Capítulo 6 #2
—Lo mencionó en su solicitud de doctorado, hace ocho años. Algunas cosas se me quedan grabadas.
Bex sintió una punzada extraña, una mezcla de incomodidad y algo parecido al reconocimiento, al descubrir que Ashworth había guardado ese detalle tan pequeño y personal de su historia durante tantos años, un recordatorio de que, para bien o para mal, aquel hombre había formado parte de su trayectoria profesional de una manera mucho más profunda de lo que a ella le habría gustado admitir.
—¿Y usted, doctor Ashworth? —preguntó, sorprendiéndose a sí misma por la audacia de la pregunta—. ¿Alguna vez sintió la tentación de salir al campo en lugar de quedarse siempre del lado de la evaluación?
Ashworth se quedó pensando la pregunta más tiempo del que Bex esperaba, con la mirada fija en el horizonte donde la célula seguía organizándose.
—Cada año de mi carrera, doctora Hargrove. Cada año.
Dutch, desde el asiento delantero, ajustaba la antena con la concentración habitual, narrando cada cambio de parámetro para el registro, mientras el cielo sobre ellos empezaba a tomar ese verde profundo que anunciaba algo serio.
—Base a unidades, tenemos rotación confirmada a ocho kilómetros de vuestra posición —anunció Georgia por radio, con la tensión contenida que reservaba para los eventos más prometedores—. Se está intensificando rápido.
—Recibido —respondió Zane—. Doctor Ashworth, esto es exactamente el proceso que Bex le explicó ayer con el software. Ahora lo va a ver en tiempo real.
—Nunca había estado tan cerca de una supercélula en formación —admitió, mientras Zane maniobraba la camioneta hacia un cruce elevado con buena visibilidad—. Toda mi carrera ha sido de despacho.
—Se nota lo mucho que se lo pierde —dijo Bex, sin poder evitar cierto tono de satisfacción, y Ashworth, para su sorpresa, se rió, una risa corta pero genuina.
Cuando el mesociclón se organizó sobre el valle, produciendo un tornado que se mantuvo firme sobre terreno despejado durante casi ocho minutos, Bex narró los datos con la misma precisión de siempre, consciente de que cada palabra estaba siendo escuchada por el hombre que había decidido, ocho años atrás, que no era lo bastante cuidadosa para este trabajo.
Cuando terminó la captura, con los datos ya guardados y el tornado disipándose sobre el horizonte, Ashworth cerró su carpeta y la dejó, por primera vez en tres días, sobre el asiento sin volver a abrirla.
—Doctora Hargrove.
—¿Sí?
—Estaba equivocado, hace ocho años, cuando la llamé descuidada. He revisado el informe de aquel incidente esta misma semana, antes de venir. El fallo fue del soporte de la antena, no suyo. Debería habérselo dicho entonces.
Bex sintió que algo se le soltaba en el pecho, algo que llevaba ocho años atado con un nudo que no sabía que seguía ahí hasta ese momento exacto.
—Gracias por decirlo ahora.
—Voy a recomendar la financiación completa de la fase tres. Con una condición.
—¿Cuál?
—Que sigan haciendo exactamente lo que he visto estos tres días. Trabajo riguroso, y, por lo visto, una capacidad envidiable para separar lo profesional de lo personal cuando hace falta, algo que muy pocos equipos consiguen.
Se fue esa misma noche, en un vuelo de última hora hacia Washington, y Bex se quedó en el almacén con Zane, con Georgia, con Dutch y con los dos investigadores jóvenes, celebrando la noticia con una caja de dónuts que nadie recordaba haber pedido y una sensación de alivio tan grande que Bex tuvo que sentarse un momento en el suelo del almacén para procesarla del todo.
—Fase tres —dijo, casi sin creérselo—. Vamos a tener fase tres.
—Vamos a tener fase tres —confirmó Zane, sentándose a su lado en el suelo, sin importarle el traje de trabajo manchado de polvo—. Y vas a tener que perdonarte a ti misma por algo que nunca fue culpa tuya, ahora que lo tienes por escrito.
Bex apoyó la cabeza en su hombro, rodeada del ruido feliz del equipo celebrando alrededor de ellos, y pensó que ocho años de un nudo en el estómago acababan de desaparecer en la misma tarde en que había estado a punto de perderlo todo, y que había algo casi injusto en que las dos cosas hubieran pasado a la vez, como si el universo hubiera decidido, por fin, hacerle un favor.
• • •
Se marcharon del almacén pasada la medianoche, cuando hasta Dutch había cedido al cansancio y Georgia había insistido en cerrar ella misma el edificio para que los demás se fueran a casa.
Zane condujo hasta el apartamento de Bex sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, como si después de tres días de tensión contenida y una noticia como aquella no hubiera ningún otro sitio razonable adonde ir.
Apenas cruzaron la puerta, Bex sintió que toda la energía nerviosa acumulada durante la visita de Ashworth se transformaba en otra cosa completamente distinta, algo más urgente y más simple a la vez.
Zane la besó antes de que ella terminara de cerrar la puerta con llave, con una intensidad que no dejaba lugar a las palabras cuidadosas de los últimos tres días, y Bex se rió contra su boca, aliviada, feliz, ligera de una manera que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
—Fase tres —murmuró él, entre beso y beso, quitándose la chaqueta manchada de polvo del día de campo.
—Fase tres —repitió ella, tirando de su camisa.
No encendieron ninguna luz más que la de la entrada, y la noche se cerró sobre ellos con la misma naturalidad con la que se había cerrado la noche del motel en Dripping Springs, sin necesidad de que nadie narrara lo que pasaba después de que la puerta del dormitorio se cerrara detrás de los dos.
Por la mañana, Bex se despertó con el brazo de Zane cruzado sobre su cintura y la luz del sol ya alta colándose por las cortinas que ninguno de los dos se había molestado en cerrar del todo la noche anterior, y por primera vez desde que había empezado la temporada, se permitió quedarse quieta un rato más de lo estrictamente necesario, sin calcular nada, sin revisar ningún dato, simplemente respirando.
• • •
Marguerite llamó a media mañana, con la voz cargada de un entusiasmo que rara vez mostraba tan abiertamente, para confirmar que el informe oficial de Ashworth ya había llegado por correo electrónico, recomendando la financiación completa de la fase tres con una valoración que calificaba el proyecto como "un modelo de excelencia interinstitucional, tanto en rigor científico como en gestión de equipo".
—Quiero que sepas que esto no habría sido posible sin vosotros dos —le dijo Marguerite a Bex por teléfono, con una sinceridad poco habitual en ella—.
Y quiero que sepas también que, si alguna vez necesitas hablar sobre lo de Ashworth, sobre Georgetown, sobre cualquier cosa de tu pasado que este proceso haya removido, mi puerta está abierta.
—Gracias, Marguerite. Significa mucho.
—No hay de qué. Ahora, si me disculpas, tengo que empezar a redactar la solicitud formal de la fase tres antes de que el comité cambie de opinión sobre algo.
Bex colgó el teléfono con una sonrisa que llevaba toda la mañana sin poder borrarse del todo, y se giró hacia Zane, que preparaba el desayuno en la cocina con una torpeza encantadora, quemando ligeramente los huevos revueltos mientras tarareaba algo que sonaba vagamente a una canción que Bex no consiguió identificar.
—¿Vas a contarme algún día por qué siempre quemas un poco los huevos? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
—Es un talento especial. Algunas personas nacen con dones. Yo nací con la habilidad exacta de distraerme durante los siete segundos críticos en los que un huevo pasa de perfecto a ligeramente quemado.
—Es un don muy específico.
—Los mejores dones lo son.