Capítulo 4
La llamada de Marguerite llegó un lunes por la mañana, dos días antes de que el sistema del Panhandle empezara a moverse en serio, y consistió en una sola frase que bastó para que Bex se sentara más recta en la silla: el comité de la Fundación Nacional para la Ciencia iba a enviar a un evaluador a mitad de temporada para revisar el progreso del proyecto sobre el terreno, algo que no habían hecho nunca en los dos años anteriores de financiación.
—¿Cuándo? —preguntó Bex, ya calculando cuántos días tenían para que todo estuviera perfecto.
—Dentro de tres semanas. Y Bexley, por si hace falta que lo diga: esto es lo que decide si hay una tercera fase de financiación o si el proyecto se cierra en septiembre.
No hizo falta que lo dijera, pero lo dijo igualmente, y Bex colgó el teléfono con el estómago convertido en el mismo nudo que llevaba semanas apareciendo cada vez que alguien mencionaba la palabra "financiación".
Se lo contó a Zane esa misma tarde, mientras revisaban juntos el calendario de despliegue en la sala de control, y él, en lugar de la preocupación que ella esperaba, respondió con una calma que a Bex, en ese momento, le pareció casi ofensiva.
—Entonces necesitamos una captura buena antes de que llegue el evaluador. Algo que se pueda enseñar.
—No podemos programar un tornado, Zane.
—No, pero podemos estar en el sitio correcto cuando llegue uno. Y la línea del Panhandle que se está formando tiene toda la pinta de dárnoslo.
Tenía razón, otra vez, y esa fue la razón por la que dos días después las dos unidades salieron de Austin al mismo tiempo, coordinando posiciones a lo largo de una carretera secundaria cerca de Dripping Springs, con las colinas del Hill Country recortadas contra un cielo que había pasado del azul al gris pizarra en menos de una hora.
La noche antes de la salida, Bex se había quedado hasta tarde en la sala de control revisando el modelo una última vez, con Zane sentado a su lado repasando el equipo de la red de comunicación entre las dos unidades, y la conversación había derivado, en algún momento entre calibraciones, hacia un terreno menos profesional del habitual.
—¿Nerviosa por el evaluador? —había preguntado Zane, sin levantar la vista de los cables que estaba comprobando.
—Nerviosa por todo, la verdad. Por el evaluador, por si el sistema del Panhandle no se comporta como predice el modelo, por si mañana llueve tanto que ni siquiera podemos salir al campo.
—Vamos a estar bien. Los dos sabemos leer un cielo mejor que cualquier evaluador que la Fundación pueda mandarnos.
—Eso espero.
—Y si sale mal, que no va a salir, siempre nos queda la opción de sobornarlo con barbacoa. Nunca falla.
Bex se había reído, agradecida por la ligereza en un momento en que la tensión llevaba días acumulándose, y aquella pequeña charla nocturna, aunque breve, se había quedado con ella durante todo el trayecto hacia Dripping Springs, un recordatorio silencioso de que, fuera lo que fuera lo que trajera el día siguiente, no iba a enfrentarlo completamente sola.
Las dos unidades tomaron posiciones a ocho kilómetros de distancia una de otra, comunicándose por radio cada pocos minutos mientras la primera célula de la línea empezaba a organizarse sobre las colinas al oeste, una masa de nubes que ganaba altura con una velocidad que hacía que el aire alrededor pareciera cargado de electricidad estática, del tipo que erizaba los brazos incluso antes de que empezara a relampaguear.
—Unidad Dos a Unidad Uno, tenemos un embudo de condensación a las tres en punto —dijo la voz de uno de los investigadores jóvenes por la radio, con un tono que no conseguía disimular del todo la emoción.
—Recibido, Unidad Dos. Mantened posición y seguid narrando —respondió Zane, ajustando el trípode de la antena con un movimiento seco—. Bex, ¿qué tenemos en el modelo?
—Rotación mesociclónica confirmada. Va a intensificarse en los próximos cinco minutos si sigue el patrón de las últimas dos células.
—¿Nos acercamos?
—Nos acercamos dos kilómetros, no más. Hay una casa a la izquierda de la carretera, tenemos que dejarles margen si esto crece.
Avanzaron por la carretera secundaria con la ventanilla bajada, y Bex sacó medio cuerpo para grabar vídeo con el teléfono mientras Zane conducía despacio, con los ojos fijos alternativamente en la carretera y en la base de la nube, que había empezado a girar sobre sí misma con una lentitud hipnótica.
El primer tornado tocó tierra sobre un campo vacío, levantando una columna de polvo que se alzó varios cientos de metros antes de disiparse en menos de dos minutos, apenas un susurro comparado con lo que llegaría después.
—Eso ha sido un aperitivo —dijo Zane, deteniendo la camioneta en el arcén—. La segunda célula viene con más fuerza.
Tenía razón. Cuarenta minutos más tarde, ya con el equipo reagrupado en un cruce elevado desde el que se dominaba buena parte del valle, la segunda célula produjo un tornado que se mantuvo sobre el terreno durante casi once minutos, ancho y oscuro contra el cielo verdoso, moviéndose despacio sobre campos de heno sin tocar ninguna estructura.
Bex narraba datos sin parar, con la voz firme a pesar de que el corazón le latía con una fuerza que sentía en los oídos, y a su lado Zane hacía lo mismo, coordinando con la Unidad Dos, ajustando la posición de la antena cada pocos minutos para mantener el ángulo óptimo.
—Georgia, ¿estás recibiendo esto en la base? —preguntó Zane por radio, cuando el tornado por fin empezó a perder fuerza.
—Lo estoy recibiendo y lo estoy viendo en el monitor grande, y os digo una cosa: si esto no convence al evaluador de la subvención, nada lo va a hacer.
Fue el día perfecto de trabajo de campo, el tipo de día por el que se aguantaban los otros trescientos sesenta, con tres células distintas produciendo rotación mesociclónica, dos tornados confirmados sobre terreno despejado, y una cantidad de datos limpios que iba a mantener ocupado al equipo entero durante meses.
Cuando la última célula se disipó al anochecer, disolviéndose en una lluvia mansa que olía a tierra mojada y a heno, todo el equipo —Bex, Zane, Dutch, Georgia, que había insistido en salir al campo esa vez en lugar de quedarse en la base, y los dos investigadores jóvenes— terminó reunido en el porche de un bar de carretera a las afueras de Dripping Springs, un sitio con luces de colores colgadas entre los postes y una banda tocando algo con mucho acordeón.
—Por el mejor día de captura de datos en tres años —dijo Zane, levantando una botella de cerveza hacia el centro de la mesa.
—Por eso —repitió el equipo, entrechocando botellas y vasos con un entusiasmo que solo se consigue después de doce horas de adrenalina compartida.
La noche avanzó entre risas, historias de temporadas anteriores contadas y exageradas para la ocasión, y una partida de billar en la que Dutch resultó ser inexplicablemente bueno, ganando cinco partidas seguidas sin cambiar nunca de expresión.
Georgia y los dos investigadores jóvenes se fueron pronto, alegando un madrugón, y poco a poco la mesa se fue vaciando hasta que solo quedaron Bex y Zane, sentados en un banco de madera del porche, compartiendo una última cerveza mientras la banda tocaba algo más lento.
—Hoy ha sido perfecto —dijo Bex, con la cabeza apoyada contra el poste de madera, notando el efecto suave de las dos cervezas de más que se había bebido, una calidez que le soltaba los hombros de una manera que rara vez se permitía.
—Ha sido el mejor día que he tenido en años.
—¿Mejor que Norman?
—Distinto a Norman. No comparo esas dos cosas.
—¿Por qué no?
Zane se giró hacia ella en el banco, y la luz de las bombillas de colores le dibujaba sombras suaves en la cara, borrando algunos años y dejando otros en su sitio.
—Porque Norman fue algo que pasó por accidente, algo que ninguno de los dos planeó y que no supimos manejar. Esto es distinto. Esto lo hemos construido con trabajo, con datos, con ocho semanas de discusiones sobre modelos de predicción. Esto lo elegimos.
—Todavía no hemos elegido nada.
—Yo ya elegí. Lo elegí hace seis años y he pasado desde entonces intentando desaprenderlo, sin mucho éxito, para serte sincero.
El corazón de Bex se movió de un sitio a otro dentro del pecho, un desplazamiento pequeño pero definitivo, y se descubrió inclinándose hacia él sin haber decidido conscientemente hacerlo, guiada por algo más viejo que la razón.
La banda tocaba una versión lenta de algo que Bex no reconoció del todo, con un acordeón melancólico que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones del resto de las mesas del porche, y por un momento, todo lo demás —la subvención, el evaluador, la temporada entera que todavía les quedaba por delante— dejó de existir, reducido a la distancia mínima entre su cara y la de Zane.
—Zane.
—Puedes decirme que no.
—No voy a decirte que no.
El beso, cuando llegó, no fue apresurado.
Zane le puso una mano en la mandíbula con una delicadeza que no encajaba con el resto de él, con esas manos que llevaban todo el día ajustando antenas y cargando equipo, y Bex sintió el sabor a cerveza y a algo más cálido debajo, sintió cómo la banda seguía tocando de fondo, cómo las luces de colores se desenfocaban detrás de sus párpados cerrados.
Se separaron solo lo justo para respirar, con las frentes todavía juntas, y Bex se rió, una risa baja que le salió del pecho antes de que pudiera pensarlo.
—¿Qué? —preguntó Zane.
—Nada. Que llevo ocho semanas fingiendo que no pensaba en esto cada vez que te veía ajustar esa antena.
—Yo llevo seis años.
Salieron del bar de la mano, sin decir mucho más, porque no hacía falta, y condujeron hasta el motel donde el equipo se había alojado esa noche, un edificio de una sola planta con las puertas pintadas de un turquesa desvaído y un cartel de neón que anunciaba habitaciones libres parpadeando contra el cielo ya oscuro.
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