con una expresión que se volvió, por un momento, más seria de lo que había estado en toda la cena.
—Es una pregunta razonable —confirmó—. Y la respuesta honesta es que no lo sé todavía. Pero sé que no pienso tomar ninguna decisión sobre mi futuro sin tener en cuenta el de Bex primero.
Diane asintió, con la satisfacción de quien ha obtenido la respuesta que buscaba, y cambió de tema hacia el postre con la misma facilidad con la que había cambiado hacia la pregunta incómoda, dejando a Bex con la sensación de que algo importante acababa de decirse en voz alta por primera vez, aunque ninguno de los dos hubiera estado del todo preparado para pronunciarlo.
Al día siguiente, antes de que Diane tomara el vuelo de vuelta, madre e hija encontraron un momento a solas mientras Zane se ofrecía a cargar la maleta hasta el coche, un pretexto tan transparente que Bex sospechó que había sido idea de su madre desde el principio.
—Me cae bien —dijo Diane, sin rodeos, mientras esperaban en la cocina a que Zane volviera—. Más que bien, en realidad. Hacía mucho tiempo que no te veía mirar a alguien de esa manera.
—¿Qué manera?
—Como si hubieras dejado de calcular cada riesgo antes de permitirte sentir algo. Tu padre dice que eres igual que yo en eso, siempre midiendo el terreno antes de dar un paso. Pero con Zane pareces distinta.
Bex sintió que se le encogía el pecho con una ternura inesperada, sorprendida de que su madre hubiera notado algo que ella misma apenas empezaba a reconocer del todo.
—Tengo miedo, mamá. De que sea demasiado bueno para ser permanente.
—Cariño, nada es permanente hasta que decides trabajar para que lo sea. El miedo no desaparece solo porque encuentres a la persona correcta. Aprendes a llevarlo al lado de ella, eso es todo.
Zane volvió en ese momento, cargando la última maleta con una sonrisa que no tenía ni idea de la conversación que acababa de interrumpir, y Diane se despidió con un abrazo que duró más de lo habitual, susurrándole a Bex al oído un "cuídalo bien" que Bex no supo si iba dirigido a ella o era, en realidad, un permiso silencioso para dejarse querer sin tanto miedo.