Capítulo 5
El evaluador se llamaba Callum Ashworth, y en cuanto Marguerite pronunció el nombre por teléfono, a Bex se le heló algo por dentro que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del despacho.
—¿Ashworth? ¿El mismo Ashworth de Georgetown?
—El mismo. Ahora trabaja para el comité de evaluación de la Fundación Nacional para la Ciencia. Por lo visto pidió específicamente revisar este proyecto.
—Genial. Estupendo. El hombre que me llamó descuidada delante de todo un equipo va a decidir si seguimos teniendo financiación.
—Bexley, han pasado ocho años. Es agua pasada.
—Para ti es agua pasada. Para mí es un director de tesis que hizo que dudara de si valía para esto durante casi un año entero.
Marguerite se quedó callada al otro lado de la línea el tiempo suficiente para que Bex se arrepintiera un poco del tono, aunque no de las palabras.
—Lo entiendo —dijo Marguerite por fin—. Y también entiendo que no puedo cambiar quién viene. Lo que sí puedo hacer es asegurarme de que llegue y vea el mejor trabajo que este instituto ha producido en años. Eso depende de ti y de Zane.
Bex colgó y se quedó mirando la pantalla oscura del teléfono durante un buen rato, hasta que Zane entró en la sala de control con dos botellas de agua con gas y la expresión de quien ya se ha enterado de la noticia por otra vía.
—Georgia me lo ha contado —dijo, dejando una de las botellas frente a ella—. ¿Estás bien?
—Estoy perfectamente.
—Bex.
—Estoy nerviosa, ¿vale? El hombre que me hizo llorar en el aparcamiento de un centro de investigación en Oklahoma hace ocho años va a pasar tres días juzgando cada decisión que tomemos.
—No va a juzgarte a ti. Va a juzgar el proyecto. Y el proyecto es bueno, Bex. Lo sabes tan bien como yo.
—El proyecto lo dirijo yo. Si me ve titubear una sola vez, va a usarlo como munición.
Zane se sentó en el borde de la mesa, cerca de ella pero sin invadir el espacio, con una seriedad que contrastaba con la ligereza que solía usar para desactivar las tensiones del equipo.
—Entonces no vamos a darle munición. Vamos a hacer exactamente lo que hacemos siempre, con la misma minuciosidad de siempre, y si a la tercera noche todavía tiene dudas sobre si esto merece financiación, es que está viendo un proyecto distinto al que yo veo cada día.
—¿Y si nos mira raro? A nosotros, quiero decir. Si se entera de que...
—No se va a enterar de nada que no queramos que se entere. Somos profesionales, Bex. Podemos serlo delante de un evaluador durante tres días.
Lo dijo con una confianza que Bex quiso creerse del todo, aunque una parte de ella, la misma parte que llevaba ocho años reproduciendo la voz de Callum Ashworth diciendo la palabra "descuidada" en su cabeza cada vez que algo salía mal en el campo, no terminó de relajarse.
Georgia entró poco después, con la expresión de quien ya conoce parte de la historia pero quiere los detalles completos antes de opinar, y se sentó frente a Bex con los brazos cruzados sobre la mesa.
—Cuéntamelo todo. Lo poco que me ha dicho Marguerite no me basta.
—Callum Ashworth. Mi director de tesis en Georgetown. El que me dijo que era descuidada delante de todo el equipo, después de que se rompiera un soporte de antena que no tenía nada que ver conmigo.
—Espera, ¿el mismo que mencionaste una vez, hace como dos años, sin querer dar detalles?
—El mismo.
Georgia soltó un silbido bajo, la clase de sonido que reservaba para las noticias verdaderamente malas.
—Bex, eso es... Dios, qué mala suerte. De todos los evaluadores que podría habernos tocado.
—Lo sé. Y encima llega en el peor momento posible, con la financiación de la fase tres pendiente de su informe.
—¿Qué necesitas de mí?
—Necesito que el equipo esté impecable estos tres días. Sin errores tontos, sin retrasos, sin nada que le dé una excusa para escribir algo negativo.
—El equipo siempre está impecable, Bex. Eso no ha cambiado por la llegada de un fantasma de tu pasado académico.
—Lo sé. Pero necesito decirlo en voz alta de todas formas, para tranquilizarme a mí misma más que a nadie.
Georgia le apretó la mano por encima de la mesa, con la misma solidaridad silenciosa de siempre, y salió de la sala de control prometiendo avisar al resto del equipo sobre la visita sin entrar en detalles innecesarios sobre el historial personal de Bex con el evaluador, un gesto de discreción que Bex agradeció profundamente en las horas siguientes, mientras intentaba concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera la fecha ya marcada en el calendario.
• • •
Ashworth llegó un jueves por la tarde, con un traje que no encajaba con el calor de Texas y una carpeta de cuero bajo el brazo que parecía sacada de otra década.
Había envejecido de la manera en que envejecen los hombres que siempre se han considerado la persona más inteligente de cualquier sala, con más canas y la misma costumbre de mirar por encima de las gafas antes de hablar.
—Doctora Hargrove —dijo, tendiéndole la mano con una formalidad que no dejaba traslucir nada—. Cuánto tiempo.
—Doctor Ashworth. Bienvenido al instituto.
—He seguido su trabajo con interés. La publicación sobre asimilación de datos de doble polarización del año pasado fue... sólida.
La pausa antes de "sólida" duró exactamente el tiempo suficiente para que Bex entendiera que no era del todo un cumplido, y sintió que el cuerpo se le tensaba de una manera automática, aprendida en un aparcamiento hacía ocho años.
—Gracias —respondió, con la voz más firme de lo que sentía por dentro—. Le presento a mi codirector, el doctor Kestrel.
—Kestrel. Le conozco de nombre. Tuvo usted cierta presencia mediática hace unos años, si no recuerdo mal.
—Es agua pasada —dijo Zane, con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos, y Bex se dio cuenta de que él también estaba calibrando cada palabra, midiendo cada gesto, con la misma tensión contenida que ella intentaba disimular.
Ashworth pasó la primera tarde revisando documentación en la sala de reuniones, haciendo preguntas afiladas sobre metodología que Bex respondió con una precisión que le costó cada gramo de concentración que tenía, consciente de que cualquier vacilación sería anotada en algún lugar de esa carpeta de cuero.
Zane se mantuvo a su lado durante todo el proceso, interviniendo cuando las preguntas tocaban temas de instrumentación de campo, dejándole a ella el terreno de los modelos, una división de trabajo tan natural que ni siquiera habían necesitado hablarla de antemano.
—Mañana quiero acompañarles al campo —anunció Ashworth, cerrando la carpeta al final de la tarde—. Quiero ver el proceso completo, no solo los resultados en una pantalla.
—Por supuesto —dijo Bex—. Aunque le advierto que el tiempo no siempre coopera con los calendarios de las evaluaciones.
—Confío en que sabrán gestionar eso también, doctora Hargrove. Al fin y al cabo, es su especialidad.
Salió de la sala sin esperar respuesta, y Bex se quedó de pie junto a la mesa, con las manos apretadas alrededor de una taza de té que se le había quedado fría hacía una hora, hasta que Zane le puso una mano en la espalda, un gesto breve y discreto, del tipo que nadie más habría notado.
—Lo has hecho muy bien.
—Me ha llamado "su especialidad" con la misma cara que ponía en Norman cuando decía que mi modelo era "interesante", que en su vocabulario significaba "malo".
—Bex, has respondido a cada pregunta con datos, con precisión, sin titubear ni una vez. Si eso no es suficiente para él, el problema es suyo, no tuyo.
—Fácil decirlo cuando no es tu tesis la que él dirigió.
—Tienes razón. No puedo entender del todo lo que es cargar con eso. Pero sí puedo estar a tu lado mientras lo cargas, si me dejas.
Bex apoyó la frente un momento contra su hombro, en el pasillo vacío del instituto, permitiéndose treinta segundos de debilidad antes de recomponerse para lo que fuera a traer el día siguiente.
• • •
Esa noche, Zane insistió en cocinar en el apartamento de Bex, alegando que nadie debería enfrentarse a Callum Ashworth con el estómago vacío ni con la nevera llena solo de yogures caducados, una descripción bastante exacta del estado real de la nevera de Bex.
Terminaron sentados en el suelo del salón, con los platos sobre la mesa baja y una botella de vino tinto que Zane había traído de una tienda de camino, porque, según explicó, algunas noches merecían algo mejor que cerveza de gasolinera.
—¿Puedo decirte una cosa sin que te la tomes mal? —preguntó él, sirviendo una segunda copa.
—Depende de la cosa.
—Creo que le tienes más miedo a Ashworth del que le tienes a un tornado de categoría cuatro. Y eso me parece raro, teniendo en cuenta que uno de los dos puede matarte y el otro solo puede escribir un informe.
Bex hizo girar el vino en la copa, pensando en cómo explicar algo que llevaba ocho años sin necesitar explicar en voz alta.
—Un tornado no decide si sigo teniendo carrera. Ashworth sí. Hay una diferencia enorme entre el miedo a algo que puede hacerte daño y el miedo a alguien que puede borrarte del mapa con una firma.
—Eso es justo. Pero quiero que sepas una cosa: pase lo que pase con la evaluación, no vas a desaparecer de este campo. Tienes demasiada gente que confía en tu trabajo para que un solo informe lo decida todo.
—Tú también dependes de esta financiación.
—Yo tengo la Universidad de Oklahoma esperándome si esto no sale bien. Tú tienes esto, Bex. Este proyecto es tuyo de una manera que el mío nunca lo ha sido del todo, y eso me parece admirable, no un motivo para tener tanto miedo.
Bex dejó la copa sobre la mesa y se quedó mirándolo, con la luz de la lámpara del salón dibujándole sombras suaves en la cara, pensando que aquella era, quizás, la primera vez que alguien fuera de Georgia le decía algo así sin que sonara a consuelo vacío.
—¿Cómo es que siempre sabes qué decir?
—No siempre lo sé. Contigo, últimamente, parece que sí.
Se quedaron despiertos hasta tarde, hablando de todo menos de Ashworth, de la evaluación, del proyecto, hasta que el vino se terminó y el reloj marcó una hora demasiado avanzada para seguir despiertos con trabajo de campo esperándolos al día siguiente.