Presión atmosférica Capítulo 9
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Capítulo 9

Las dos semanas de plazo se convirtieron, en la práctica, en diez días de conversaciones nocturnas que empezaban con buenas intenciones de mantener la cabeza fría y terminaban, casi siempre, con uno de los dos admitiendo algo que no había planeado decir en voz alta.

Zane habló con el decano de Oklahoma dos veces más, pidiendo detalles sobre flexibilidad, sobre la posibilidad de mantener una colaboración con el instituto de Austin aunque la plaza fuera en otro estado, y cada llamada terminaba con la misma sensación de estar empujando una puerta que no acababa de abrirse del todo.

—¿Qué te ha dicho esta vez? —preguntó Bex, una noche, encontrándolo en el porche con el teléfono todavía caliente en la mano y una expresión de frustración contenida.

—Lo mismo de siempre. Que la plaza es de dedicación completa, que no contemplan arreglos híbridos para el primer año, que ya habrá tiempo de negociar flexibilidad una vez que esté instalado allí.

—¿Y eso te convence menos o más?

—Me convence menos cada vez que lo repiten. Es como si insistieran en que confíe en una promesa futura a cambio de un compromiso presente absoluto, y no me gusta cómo suena eso, dicho en voz alta.

Bex se sentó a su lado en el escalón del porche, con las rodillas contra el pecho, pensando en cuántas veces había tenido ella misma que sopesar decisiones parecidas a lo largo de su carrera, ofertas que sonaban perfectas sobre el papel pero que exigían sacrificios que nadie mencionaba hasta que ya era demasiado tarde para renegociarlos.

—¿Y si hablo con Marguerite? —propuso, finalmente, mientras cenaban en la cocina con las ventanas abiertas para dejar entrar el aire, ya algo más fresco, de finales de julio—.

El instituto necesita un director de instrumentación de campo permanente.

Lo he pensado. Ahora mismo compartes ese papel con Dutch de manera informal, pero podría formalizarse.

—¿Estás intentando crearme un puesto de trabajo?

—Estoy intentando resolver un problema con los datos que tengo disponibles, que es lo que hago siempre.

—Bex.

—Sé que suena raro. Pero Marguerite lleva meses diciendo que necesitamos una figura fija de coordinación de campo si queremos escalar el proyecto en la fase cuatro, y tú eres, objetivamente, la persona más cualificada de todo el estado para ese puesto.

Zane dejó el tenedor sobre el plato y se quedó mirándola con una expresión que Bex no supo interpretar del todo, entre la sorpresa y algo más tierno.

—¿Has estado planeando esto?

—He estado pensando en ello. No es lo mismo que planearlo. Pero si quieres, puedo hablar con ella mañana.

—Quiero que hables con ella mañana.

—¿Eso significa que no vas a aceptar Oklahoma?

Zane se levantó de la silla, rodeó la mesa, y se puso en cuclillas junto a la de Bex, tomándole las dos manos entre las suyas con una seriedad que contrastaba con la ligereza de la conversación de minutos antes.

—Significa que llevo diez días dándole vueltas a esto, y cada vez que me imagino en Oklahoma, con el laboratorio propio, con el título de profesor titular, lo único que consigo pensar es en lo vacío que suena todo eso sin ti al lado.

No es un sacrificio, Bex. Es una elección.

Y elijo esto. Elijo Austin, elijo el instituto, y, si Marguerite está de acuerdo, elijo quedarme.

Bex sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, algo que no le pasaba con facilidad, y se rió para disimularlo, aunque no le sirvió de mucho.

—Eso ha sido mucho más romántico que mi propuesta de contrato de convivencia.

—Me esfuerzo.

Zane llamó a su padre esa misma noche, después de que Bex se hubiera quedado dormida, sentado en el porche con el teléfono apoyado en la oreja y una calma que contrastaba con la emoción del día.

—Papá, he tomado una decisión. Sobre Oklahoma.

—Te escucho, hijo.

—Me quedo en Austin. Bex propuso formalizar mi puesto en el instituto, y Marguerite ya ha dicho que sí.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que Zane reconocía como la manera que tenía su padre de procesar algo importante antes de opinar.

—¿Estás seguro de que es lo que quieres, y no solo lo que crees que Bex necesita que quieras?

—Estoy seguro, papá. Llevo semanas dándole vueltas, y cada vez que me imagino en Oklahoma sin ella, la idea se queda vacía. Esto no es un sacrificio. Es simplemente lo que quiero.

—Entonces me alegro muchísimo por ti, hijo. Y por ella. Hacía tiempo que no te escuchaba hablar con tanta certeza sobre nada.

—Gracias, papá.

—Una cosa más, antes de colgar. Cuando encuentres el anillo adecuado, avísame. Quiero ser el primero en saberlo, después de ella, claro.

Zane se rió, sorprendido por la rapidez con la que su padre había saltado a esa conclusión, aunque no del todo sorprendido, considerando lo bien que Walt siempre había sabido leer las cosas importantes de su vida incluso antes de que él mismo las verbalizara del todo.

—Todavía no estamos ahí, papá.

—Lo sé. Pero vais a llegar, y cuando lleguéis, quiero estar preparado.

Colgó el teléfono con una sonrisa que no consiguió borrarse durante el resto de la noche, y se quedó un rato más en el porche, mirando el cielo despejado de Austin, pensando en lo distinta que era su vida ahora comparada con la que había imaginado apenas un año atrás, cuando todavía creía que la única manera de sentirse realizado era perseguir tormentas sin parar, sin raíces, sin nadie esperándolo en casa al final del día.

Entró de nuevo al apartamento con cuidado de no hacer ruido, y se detuvo un momento en la puerta del dormitorio, observando a Bex dormida con una expresión tranquila que rara vez mostraba durante las horas de vigilia, siempre ocupada calculando algo, revisando algún dato, anticipando algún problema antes de que ocurriera.

Se metió en la cama a su lado con cuidado, y ella, medio dormida, se giró hacia él sin abrir del todo los ojos.

—¿Con quién hablabas? —murmuró, con la voz pastosa de sueño.

—Con mi padre. Le he contado lo de Marguerite.

—¿Y qué ha dicho?

—Que se alegra mucho. Y que quiere ser el primero en saber cuándo encuentre el anillo adecuado.

Bex abrió los ojos de golpe, ya mucho más despierta que hace un segundo, y Zane se rió, dándose cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

—Zane Kestrel.

—Todavía no estamos ahí, Bex. Duérmete.

—No puedo dormirme después de eso.

—Pues vas a tener que intentarlo, porque no pienso decir nada más esta noche.

Ella protestó un poco más, medio en broma, medio genuinamente intrigada, pero terminó cediendo al cansancio del día, acurrucándose contra su pecho con una sonrisa que no se le borró del todo ni siquiera después de quedarse dormida, y Zane se quedó despierto un rato más, escuchando su respiración tranquila, pensando que su padre, como de costumbre, tenía toda la razón: iban a llegar a ese momento, tarde o temprano, y cuando llegaran, quería estar preparado para hacerlo bien.

•  •  •

Bex habló con Marguerite a primera hora de la mañana siguiente, antes de que el resto del equipo llegara al instituto, encontrándola ya en su despacho con una taza de café y la misma postura recta de siempre.

—Quiero proponer algo —dijo Bex, sin sentarse todavía, con una carpeta bajo el brazo que había preparado la noche anterior con más nervios de los que le gustaba admitir.

—Siéntate, Bexley. Las propuestas se hacen mejor sentada.

Bex obedeció, y expuso la idea con la misma precisión que usaba para presentar cualquier resultado científico: un puesto fijo de director de instrumentación de campo, con responsabilidad sobre el mantenimiento y la coordinación técnica de ambas unidades móviles, un rol que llevaba meses ejerciendo Zane de manera informal y que, según el propio presupuesto de la fase tres, el instituto podía permitirse formalizar sin problema.

Marguerite escuchó sin interrumpir, con las manos juntas sobre la mesa, y cuando Bex terminó, se quedó un momento en silencio antes de responder.

—Llevo pensando en esto exactamente desde marzo, Bexley. La única razón por la que no lo había propuesto yo misma es que no quería que pareciera que estaba interfiriendo en algo que no me correspondía.

—Entonces, ¿está de acuerdo?

—Estoy más que de acuerdo. Prepararé el contrato esta misma semana. Y, Bexley... me alegro. Por el proyecto y por ti.

Bex salió del despacho con una sonrisa que le costó controlar durante el resto de la mañana, y cuando encontró a Zane en el almacén, revisando el cableado de la Unidad Dos sin sospechar nada todavía, no pudo evitar interrumpirlo con la noticia antes incluso de que él terminara de saludarla.

—Marguerite ha dicho que sí.

Zane se incorporó tan rápido que se golpeó la cabeza con el borde abierto del capó de la camioneta, soltando una maldición entre dientes que no le impidió sonreír de todas formas.

—¿En serio?

—En serio. Va a preparar el contrato esta misma semana. Director de instrumentación de campo, despacho propio, sueldo fijo, todo.

—Bex.

—¿Qué?

—Ven aquí.

La atrajo hacia él sin importarle que todavía tuviera las manos manchadas de grasa, dejándole una marca oscura en la cadera de los vaqueros que Bex no se molestó en limpiar hasta mucho más tarde, y la besó con una intensidad que hizo que uno de los investigadores jóvenes, que pasaba por el almacén en ese momento con una caja de cables, decidiera dar media vuelta y volver más tarde con una discreción que agradecerían después entre risas.

—No puedo creer que hayas hecho esto —dijo Zane, cuando por fin se separaron—. Que hayas ido a Marguerite tú sola, sin decirme nada, para resolver esto.

—Soy científica. Cuando veo un problema con solución, lo resuelvo.

—Eres la persona más increíble que conozco, eso es lo que eres.

—Eso también, supongo.

•  •  •

Esa tarde, mientras esperaba a que Marguerite terminara de redactar los primeros términos del contrato, Bex se encontró con un momento de calma poco habitual en la sala de control, y aprovechó para llamar a Georgia, que había estado fuera del instituto toda la mañana en una reunión con proveedores.

—Tengo que contarte algo —dijo Bex, en cuanto Georgia respondió.

—Por tu tono, o es una noticia estupenda o el mundo se está acabando. No hay término medio contigo.

—Zane se queda. Va a ser el nuevo director de instrumentación de campo, oficialmente.

Hubo un grito ahogado de alegría al otro lado de la línea que hizo que Bex tuviera que apartarse el teléfono de la oreja durante un segundo.

—¡Lo sabía! Bueno, no lo sabía con certeza, pero tenía la sensación. ¿Cómo ha pasado?

—Fui a hablar con Marguerite yo misma, sin decírselo a Zane primero. Le propuse crear el puesto oficialmente.

—Bex Hargrove tomando la iniciativa en su vida personal. Quiero que conste en acta que este es un día histórico.

—Cállate.

—No pienso callarme. Llevo meses viéndote dudar de si merecías algo permanente en tu vida, y hoy vas y resuelves el problema tú misma, como si fuera una ecuación más. Estoy muy orgullosa de ti, aunque suene raro decirlo así.

Bex sintió que se le humedecían los ojos, sorprendida por la sinceridad repentina de Georgia, que solía reservar ese tono para los momentos verdaderamente importantes.

—Gracias, Georgia. Por todo, la verdad. Por aguantarme durante toda esta indecisión.

—Para eso estamos las mejores amigas. Ahora ve a celebrarlo como es debido, y mañana quiero todos los detalles.

•  •  •

Con el visto bueno de Marguerite ya firmado, para finales de julio Zane firmó su contrato indefinido como director de instrumentación de campo del Instituto de Investigación Atmosférica de Texas, con un despacho propio dos puertas más allá del de Bex y un sueldo que, según bromeó Dutch al enterarse, por fin justificaba que dejara de dormir en su furgoneta durante los despliegues más largos.

Georgia organizó una pequeña celebración improvisada en la sala de descanso del instituto en cuanto se corrió la voz, con una tarta comprada a toda prisa en la pastelería de la esquina y un cartel escrito a mano que decía, con una ortografía cuestionable, "Felicidades al nuevo Director (por fin oficial)".

—Ya era hora de que este instituto reconociera el trabajo que llevas haciendo gratis durante meses —dijo Georgia, tendiéndole a Zane el primer trozo de tarta—.

Aunque sospecho que la verdadera razón por la que Marguerite firmó tan rápido fue para asegurarse de que Bex dejara de amenazar con irse a Oklahoma detrás de ti.

—Yo nunca amenacé con eso.

—Lo pensaste. Se te notaba en la cara cada vez que alguien mencionaba Oklahoma.

Dutch, con su parquedad habitual, se limitó a levantar su trozo de tarta hacia Zane con un gesto que valía más que cualquier discurso.

—Bienvenido oficialmente al equipo, jefe.

—Llevas ocho años siendo mi ingeniero, Dutch. Ya eras parte del equipo mucho antes que yo.

—Sí, pero ahora tienes que pagarme las horas extra como es debido, así que en cierto modo esto también es una victoria para mí.

Todo el equipo se rió, y Bex, observando la escena desde un rincón de la sala de descanso, sintió una vez más esa gratitud silenciosa que llevaba meses acompañándola, la certeza de que había encontrado, en aquel grupo de personas dispares, algo mucho más parecido a una familia de lo que ninguno de ellos se atrevía a admitir en voz alta.

Lo celebraron esa noche solos, en el apartamento, con una botella de champán barato que Zane había comprado de camino a casa y que abrió con más entusiasmo que técnica, salpicando espuma por toda la encimera de la cocina mientras Bex se reía sin poder parar.

—A la fase cuatro —dijo él, levantando su copa.

—A quedarnos.

Brindaron, y Bex sintió que algo se asentaba definitivamente en su pecho, una certeza tranquila que no tenía nada que ver con datos ni con modelos, algo que simplemente sabía que era verdad de la misma manera que sabía leer una rotación mesociclónica antes de que el radar terminara de confirmarla.

Zane la levantó del suelo de la cocina, con la copa todavía en la mano, y la llevó hacia el dormitorio entre risas y besos que sabían a champán barato y a algo mucho más dulce, y esa noche, con la puerta cerrándose detrás de los dos y las luces de la ciudad colándose por la ventana entreabierta, ninguno de los dos pensó ni una sola vez en Oklahoma, ni en plazas fijas, ni en nada que no fuera el peso cálido del otro cuerpo cerca del suyo.