Capítulo 4 #2
Bex se despertó antes del amanecer, con la luz gris colándose por una rendija de las cortinas y un peso cálido a su espalda que tardó un segundo entero en identificar.
Se quedó muy quieta, escuchando la respiración lenta de Zane, sintiendo el brazo que le rodeaba la cintura, y repasó mentalmente la noche anterior con una claridad que no dejaba lugar a dudas: el bar, el beso en el porche, el camino hasta el motel, la puerta cerrándose detrás de ellos, y todo lo que había pasado después, que no pensaba repasar con tanto detalle a las seis de la mañana con el cerebro todavía medio dormido.
—Estás pensando muy fuerte —dijo Zane, con la voz ronca de sueño, sin abrir del todo los ojos—. Puedo notarlo desde aquí.
—No estoy pensando nada.
—Bex Hargrove, llevo seis años aprendiendo a reconocer tu silencio de "estoy calculando algo", y esto es justo eso.
Ella se giró en la cama para mirarlo de frente, con el pelo cayéndole sobre la cara y una sonrisa que no consiguió contener del todo, a pesar del pánico leve que le subía por el pecho.
—Nos hemos acostado.
—Lo hemos hecho, sí. Con bastante entusiasmo, si mal no recuerdo.
—Zane, somos codirectores de un proyecto financiado por una subvención federal.
—Lo sé. Estaba presente en esa reunión, extrañamente.
—Esto complica muchísimo las cosas.
—Puede que sí. O puede que solo complique la parte de fingir que no nos gustamos, que ya era bastante difícil de mantener antes de anoche.
Bex se quedó mirando el techo del motel, con sus manchas de humedad en forma de nada en particular, intentando ordenar la mezcla de pánico y algo mucho más cálido que le corría por dentro.
—Georgia me va a matar por no haberle avisado.
—Georgia va a ganar una apuesta con Dutch, según tengo entendido.
—¿Cómo sabes lo de la apuesta?
—Todo el equipo sabe lo de la apuesta. Yo puse dinero también.
—¿A qué apostaste?
—A que pasaría antes de que terminara la temporada. Gano cuarenta dólares.
Bex le dio un golpe flojo en el hombro, riéndose a pesar de sí misma, y Zane aprovechó el movimiento para atraerla de nuevo hacia él, con una naturalidad que no dejaba espacio para el pánico, solo para la certeza tranquila de que fuera lo que fuera aquello, iban a tener que averiguarlo juntos, con la misma minuciosidad con la que Bex analizaba cualquier otro dato que no terminaba de encajar en el modelo.
—Todavía nos quedan seis semanas de temporada —dijo él, contra su pelo.
—Y una subvención que depende de que esto no se convierta en un desastre.
—No va a ser un desastre.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Vamos a tener que verlo.
Fue la misma respuesta que le había dado en la camioneta, camino a San Marcos, y esta vez Bex la aceptó sin discutir, apoyando la cabeza contra su pecho mientras la luz del amanecer terminaba de colarse por la rendija de las cortinas, pensando que quizás, después de todo, había ecuaciones que no necesitaban resolverse del todo para funcionar.
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Georgia los recibió en el aparcamiento del almacén, dos horas más tarde, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia que no se molestó en disimular en absoluto.
—No voy a decir nada.
—Entonces no digas nada —dijo Bex, bajando de la Unidad Uno con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa que llevaba todo el trayecto de vuelta intentando controlar sin éxito.
—Solo voy a decir que le debo cuarenta dólares a Dutch, y que la próxima vez que finjas que no pasa nada entre vosotros dos, elige una mentira mejor, porque esta llevaba semanas sin colar con nadie del equipo.
—¿Nadie del equipo se lo creía?
—Bex. Los dos investigadores jóvenes hicieron una hoja de cálculo con probabilidades.
—Eso es información que no necesitaba tener.
Dentro del almacén, mientras Dutch descargaba el equipo con la misma calma de siempre, como si el mundo no hubiera cambiado nada en las últimas doce horas, Zane se acercó a Bex junto a la mesa de trabajo, con las manos manchadas de grasa de la antena y una expresión que había perdido casi toda la ligereza de la mañana.
—Marguerite ha llamado mientras conducíamos —dijo, mostrándole el teléfono—. El evaluador de la subvención adelanta la visita. Llega el jueves que viene, no dentro de tres semanas.
—¿Por qué la adelanta?
—No lo dice. Solo dice que quiere hablar con los dos codirectores en persona antes de decidir nada sobre la fase tres.
Bex sintió que el nudo del estómago, el mismo que llevaba toda la temporada apareciendo y desapareciendo, volvía a instalarse en su sitio, esta vez con un peso distinto, porque ya no se trataba solo de datos y presupuestos, sino de una vida entera que había empezado a construirse alrededor de un proyecto, un equipo y, desde la noche anterior, una persona que no estaba segura de saber cómo separar de todo lo demás.
—Vamos a estar bien —dijo Zane, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Eso ya me lo has dicho antes.
—Y voy a seguir diciéndolo hasta que te lo creas.
Bex no respondió, pero se dejó abrazar delante de todo el equipo, delante de Georgia, que fingió estar muy ocupada mirando su teléfono, y delante de Dutch, que solo levantó una ceja antes de volver a concentrarse en la antena, y pensó que fuera lo que fuera lo que el jueves siguiente les tenía preparado, al menos no iba a enfrentarlo sola.
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Esa noche, ya en su apartamento, con el cuerpo todavía cansado del despliegue y la mente saturada de la doble noticia del día —la captura perfecta y la visita adelantada del evaluador—, Bex llamó a su madre por costumbre, un ritual de los domingos que solía cumplir religiosamente y que aquella semana había estado a punto de saltarse por el ajetreo de la temporada.
—¿Cómo va todo por Texas? —preguntó Diane, con el sonido de fondo familiar de la televisión encendida en el salón de sus padres.
—Intenso. Hemos tenido el mejor día de captura de datos en tres años, y también me acabo de acostar con mi codirector, así que digamos que ha sido una jornada completa.
Hubo un silencio al otro lado de la línea que se prolongó lo suficiente como para que Bex se preguntara si se había cortado la llamada.
—¿Mamá?
—Estoy procesando la información, Bexley. Dame un segundo. ¿El mismo codirector del que me quejaste hace un mes, el de la fama de televisión?
—Ese mismo.
—Bueno. Cuéntamelo todo, entonces, porque claramente ha habido un desarrollo que no me has contado con el detalle que merece.
Bex se rió, acomodándose en el sofá con las piernas cruzadas, y le contó a su madre una versión editada de los últimos meses, desde la reunión incómoda de la sala de conferencias hasta la noche anterior en el motel, omitiendo los detalles que ninguna hija comparte con su madre por mucho que la insistencia de Diane sugiriera lo contrario.
—Suena complicado —dijo Diane, cuando Bex terminó el relato—. Pero también suena como si por fin hubieras encontrado a alguien capaz de seguirte el ritmo, y eso, cariño, no es poca cosa.
—Todavía no sabemos qué es esto exactamente.
—No hace falta saberlo todo desde el primer día. Eso también es parte de dejarse llevar, aunque a ti nunca te ha gustado esa idea.
Colgaron poco después, con la promesa habitual de hablar el domingo siguiente, y Bex se quedó un rato más en el sofá, con las palabras de su madre resonando de una manera que no esperaba, pensando que quizás, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba tener todas las variables controladas de antemano para permitirse disfrutar de lo que fuera que estuviera empezando a construir.
Su teléfono vibró una vez más antes de que se decidiera a irse a dormir, con un mensaje de Zane que la hizo sonreír a pesar del cansancio acumulado del día.
*Zane: ¿Sigues despierta?*
*Bex: Acabo de colgar con mi madre. Le he contado lo de anoche.*
*Zane: ¿Y ha sobrevivido a la noticia?*
*Bex: Sorprendentemente bien. Creo que le caes mejor a ella que a mí, a estas alturas.*
*Zane: Eso es porque yo no discuto con ella sobre rutas de despliegue a las siete de la mañana.*
*Bex: Todavía.*
*Zane: Descansa, Hargrove. El jueves va a ser un día largo, y quiero que estés lista para lo que sea que traiga ese evaluador.*
Bex dejó el teléfono sobre la mesilla con una sonrisa que no consiguió borrarse del todo mientras apagaba la luz, pensando que, fuera lo que fuera lo que trajera aquel jueves, al menos tenía la certeza tranquila de no tener que enfrentarlo completamente sola, una certeza que apenas unos meses atrás le habría costado imaginar siquiera.