Capítulo 2
El laboratorio de campo del instituto ocupaba un almacén reconvertido a las afueras de Austin, con dos camionetas equipadas con antenas móviles aparcadas dentro como si fueran animales dormidos.
Bex pasó la semana siguiente a la reunión revisando cada tornillo del equipo de la Unidad Uno, comprobando calibraciones que ya había comprobado en abril, porque tener las manos ocupadas era la única forma que conocía de no pensar en la conversación de la puerta.
*Me alegro de que seas tú.*
—Vas a gastar ese anemómetro de tanto mirarlo —dijo Georgia, apareciendo con dos botellines de limonada de la máquina del pasillo y dejando uno sobre la mesa de trabajo de Bex sin preguntar—. ¿Qué te pasa?
—Nada. Calibraciones.
—Bex. Llevo cuatro años sentada a tu lado. Sé cómo suena tu "nada".
Bex se limpió las manos con un trapo y aceptó la limonada, fría y con demasiado azúcar, la clase de bebida que solo sabía bien en Texas en pleno julio.
—¿Te acuerdas de cuando hice el postdoc en Norman?
—Vagamente. Me hablaste de un profesor terrible y de una barbacoa que te sentó mal.
—También hubo una persona.
Georgia se sentó en el borde de la mesa, con toda la atención repentina de quien huele una historia de verdad.
—Sigue.
—Una conferencia, seis años. Una noche. Por la mañana ya no estaba, dejó una nota escrita con mi pintalabios diciendo que ya me buscaría.
—¿Y te buscó?
—No.
—Qué idiota.
—Y esa persona es Zane.
Georgia se quedó mirándola con la boca ligeramente abierta, el botellín de limonada a medio camino de sus labios, atando cabos con una rapidez que a Bex no le sorprendió en absoluto.
—Espera. O sea que el "no salió bien" de esta mañana era literalmente esto. La nota del pintalabios. Con Kestrel.
—Con Kestrel.
—Bex. Bexley Anne Hargrove. Llevas seis años contándome tus penas de amor con detalle forense y nunca, ni una sola vez, has mencionado que la nota del pintalabios era de Zane Kestrel.
—No es algo de lo que me guste hablar.
—Es algo de lo que deberíamos haber hablado hace mucho, porque explica muchísimas cosas. Explica por qué odias los documentales de tormentas. Explica por qué te pusiste tan rara cuando salió en aquella revista hace dos años.
—No me puse rara.
—Cerraste la pestaña tan rápido que se te cayó el café encima del teclado.
—Era té.
—Bex.
Bex suspiró y se apoyó contra la mesa de trabajo, dejando que el frío metálico le calmara algo en los hombros.
—No pasa nada. Fue hace seis años. Ya lo he superado.
—Claro. Por eso llevas toda la semana revisando anemómetros que ya funcionaban perfectamente.
No tenía respuesta para eso tampoco, así que se bebió la limonada y cambió de tema hacia la lista de piezas que faltaban para la Unidad Dos, y Georgia, que sabía cuándo insistir y cuándo dejarlo, la dejó ir.
• • •
Esa misma tarde, Zane apareció en el almacén sin avisar, con una caja de herramientas en una mano y una bolsa de papel grasienta en la otra que olía a algo frito y delicioso.
—Traje comida —anunció, dejando la bolsa sobre la mesa más cercana—. Tacos de la camioneta que hay en la esquina de Lamar. Dutch dice que son los mejores de la ciudad, y Dutch se equivoca en casi todo menos en tacos.
—No tienes que traerme comida.
—No la traje para ti. Bueno, sí, pero también es para mí, así que técnicamente no es un favor, es solo almuerzo compartido entre colegas.
Bex se acercó, más por curiosidad que por hambre, y vio que había traído suficiente para todo el equipo, incluidos los dos investigadores jóvenes que estaban revisando cables al fondo del almacén y que se acercaron como gaviotas en cuanto olieron la comida.
—¿Qué tal la Unidad Dos? —preguntó Zane, sentándose sobre una caja de embalaje con un taco en la mano, sin ninguna elegancia y sin ninguna preocupación por tenerla.
—Le falta un sensor de presión. Lo pedí hace dos semanas.
—Tengo uno de sobra en mi camioneta. Te lo traigo mañana.
—¿Por qué tienes sensores de presión de sobra en tu camioneta?
—Porque aprendí hace mucho tiempo que el equipo se rompe siempre en el peor momento posible, normalmente a ochenta kilómetros de la tienda más cercana, así que llevo repuestos de todo lo que se puede romper.
Era, tuvo que admitir Bex, una respuesta razonable. Molestamente razonable.
Se sentó en la caja de al lado, a una distancia calculada que no era ni demasiado cerca ni demasiado lejos, y aceptó un taco cuando él le tendió la bolsa.
—¿Cómo es Dutch? —preguntó, por decir algo que no fuera sobre ellos dos.
—Es el mejor ingeniero con el que he trabajado nunca. También es la persona menos impresionable del mundo. Una vez estábamos a cien metros de un tornado EF3 y lo único que dijo fue "el viento viene del noroeste, ajusta la antena dos grados". Ni un grito, ni una palabrota, nada.
—Suena a alguien útil en una crisis.
—Lo es. Yo soy más de gritar primero y ajustar la antena después.
—Eso ya lo sabía.
Zane sonrió con la boca llena, sin ninguna vergüenza, y Bex se sorprendió sonriendo también, un gesto pequeño que se apresuró a esconder detrás del taco.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, después de un silencio que no fue del todo incómodo.
—Depende.
—¿Por qué Georgetown te pareció tan mala idea? Y no me des la respuesta del modelo. Dame la respuesta de verdad.
Bex se limpió los dedos con una servilleta de papel, pensando en cómo formular algo que llevaba dos años sabiendo pero que nunca había dicho en voz alta delante de nadie que no fuera Georgia.
—Porque Georgetown fue donde perseguí mi primer tornado sola, sin supervisor, el segundo año del postdoc.
Y no salió bien. La antena se cayó, perdimos datos de los últimos cuatro minutos antes de que tocara tierra, los minutos más importantes, y mi director de entonces me dijo delante de todo el equipo que había sido descuidada.
No lo fui. Fue mala suerte y un soporte defectuoso.
Pero desde entonces evito esa zona como si tuviera algo personal contra mí.
Zane dejó el taco a medio comer sobre la bolsa de papel, y por un momento no dijo nada, se quedó simplemente mirándola con una atención que a Bex le pareció casi física, como si la estuviera calculando de nuevo, igual que había calculado su póster hacía seis años.
—Entonces no vamos a Georgetown.
—No hace falta que cambies el plan por eso.
—No lo cambio por eso. Lo cambio porque tienes razón en que el sur tiene mejores probabilidades este año, y porque, si te soy sincero, prefiero no perseguir un fantasma tuyo el primer mes de trabajo juntos. Ya tenemos suficientes fantasmas propios de los que ocuparnos.
Bex levantó la vista, sorprendida, y encontró que él ya la estaba mirando, sin la sonrisa fácil de antes, con algo más quieto y más honesto detrás de los ojos.
—¿Fantasmas propios?
—Norman. La nota del pintalabims. Seis años sin llamar.
—No hace falta que hablemos de eso.
—Creo que sí hace falta, en algún momento. No hoy. Pero en algún momento antes de que pasemos ocho semanas metidos en una camioneta juntos, porque si no lo hablamos se va a quedar ahí sentado entre los dos como una tercera persona muy incómoda.
Tenía razón, y eso era lo peor de todo, que Zane Kestrel, seis años más tarde, seguía teniendo la costumbre irritante de decir la cosa más honesta de la sala en el momento menos oportuno.
—Vale —dijo Bex—. En algún momento. Pero no hoy.
—Trato hecho.
Terminaron los tacos hablando de cosas más seguras: el nuevo software de asimilación que Bex quería probar, la manía de Dutch de nombrar cada pieza de equipo con nombres de personajes de wéstern, la cantidad de veces que Zane había tenido que reemplazar un parabrisas por culpa del granizo.
Fue, para sorpresa de Bex, una conversación fácil, del tipo que no tenía en años con nadie que no fuera Georgia.
• • •
El primer aviso de tiempo severo de la temporada llegó un martes por la noche, mientras Bex seguía en el almacén revisando el firmware de la Unidad Uno porque no confiaba en dejarlo a medias antes del despliegue del fin de semana.
El teléfono le vibró sobre la mesa con la alerta del Servicio Meteorológico: vigilancia de tornado para once condados al oeste de Austin, válida hasta la medianoche.
No era su zona de trabajo, no había nada que hacer al respecto salvo mirar, pero mirar era, en el fondo, lo que más le gustaba hacer.
Encendió el monitor grande de la sala de control, el que mostraba el radar en tiempo real proyectado sobre una pantalla del tamaño de una puerta, y se sentó en la silla giratoria con las piernas cruzadas debajo del cuerpo, una postura que Georgia llamaba "modo búho" y que Bex solo adoptaba cuando estaba sola.
No estuvo sola mucho tiempo.
—Vi la luz encendida desde el aparcamiento —dijo Zane, apareciendo por la puerta con dos vasos de plástico que olían a algo con menta—. Té helado. Lo compré en la gasolinera de la esquina, así que no prometo calidad, pero prometo cafeína.
—No tenías que quedarte.
—Tú tampoco, y aun así aquí estás, a las nueve de la noche, mirando una tormenta que ni siquiera está en nuestra zona de estudio.
—Es una célula bonita.
—Es una célula preciosa —corrigió él, dejando el vaso junto al teclado y acercando otra silla sin pedir permiso, lo bastante cerca como para que Bex notara el olor a jabón y a algo de humo de leña que llevaba pegado, como si viniera de una hoguera que se hubiera apagado hacía horas—. Mira esa rotación. Es de manual.
—Va a tocar tierra en menos de diez minutos, si sigue así.
—Cerca de Dripping Springs, diría yo.
—Diría yo lo mismo.
Se quedaron los dos mirando la pantalla, el eco de gancho formándose despacio en el extremo sur de la línea de tormentas, ese garabato que para cualquier otra persona no habría sido más que un remolino de colores y que para ellos dos era casi una frase completa.
Bex sintió el hombro de Zane rozar el suyo cuando se inclinó hacia delante para señalar algo en la pantalla, un contacto tan breve que no debería haber significado nada y que, sin embargo, le subió la temperatura de la piel varios grados.