Capítulo 6
El día siguiente amaneció con un cielo despejado y ni una sola nube en el horizonte, la clase de tiempo perfecto que cualquier persona normal habría agradecido y que a Bex le pareció la peor ironía posible.
En el almacén, Georgia repartía café y té con la eficiencia de quien lleva toda la vida gestionando crisis ajenas, mientras Dutch revisaba el equipo por enésima vez y los dos investigadores jóvenes discutían en voz baja sobre si debían o no mencionar la hoja de cálculo de probabilidades delante del evaluador, discusión que Georgia zanjó con una sola mirada que no necesitó palabras.
—¿Cómo estás? —le preguntó a Bex, pasándole un vaso de té helado con la cantidad exacta de azúcar que sabía que le gustaba.
—Nerviosa. Sin tormenta a la vista, esto se va a reducir a preguntas todo el día.
—Ashworth no ha venido desde Washington para hacer preguntas de despacho, Bex. Ha venido a ver si esto funciona. Y funciona, así que respira.
—Eso díselo a mi estómago.
—Se lo diría, pero tu estómago nunca me escucha, lleva ignorándome desde que te conozco.
Zane llegó pocos minutos después, con el pelo todavía húmedo y una camisa que se había planchado él mismo con un resultado irregular que Bex encontró, contra todo pronóstico, entrañable en lugar de descuidado.
—¿Preparada? —preguntó, acercándose a ella junto a la mesa de trabajo.
—Preparada para preguntas. No hay tormenta hasta esta tarde, si acaso.
—Entonces le enseñamos todo lo demás. El software, los protocolos, el archivo de datos históricos. Que vea que esto funciona incluso los días sin tornado, que es la mayoría de los días, aunque nadie lo cuente así en los documentales.
Sin tormenta que perseguir, la visita de Ashworth se redujo a una gira por las instalaciones, una demostración del software de modelización, y una tarde entera de preguntas cada vez más incisivas sobre el futuro del proyecto si la financiación no se renovaba.
Ashworth pasó buena parte de la mañana revisando el historial completo de publicaciones del equipo, comparando cifras de citas, factores de impacto y colaboraciones interinstitucionales con una meticulosidad que a Bex le recordaba, de manera incómoda, a sus propios hábitos de trabajo, como si estuviera viendo una versión más severa y menos generosa de sí misma reflejada en el evaluador.
—Su tasa de publicación ha aumentado considerablemente en el último año —comentó, sin levantar la vista de la carpeta—. ¿A qué lo atribuye?
—A la estabilidad del equipo. Llevamos dos años con la misma composición base, lo que permite construir sobre el trabajo anterior en lugar de reentrenar personal constantemente.
—¿Y la incorporación del doctor Kestrel como codirector? ¿Qué impacto ha tenido en la productividad general?
Bex sintió la mirada de Zane desde el otro lado de la sala, aunque no la buscó directamente, decidida a responder con la misma objetividad profesional que aplicaría a cualquier otra pregunta.
—Ha sido determinante. La experiencia de campo del doctor Kestrel ha mejorado significativamente la calidad de los datos que recopilamos, lo cual se refleja directamente en la solidez de las publicaciones posteriores.
—Una respuesta muy diplomática, doctora Hargrove.
—Es también la verdad, doctor Ashworth. Las dos cosas no son excluyentes.
Ashworth anotó algo más en su carpeta, sin ningún comentario adicional, y continuó con la siguiente pregunta de su lista, dejando a Bex con la sensación incómoda de estar siendo evaluada en más de un sentido a la vez.
—¿Qué pasaría con los datos ya recopilados si el proyecto se cierra en septiembre? —preguntó Ashworth, sentado al fondo de la sala de control mientras Bex explicaba el flujo de trabajo del modelo en la pantalla grande.
—Se archivarían en el repositorio público. No se perderían, pero el análisis en curso quedaría incompleto.
—¿Y el personal?
—Georgia y los dos investigadores jóvenes perderían sus puestos. Dutch volvería a Oklahoma con el doctor Kestrel. Yo... —Bex dudó un segundo, un segundo que se odió a sí misma por permitirse—. Yo buscaría otra posición.
—¿En este campo?
—En este campo.
Ashworth anotó algo en su carpeta, un gesto pequeño que a Bex le pareció más amenazante que cualquier pregunta, y pasó a otro tema sin darle tiempo a preguntar qué había escrito.
Fue por la tarde, durante una pausa para tomar limonada en el patio trasero del instituto, cuando Ashworth hizo la pregunta que Bex llevaba dos días temiendo sin llegar a formularla del todo en su cabeza.
—Doctores Hargrove y Kestrel, he notado cierta... familiaridad entre ustedes que va más allá de lo profesional. ¿Debería preocuparme por la objetividad de este proyecto?
El silencio que siguió duró apenas dos segundos, pero a Bex le pareció una era geológica entera. Fue Zane quien habló primero, con una calma que a Bex, después de dos días viéndolo tenso, le pareció casi milagrosa.
—Somos codirectores de un proyecto de investigación desde hace tres meses, doctor Ashworth. Trabajamos juntos catorce horas al día durante la temporada de campo. Es lógico que exista una relación de confianza cercana entre nosotros.
—No hablo de confianza profesional, doctor Kestrel.
—Lo sé. Y le voy a ser honesto, porque me parece más útil que negarlo: la doctora Hargrove y yo tenemos una relación personal que va más allá del trabajo.
Empezó después de que el proyecto ya estuviera en marcha, no antes, y no ha afectado ni una sola decisión metodológica de las que ha revisado usted en estos dos días.
Los datos son los datos. Puede comprobarlo con cualquier miembro del equipo.
Bex sintió que el corazón se le paraba un instante, sorprendida por la franqueza de Zane, por la manera en que había puesto la verdad sobre la mesa sin dramatizarla ni disculparse por ella, y a la vez aterrorizada por lo que aquello pudiera significar para la evaluación.
Ashworth se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo con una lentitud exasperante, y se las volvió a poner antes de responder.
—Aprecio la honestidad, doctor Kestrel. Es más de lo que obtuve de la mayoría de los proyectos que he evaluado este año.
—¿Eso es bueno o malo para nosotros? —preguntó Bex, incapaz de contenerse.
—Eso, doctora Hargrove, depende enteramente de si los próximos dos días de trabajo de campo confirman lo que ya he visto en las oficinas: un equipo sólido, unos datos rigurosos, y una dirección que, relación personal aparte, parece funcionar.
Voy a necesitar ver una tormenta real antes de decidir nada.
Se levantó y se fue hacia el edificio principal, dejando a Bex y a Zane solos en el patio, con las limonadas ya calientes sobre la mesa de metal.
—¿Por qué se lo has dicho? —preguntó Bex, en cuanto la puerta se cerró detrás de Ashworth—. Podríamos habérnoslo callado los tres días.
—Podríamos, pero se habría dado cuenta igualmente. Te he visto cómo me miras cuando crees que nadie te ve, Bex. Y yo probablemente hago lo mismo. Un hombre que ha pasado treinta años evaluando comités no es tan fácil de engañar.
—Aun así, era un riesgo.
—Todo lo que merece la pena suele serlo.
Se quedaron en silencio un momento, con el sol de la tarde cayendo sobre el patio y el ruido lejano de una cortadora de césped en algún jardín vecino, hasta que Bex se rió, una risa que le salió de puro alivio nervioso.
—¿Qué? —preguntó Zane.
—Que acabas de anunciarle a mi antiguo director de tesis, delante de una carpeta de cuero que decide nuestro futuro, que estamos juntos. Con esas palabras exactas.
—¿Ha sonado mal?
—Ha sonado como algo que solo tú dirías en el peor momento posible.
—Me esfuerzo.
Esa noche, incapaces de relajarse del todo después de la tensión del día, se quedaron despiertos hasta tarde en el apartamento de Bex, repasando una y otra vez la conversación con Ashworth, buscando en cada palabra alguna pista sobre qué esperar al día siguiente.
—¿Crees que nos ha perjudicado? —preguntó Bex, sentada en la encimera de la cocina con una taza de té entre las manos, sin ganas de dormir a pesar de lo tarde que era.
—No lo sé. Pero prefiero que lo sepa y decida con toda la información, a que descubra algo a medias y decida que le hemos estado ocultando algo.
—Es un enfoque razonable.
—Suelo tenerlo, de vez en cuando.
—Eso es literalmente lo que te dije yo hace unas semanas.
—Lo sé. Te lo he robado. Funciona bien.
Bex se rió, dejando la taza a un lado, y se acercó a él, buscando en el contacto simple de su presencia el mismo consuelo que llevaba días necesitando sin querer admitirlo del todo.
Zane la abrazó con la misma firmeza tranquila de siempre, y se quedaron así un rato, en la cocina a oscuras, con la ciudad de Austin zumbando suavemente al otro lado de la ventana, hasta que el cansancio del día terminó por vencer a la ansiedad, y se fueron a dormir con la certeza incierta de que, pasara lo que pasara al día siguiente, al menos lo enfrentarían juntos.
• • •
El sistema que llevaban tres días esperando llegó al fin la última tarde de la visita, una línea de tormentas que avanzaba desde el oeste con una organización que los modelos habían estado prediciendo desde el amanecer.
Salieron con las dos unidades, con Ashworth instalado en el asiento trasero de la Unidad Uno junto a Dutch, sujetando su carpeta de cuero con una expresión que había pasado, en el transcurso de una hora, de la formalidad distante a algo mucho más parecido al asombro puro.
—Nunca había estado tan cerca de una supercélula en formación —admitió, mientras Zane maniobraba la camioneta hacia un cruce elevado con buena visibilidad—. Toda mi carrera ha sido de despacho.
—Se nota lo mucho que se lo pierde —dijo Bex, sin poder evitar cierto tono de satisfacción, y Ashworth, para su sorpresa, se rió, una risa corta pero genuina.
—Doctora Hargrove, empiezo a entender por qué eligió este campo en lugar de la carrera de presentadora de televisión que, según tengo entendido, su madre tenía en mente para usted.
—¿Cómo sabe eso?