Presión atmosférica Capítulo 3
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Capítulo 3

El almacén olía a café recién hecho y a la grasa de las bisagras que Dutch llevaba una hora engrasando en la puerta trasera de la Unidad Dos, un sonido metálico y regular que se había convertido en la banda sonora habitual de las siete de la mañana desde que empezó la temporada.

Bex llegó con el pelo todavía húmedo de la ducha y una carpeta bajo el brazo, revisando por costumbre la Unidad Uno antes de saludar a nadie, y encontró exactamente donde Zane había prometido el sensor de presión de repuesto, envuelto con cuidado en papel de burbujas y colocado sobre el asiento del copiloto con una nota escrita a mano que decía simplemente "para que no digas que no cumplo mis promesas".

Se guardó la nota en el bolsillo de la chaqueta antes de que nadie pudiera verla, con una sonrisa que le costó controlar, y encontró a Zane inclinado sobre el capó de la Unidad Uno, comprobando los niveles con una linterna frontal que le daba un aire ligeramente ridículo, algo que no pensaba decirle en voz alta.

—Buenos días, Hargrove.

—¿Llevas ahí desde el amanecer?

—Desde las cinco. No confío en esta camioneta desde que se le rompió la correa en Lubbock el año pasado.

—¿Qué pasó en Lubbock?

—Una historia larga que incluye tres horas esperando a una grúa en mitad de un aviso de tornado y a Dutch citando estadísticas de fallos mecánicos para calmarme los nervios, lo cual, para que conste, no funcionó.

Georgia entró por la puerta lateral con una bandeja de vasos de cartón y el móvil pegado a la oreja, discutiendo con alguien del departamento de compras sobre una factura de baterías que llevaba semanas sin aprobarse, y le hizo un gesto a Bex con la mano libre que quería decir, sin necesidad de palabras, "luego hablamos de esto".

—¿Todo listo? —preguntó Bex, revisando la lista de equipo por tercera vez esa mañana, una costumbre que Georgia llamaba "el ritual" y que Bex nunca había sabido cómo dejar.

—Antena calibrada, sensores nuevos instalados, depósito lleno, y Dutch ha comprobado la presión de las cuatro ruedas dos veces porque la primera vez no confiaba en el manómetro.

—El manómetro estaba mal —dijo Dutch, sin levantar la vista de la bisagra—. Lo he comprobado con otro.

—¿Y con el segundo manómetro confías?

—Con el segundo manómetro confío.

Bex cerró la carpeta y se subió al asiento del copiloto de la Unidad Uno, con el portátil ya encendido sobre las rodillas, mientras Zane terminaba de cargar las últimas cajas y Dutch se instalaba detrás con sus auriculares y su tablet, la misma coreografía que llevaban repitiendo desde hacía tres semanas y que ya empezaba a sentirse, para sorpresa de Bex, como algo parecido a una rutina cómoda.

—¿Vas a decirme adónde vamos o es sorpresa? —preguntó Bex, con el portátil abierto sobre las rodillas, comparando su propio modelo con el que Zane había insistido en traer impreso, en papel, como si fuera 1998.

—Vamos al sur. Hacia San Marcos, y luego bajamos según se comporte la línea. Tu modelo tenía razón, por si te interesa saberlo.

—Sé que tenía razón. Lo dice la pantalla.

—También podrías decir "gracias, Zane, por admitirlo en voz alta como un adulto".

—Gracias, Zane, por admitirlo en voz alta como un adulto.

—De nada.

Llevaban cuarenta minutos de carretera y Bex empezaba a notar esa clase de silencio que se acumula entre dos personas que tienen una conversación pendiente y la van postergando kilómetro tras kilómetro, cada uno esperando a que el otro la empiece.

Fue Zane quien cedió primero, en algún punto pasado Buda, cuando el tráfico se abrió y la radio perdió la señal entre estática.

—Norman —dijo, sin más preámbulo, con los ojos fijos en la carretera.

—Vale.

—Me fui porque tenía miedo.

—Eso no es una explicación, es una frase de imán de nevera.

—Dame un minuto, estoy improvisando esto sobre la marcha, no lo tengo ensayado.

Bex cerró el portátil, porque estaba claro que ese modelo de datos iba a esperar.

—Tenía veintiocho años —continuó Zane— y acababa de salir de una relación que había durado toda la carrera, desde primero de universidad hasta el doctorado, la clase de relación que te define tanto que ya no sabes distinguir dónde termina ella y dónde empiezas tú.

Cuando terminó, pasé un año entero sin saber qué hacer con las manos, literalmente.

No sabía ni cómo pedir una cena para uno sin que me diera pena a mí mismo.

—Vaya. Gracias por el contexto.

—Y entonces te conocí, y en veinte minutos delante de un póster supe que ibas a importarme de una manera que no estaba preparado para manejar. Así que hice lo que hacen los cobardes: me acosté contigo y me fui antes de tener que averiguar qué significaba eso.

Bex se quedó mirando el paisaje que pasaba por la ventanilla, campos secos con vacas dispersas bajo un cielo que ya empezaba a acumular cúmulos hacia el suroeste, y esperó a que su propia voz sonara estable antes de hablar.

—Dejaste una nota con mi pintalabios.

—Fue lo único que encontré. Y sí, sé que es la peor forma posible de dejar una nota, lo he pensado muchas veces desde entonces.

—Decía que me buscarías.

—Lo pensaba en serio cuando lo escribí. Luego pasaron tres semanas, y cada día que pasaba hacía que llamarte pareciera más imposible, hasta que se convirtió en algo que ya no sabía cómo arreglar.

Es una explicación patética, lo sé. No la digo para que te parezca bien. La digo porque me la has pedido.

—No te la he pedido.

—Me la pediste hace seis años, con la mirada, cada vez que nos cruzábamos en una conferencia y yo no sabía qué decir.

Bex resopló, mitad risa mitad indignación, porque tenía razón y odiaba que tuviera razón.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora nada. Ahora somos dos codirectores de un proyecto de investigación que van camino de San Marcos a perseguir una línea de tormentas, y yo ya no soy el idiota de veintiocho años que huía de todo lo que le importaba.

—¿Cómo lo sé?

—No lo sabes. Vas a tener que verlo.

Fue una respuesta honesta, más honesta de lo que Bex esperaba, y se quedó con ella durante un rato, mirando por la ventanilla los campos que se sucedían idénticos entre sí, hasta que fue ella quien rompió el silencio esta vez.

—Mi madre quería que fuera meteoróloga de televisión.

—¿En serio?

—Decía que tenía cara para la cámara y que era una lástima desperdiciarla delante de un ordenador. Se lo tomó casi como una ofensa personal cuando elegí el doctorado en lugar de un máster en periodismo.

—¿Y tu padre?

—Mi padre es ingeniero de caminos. Nunca ha entendido del todo a qué me dedico, pero cada vez que hay un tornado en las noticias me llama para preguntarme si estoy en la zona, así que supongo que a su manera lo entiende mejor de lo que admite.

Zane sonrió, con los ojos todavía en la carretera, y algo en su expresión se suavizó de una manera que Bex no le había visto antes, ni siquiera la noche del té de gasolinera.

—Mi padre era piloto de la Fuerza Aérea. Pasó veinte años volando en mitad de tormentas que otras personas intentaban evitar, así que cuando le dije que quería estudiar el tiempo en lugar de volar a través de él, lo consideró una especie de traición menor.

—¿Se le pasó?

—Con los años. Vino una vez a verme trabajar, hace mucho, y se quedó callado todo el día, mirando cómo montábamos la antena, cómo leíamos el cielo antes de que dijera nada el radar. Al final del día me dijo que entendía por qué lo hacía. Fue lo más parecido a un cumplido que me ha hecho nunca.

—¿Sigue volando?

—Se jubiló hace tres años. Ahora cultiva tomates en San Antonio y se queja del calor como si no llevara sesenta años viviendo en Texas.

Bex se rió, una risa fácil que le salió sin pensarlo, y por primera vez desde que habían salido de Austin sintió que el silencio entre ellos ya no pesaba nada, que se había convertido en algo más parecido a comodidad que a tensión sin resolver.

—Dutch, ¿tu familia qué opina de todo esto? —preguntó Bex, girándose hacia el asiento trasero.

Dutch se quitó un auricular, con la misma falta de sorpresa de siempre, como si llevara toda la vida esperando que alguien le hiciera esa pregunta.

—Mi abuela dice que voy a acabar como el tío Earl, que persiguió una tormenta en el sesenta y siete y no volvieron a encontrar el coche.

—¿Es verdad eso?

—No tengo ni idea. Pero es una buena historia y no pienso comprobarla.

•  •  •

Montaron la antena en un cruce de carreteras a las afueras de San Marcos, en un terreno llano rodeado de campos de heno recién cortado, con el cielo al oeste tomando ese color verde grisáceo que Bex llevaba diez años reconociendo con el estómago antes que con los ojos.

Zane trabajaba con una eficiencia que contrastaba con la imagen despreocupada que solía proyectar, ajustando la antena con movimientos rápidos y precisos, gritando números de acimut que Dutch confirmaba desde la tablet sin levantar la vista.

—Base a Unidad Uno, tenéis rotación confirmada a quince kilómetros al noroeste de vuestra posición —dijo la voz de Georgia por la radio, desde el almacén de Austin, donde llevaba el control de los datos que recibían todas las unidades a la vez—. Se está intensificando rápido.

—Recibido —respondió Zane—. Bex, ¿qué dice tu modelo sobre la trayectoria?

—Va a pasar a menos de tres kilómetros de aquí si mantiene el rumbo actual.

—¿Nos quedamos o nos movemos?

Era la pregunta que definía todo el trabajo de campo, la que separaba a los investigadores serios de los temerarios, y Bex la sopesó con la misma atención con la que sopesaba cualquier ecuación.

—Nos quedamos diez minutos más. Necesitamos los datos de la fase de intensificación. Luego nos movemos hacia el este, por si acaso.

—Me parece bien.

El cielo se oscureció con una rapidez que todavía, después de tantos años, le ponía a Bex el vello de los brazos de punta, un verde profundo que se tragaba la luz de la tarde, y a lo lejos, bajo la base de la nube, empezó a formarse un embudo estrecho y blanco que descendía despacio, como si dudara.

—Ahí está —dijo Zane, en voz baja, casi reverente.

—Lo tengo en pantalla.

—Yo lo tengo con mis propios ojos, que es mejor.

El embudo tocó tierra a los pocos minutos, levantando una nube de polvo rojizo del campo cosechado, un tornado pequeño según cualquier escala, apenas un EF1, pero perfecto en su forma, casi elegante en la manera en que giraba sobre el terreno llano.

Bex grababa datos sin apartar los ojos de la pantalla, midiendo velocidades, anotando tiempos, mientras Zane narraba en voz alta para el registro de audio con una calma que no tenía nada que ver con los gritos entusiastas de sus viejos programas de televisión.

—Duración estimada, cuatro minutos. Trayectoria hacia el este-noreste, alejándose de la carretera. Sin estructuras en su camino.

Cuando el embudo se disipó, absorbido de nuevo por la base de la nube, Bex se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración sin notarlo, y soltó el aire de golpe, con una risa que le salió de algún sitio que no controlaba del todo.

—Cuatro minutos y veinte segundos completos de datos limpios —dijo, revisando la grabación—. Es la mejor captura que hemos tenido en dos años.

—Te lo dije. San Marcos.

—No me lo dijiste. Lo decidimos entre los dos.

—Yo sugerí la zona.

—Yo sugerí quedarnos diez minutos más.

—Vale, es un empate, y lo celebramos con lo que sea que Dutch tenga escondido en la nevera de la camioneta.

Dutch, sin apartar la vista de la tablet, levantó una mano con el pulgar hacia arriba, ya adivinando la pregunta.

•  •  •

Esa noche, de vuelta en Austin, con la Unidad Uno aparcada en el almacén y los datos ya subidos al servidor del instituto, Bex se quedó un rato más de lo necesario revisando la grabación, con los auriculares puestos, escuchando la voz tranquila de Zane narrando el tornado una y otra vez.

Había algo en esa voz, en la manera concreta en que decía "sin estructuras en su camino" con el mismo alivio que ella sentía, que le hacía difícil seguir fingiendo que aquello era solo trabajo.

Georgia asomó la cabeza por la puerta de la sala de control, con la chaqueta ya puesta y las llaves del coche en la mano.

—Voy a por comida china, ¿te apuntas?

—Voy en un minuto.

—Bex.

—¿Qué?

—Llevas diez minutos escuchando lo mismo con esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de alguien que ha decidido algo y todavía no se lo ha dicho a sí misma.

Bex se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa, sin negarlo porque no tenía sentido negarlo delante de Georgia, que la conocía mejor que ella misma en la mayoría de los días.

—Todavía no he decidido nada.

—Vale. Cuando lo decidas, avísame, porque llevo una apuesta con Dutch y necesito saber de qué lado ponerme.

—¿Tienes una apuesta con Dutch sobre mi vida amorosa?

—Todo el equipo tiene una apuesta sobre tu vida amorosa. Es lo único emocionante que pasa en este edificio aparte de los tornados.