Capítulo 2 #2
—¿Ves eso? —preguntó él, con el dedo casi tocando el cristal del monitor—. La velocidad radial. Ahí. Entrada y salida en el mismo píxel casi.
—Lo veo.
—Eso es un tornado, Hargrove. Ahora mismo, en este segundo, hay un tornado tocando el suelo a cuarenta kilómetros de aquí y lo estamos viendo antes de que lo confirme nadie sobre el terreno.
Había algo en su voz, una especie de asombro que no había perdido con los años a pesar de todos los tornados que debía de haber visto ya, y Bex reconoció ese mismo asombro en su propio pecho, la razón por la que llevaba diez años sentada delante de pantallas como aquella en lugar de haber elegido cualquier otro campo más cómodo, más lucrativo, menos empeñado en romperle el corazón cada temporada de primavera.
—Por esto lo hago —dijo, casi para sí misma.
—¿El qué?
—Esto. Todo esto. El trabajo, las noches sin dormir, las subvenciones que hay que pelear cada año. Por este segundo exacto, cuando ves algo que nadie más está viendo todavía.
Zane no dijo nada durante un momento, y cuando Bex giró la cabeza para mirarlo, lo encontró observándola a ella y no a la pantalla, con una expresión que no supo leer del todo, algo entre la sorpresa y otra cosa más difícil de nombrar.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Es que llevo seis años pensando que te acordabas de mí como el tipo que se fue sin decir nada, y resulta que sigues siendo exactamente la misma persona que hacía preguntas de verdad delante de un póster en Norman. Eso me gusta. Me gustaba entonces y me sigue gustando ahora.
—Zane.
—No voy a decir nada más. Prometido. Solo quería decirlo una vez, en voz alta, antes de que volvamos a fingir que somos dos colegas profesionales que solo hablan de rotación de mesociclones.
—Somos dos colegas profesionales.
—Que también miramos tornados juntos a las nueve de la noche bebiendo té de gasolinera.
Bex no tuvo una respuesta buena para eso, así que volvió a mirar la pantalla, donde la célula seguía girando, indiferente a todo lo que estaba pasando ochenta kilómetros al este, en una sala pequeña con dos sillas giratorias y demasiado silencio entre dos personas que llevaban seis años sin saber qué hacer la una con la otra.
El eco de gancho se disolvió poco a poco pasada la medianoche, la célula perdió fuerza al cruzar el río, y el aviso caducó sin que ningún tornado llegara a confirmarse sobre el terreno.
Fue, en cierto modo, un final anticlimático, y Bex se descubrió aliviada por ello, porque no estaba segura de tener espacio esa noche para procesar un tornado de verdad además de todo lo demás.
—Debería irme a casa —dijo, apagando el monitor grande—. Mañana hay que terminar la calibración.
—Te acompaño al coche.
—No hace falta.
—Lo sé. Voy de todas formas.
Caminaron juntos por el aparcamiento vacío, bajo unas farolas que atraían polillas del tamaño de una moneda, y cuando llegaron al coche de Bex, Zane se quedó parado a una distancia razonable, con las manos en los bolsillos, sin ninguna intención aparente de acortarla.
—Buenas noches, Hargrove.
—Buenas noches, Kestrel.
Se metió en el coche antes de que él pudiera decir nada más, porque cada minuto adicional en ese aparcamiento era un minuto en el que su cuerpo parecía tener opiniones muy distintas a las de su cabeza, y condujo hasta su apartamento con la radio encendida sin prestar atención a una sola palabra de lo que decían, pensando en un eco de gancho y en un hombro que la había rozado durante dos segundos exactos, y en cómo era posible que seis años y una nota escrita con pintalabios no hubieran bastado para borrar del todo la sensación de que Zane Kestrel seguía siendo, para bien o para mal, la persona que mejor la entendía en cualquier sala en la que entrara.
Cuando Zane se levantó por fin para irse, dos días más tarde, después de otra tarde entera montando la Unidad Dos bajo un sol que no perdonaba a nadie, con la bolsa de tacos vacía arrugada en una mano, se detuvo en la puerta del almacén.
—Hargrove.
—¿Qué?
—Me alegro de que hayamos comido tacos y no hayamos hablado de Norman.
—Yo también.
—Pero vamos a tener que hablar de Norman.
—Lo sé.
Salió silbando algo que sonaba vagamente a una canción de radio, y Bex se quedó en el almacén, rodeada de antenas y cables y el olor a comino que se le había pegado a las manos, pensando que ocho semanas de temporada de tormentas con Zane Kestrel iban a ser mucho más largas, y mucho más peligrosas, de lo que ningún modelo de predicción podía haber calculado.
• • •
Esa noche, ya en su apartamento, Bex se sirvió una copa de vino que no tenía especial intención de terminar y se sentó en el sofá con el portátil abierto sobre las rodillas, fingiendo revisar el calendario de despliegue de la semana siguiente cuando en realidad llevaba diez minutos mirando la misma casilla sin procesar ni una sola palabra.
El apartamento, pequeño pero ordenado con la misma precisión metódica que aplicaba a cualquier otra parte de su vida, tenía las paredes cubiertas de mapas meteorológicos enmarcados, regalos de distintos cumpleaños que Georgia le había ido haciendo a lo largo de los años, cada uno marcando alguna tormenta memorable de temporadas pasadas.
Su teléfono vibró sobre la mesa baja, con un mensaje de un número que no tenía guardado pero que reconoció de inmediato por el prefijo de área.
*Zane: Se me olvidó decirte algo importante hoy.*
Bex se quedó mirando la pantalla un momento, debatiéndose entre la curiosidad y la irritación de que se hubiera tomado la libertad de conseguir su número sin preguntar, aunque sospechaba que Georgia tenía algo que ver en eso.
*Bex: ¿Cómo has conseguido mi número?*
*Zane: Georgia. Dijo que si no te lo pedía yo mismo como un adulto, no pensaba dármelo, así que aquí estoy, siendo un adulto.*
*Bex: ¿Qué se te olvidó decirme?*
*Zane: Que el sensor de presión de repuesto ya está en tu camioneta. Lo dejé esta tarde mientras estabas en la reunión de presupuesto.*
Bex sintió que una sonrisa se le escapaba, casi contra su voluntad, ante lo absurdamente práctico del mensaje después de todo el peso emocional del día.
*Bex: Llevas todo el día actuando como si esto fuera fácil.*
*Zane: No he dicho que sea fácil. He dicho que va a merecer la pena intentarlo.*
No respondió a eso, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa con una mezcla de nervios y algo parecido a la anticipación que no había sentido en mucho tiempo, y se quedó un rato más despierta, escuchando el ruido lejano del tráfico de Austin colándose por la ventana entreabierta, pensando en sensores de presión, en notas escritas con pintalabios, y en la manera extraña en que la vida insistía, a veces, en devolverte exactamente a la persona de la que más te habías esforzado por alejarte.