Presión atmosférica Capítulo 1
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Presión atmosférica

Presión atmosférica

Por Lola Villanueva

© inepub.com

Capítulo 1

El radar Doppler llevaba parpadeando en verde y amarillo durante cuarenta minutos y Bexley Hargrove no había apartado los ojos de la pantalla ni para beber el té helado que se le estaba quedando aguado sobre el escritorio.

En el monitor, una línea de células convectivas avanzaba desde el suroeste, hacia el condado de Hays, con una rotación incipiente que a cualquier persona normal le habría parecido un garabato de colores.

A Bex le parecía la letra de otra persona, una caligrafía que llevaba diez años aprendiendo a leer.

—Si esa cosa gira un poco más rápido vas a tener que ponerle nombre —dijo Georgia Okafor desde el escritorio de al lado, sin levantar la vista de su propio monitor, donde estaba corrigiendo un artículo con tanto entusiasmo como si fuera una lista de la compra.

—No le pongo nombre a las tormentas. Eso es cosa de la tele.

—Tú ves la tele.

—Veo el canal del tiempo. Es distinto.

Georgia soltó una risa corta y se giró en la silla, con los pies descalzos apoyados en el cajón abierto de su mesa.

Llevaba el pelo recogido en un moño que se le deshacía por el calor de julio, aunque el edificio del Instituto de Investigación Atmosférica de Texas tenía el aire acondicionado tan alto que Bex guardaba un cárdigan en el cajón inferior del archivador desde hacía tres años.

—Marguerite quiere verte a las once —dijo Georgia—. Me lo ha dicho Dennis, que se lo dijo Priya, que se lo dijo la propia Marguerite, así que la fuente es fiable.

—¿Sabes de qué es?

—No. Pero ha usado la palabra "financiación" y la palabra "reestructuración" en la misma frase, y eso nunca ha significado nada bueno en la historia de la humanidad.

Bex sintió que el estómago se le apretaba, un nudo pequeño y familiar.

Llevaba dos años dirigiendo el proyecto de modelización de supercélulas del centro de Texas, un trabajo que consistía en cruzar datos de radar con observaciones de campo para mejorar los tiempos de aviso antes de que un tornado tocara el suelo.

Era un trabajo lento, minucioso, hecho de miles de horas frente a una pantalla y unas pocas semanas de temporada en las que salía al campo con un ordenador portátil y una antena, y esas pocas semanas eran las que había que justificar cada año ante un comité que prefería fotos bonitas de tormentas a tablas de datos.

A las once menos cinco se peinó con los dedos, se quitó el cárdigan porque en el despacho de Marguerite el aire acondicionado era más razonable, y llamó a la puerta.

—Adelante.

Marguerite Holt tenía sesenta y tres años, un despacho con vistas al aparcamiento y una forma de sentarse muy recta que hacía que cualquier conversación con ella pareciera una evaluación de desempeño incluso cuando solo estaba comentando el tiempo.

—Siéntate, Bexley.

—Eso ya me preocupa.

—No deberías. O sí, un poco, pero es una preocupación con solución.

Marguerite deslizó una carpeta sobre la mesa.

Bex la abrió y encontró una propuesta de subvención con el membrete de la Fundación Nacional para la Ciencia, un presupuesto a tres años, y un nombre en la casilla de "codirector de proyecto" que hizo que se le olvidara respirar durante un segundo entero.

Zane Kestrel.

—No.

—Bexley.

—No, Marguerite, en serio, no.

—Es la única propuesta que nos han aprobado con financiación completa este año.

Las otras tres las han recortado a la mitad o las han rechazado directamente.

Esta cubre tu proyecto, cubre el sueldo de Georgia, cubre el mantenimiento de las dos antenas móviles que llevas dos años pidiendo, y cubre una plaza de posdoctorado.

Todo eso a cambio de que compartas la dirección de campo con alguien que, según todos los informes que tengo sobre su mesa, es bueno en lo suyo.

—Es un showman.

—Tiene un doctorado del MIT y ha publicado en Journal of Atmospheric Sciences más veces que la mitad de esta planta.

—También tiene un programa de streaming donde se sube al techo de una camioneta y le grita "vamos, nena" a un tornado.

Marguerite juntó las manos sobre la mesa, un gesto que en ella equivalía a decir que la discusión, en su cabeza, ya había terminado.

—El programa terminó hace dos años. Ahora dirige el laboratorio de campo de la Universidad de Oklahoma y, por lo que tengo entendido, se ha mudado a Austin el mes pasado por motivos personales.

La subvención exige que los dos codirectores estén en la misma ciudad durante la temporada de campo.

Así que, afortunada o desafortunadamente, ya está aquí.

—¿Motivos personales?

—Eso no venía en el informe.

Bex se quedó mirando el nombre impreso en la casilla, las letras negras sobre el papel blanco, tan tranquilas como si no llevaran dentro media década de cosas que no le había contado a nadie, ni siquiera a Georgia, que se enteraba de todo antes que la propia Bex.

—¿Cuándo empieza?

—Ya ha empezado. Tiene una reunión con el equipo el jueves a las nueve. Y Bexley —Marguerite esperó a que levantara la vista— sé que hay algo ahí. No necesito saber qué es. Necesito saber que puedes trabajar con él sin que el proyecto se resienta.

—Puedo trabajar con cualquiera.

—Esa frase la dice la gente que no puede trabajar con alguien en concreto.

Bex no tuvo respuesta para eso, así que se llevó la carpeta, le dio las gracias con una educación que no sentía del todo, y salió al pasillo con el corazón latiéndole en un sitio raro, más arriba de donde solía notarlo.

Georgia la interceptó antes de que llegara a su propio escritorio, con la clase de instinto que solo da compartir espacio de trabajo durante cuatro años seguidos.

—Tienes cara de haber visto un fantasma.

—He visto algo peor que un fantasma. He visto un nombre en una casilla de codirector.

—¿De quién?

Bex le tendió la carpeta sin decir nada más, y observó cómo la expresión de Georgia pasaba de la curiosidad genuina a algo mucho más cercano a la fascinación morbosa en cuanto llegó al nombre impreso.

—Zane Kestrel. El de la tele.

—Ya no hace tele.

—Da igual, sigue siendo el de la tele en mi cabeza. ¿Por qué pones esa cara? Pensaba que te caía mal por principios generales, no por nada personal.

—Es complicado.

—Bex, llevamos cuatro años trabajando codo con codo. "Es complicado" no cuela conmigo desde hace por lo menos tres de esos cuatro años.

Bex se dejó caer en su silla, con la carpeta todavía sobre el regazo, sopesando cuánto quería contar de una historia que llevaba seis años guardándose para sí misma con el mismo cuidado con el que guardaba los datos más sensibles de cualquier proyecto.

—Lo conocí antes de venir aquí. En una conferencia. No salió bien.

—¿Cómo de "no salió bien"?

—Del tipo que prefiero no analizar en horario de oficina.

Georgia levantó las cejas, captando la insinuación con una rapidez que no sorprendió a Bex en absoluto, pero tuvo la decencia de no insistir más, limitándose a apretarle el hombro con una solidaridad silenciosa antes de volver a su propio escritorio, dejando que Bex se enfrentara sola, por el momento, a la tarea de decidir cómo iba a sobrevivir a los próximos meses de trabajo compartido con la única persona de todo el campo que sabía exactamente cómo desarmarla con una sola pregunta bien formulada.

•  •  •

Se conocieron en una conferencia en Norman, Oklahoma, hacía seis años, cuando Bex todavía estaba terminando el doctorado y Zane ya tenía fama de ser el tipo que hacía preguntas incómodas en las sesiones de pósters, las que dejaban a los ponentes sudando aunque el auditorio tuviera el aire acondicionado a quince grados.

Bex había presentado un póster sobre asimilación de datos de radar de doble polarización, un tema que solo entendían doce personas en todo el edificio, y Zane se había plantado delante durante veinte minutos haciéndole preguntas que demostraban que las había leído todas, cada una de las citas, cada nota a pie de página.

—Tu modelo falla en los primeros diez minutos de vida de la célula —le había dicho, con las manos en los bolsillos y una camisa de cuadros que le quedaba mejor de lo que debería quedarle una camisa de cuadros a nadie—. ¿Por qué?

—Porque los primeros diez minutos son un caos y todavía no he encontrado la forma de meter el caos en una ecuación.

—Eso es lo más honesto que ha dicho nadie en esta sala en todo el día.

Terminaron la noche en un bar cerca del campus, compartiendo una bolsa de cacahuetes y una discusión sobre si los modelos de predicción a corto plazo estaban sobrevalorados, discusión que continuó en la habitación de hotel de Bex, donde dejaron de hablar de ciencia bastante antes de que amaneciera.

Por la mañana, Zane ya no estaba. Había una nota en el espejo del baño escrita con el pintalabios de Bex —el único bolígrafo que había encontrado, según explicaba la nota— que decía que tenía un vuelo a las seis y que ya la buscaría.

No la buscó. O la buscó mal, porque Bex cambió de universidad para el postdoctorado dos meses después y nunca lo supo, y para cuando volvieron a coincidir en una conferencia, tres años más tarde, Zane llegaba con un anillo de compromiso que no le duró ni el congreso entero, según los rumores, y Bex llegaba con la firme decisión de no dirigirle la palabra más de lo estrictamente necesario.

Lo consiguió. Cuatro conferencias, cero conversaciones que duraran más de un minuto, y una regla no escrita que a Bex le había funcionado bastante bien hasta esa misma mañana, cuando Marguerite había puesto su nombre en una casilla que decía "codirector".

•  •  •

El jueves a las nueve menos dos minutos, Bex entró en la sala de reuniones con un café en la mano —no, un té, se corrigió, porque llevaba tres semanas intentando dejar el café y no pensaba flaquear el mismo día que volvía a ver a Zane Kestrel— y lo encontró ya sentado en la cabecera de la mesa, con las botas cruzadas sobre la silla de al lado y un mapa del centro de Texas desplegado que ocupaba media mesa.

Había cambiado. Seguía teniendo el mismo pelo oscuro que se negaba a quedarse peinado en ninguna dirección concreta, pero los seis años le habían puesto algo de gris en las sienes y una arruga entre las cejas que no tenía antes, la típica de alguien que ha pasado demasiado tiempo mirando el cielo con los ojos entrecerrados.

—Hargrove —dijo, y sonrió como si llevaran seis semanas sin verse en lugar de seis años.

—Kestrel.

—Vaya, seguimos con los apellidos. Qué nostalgia.

—No hay nostalgia. Hay un proyecto que dirigir.

Zane bajó las botas de la silla y se enderezó, y por un segundo, solo uno, algo en su expresión se volvió más serio, más parecido al chico que había hecho preguntas de verdad delante de un póster hacía seis años.

—Sí. Hay un proyecto. Y antes de que entre el resto del equipo, quiero decir una cosa.

—No hace falta.

—Sí hace falta. Me fui mal. Lo sé. No tengo una excusa que suene bien seis años después, así que no voy a intentar inventarme una ahora.

Bex dejó el té sobre la mesa con más cuidado del necesario, buscando algo que hacer con las manos que no fuera cruzarlas.

—No necesito una disculpa, Zane. Necesito un codirector que no convierta esto en un circo. Las cámaras, el estilo de vaquero temerario, todo eso se queda fuera de mi proyecto.

—Ya no hago eso.

—Eso he oído.

—¿Y me crees?

—Te doy el beneficio de la duda hasta la primera vez que subas a una camioneta gritando.

Algo parecido a una sonrisa de verdad, no la de escaparate, le cruzó la cara.

—Trato hecho.

La puerta se abrió y entró Georgia con una bandeja de dónuts que nadie había pedido y una expresión de quien acaba de entrar en mitad de algo interesante, seguida de dos investigadores más jóvenes y de un hombre alto con gorra de béisbol que Bex no reconoció.

—Este es Dutch Callahan, mi ingeniero de instrumentación —dijo Zane, señalando al de la gorra—. Lleva conmigo desde Oklahoma. Es el único que sabe arreglar el radar cuando se cae en mitad de una supercélula, así que tratadlo bien.

—Encantado —dijo Dutch, levantando una mano sin comprometerse a nada más—. He oído hablar mucho de este equipo.

—Espero que sea mentira, lo que sea que hayas oído —dijo Georgia, y le tendió la caja de dónuts como si fuera una ofrenda de paz preventiva.

Bex se sentó al otro extremo de la mesa, lo más lejos posible de Zane sin que resultara evidente, y abrió su portátil.

—Empecemos por el mapa de despliegue —dijo, en el tono más profesional que consiguió reunir—. Tenemos tres zonas prioritarias entre aquí y Dripping Springs, según los patrones de las últimas tres temporadas.

—Tengo otra idea —dijo Zane, y giró el mapa hacia ella con un dedo apoyado en un punto al norte de la ciudad—.

Si nos movemos aquí, cerca de Georgetown, cubrimos el corredor donde se forman la mayoría de las mesociclones de mayo.

Es un poco más lejos de la base, pero el terreno es plano, sin tanto árbol que te tape la vista.

—Mi modelo dice que la actividad se concentra más al sur.

—Tu modelo tiene dos años. Yo tengo datos de este mayo.

—¿De este mayo? Si llevas un mes en la ciudad.

—Un mes es tiempo suficiente si sabes dónde mirar.

Se sostuvieron la mirada un segundo más de lo que exigía la conversación, y Bex fue muy consciente de que toda la sala los estaba observando como quien mira un partido de tenis.

—Podemos cubrir las dos zonas —dijo Georgia, con la voz de alguien acostumbrado a mediar entre gente terca—. Dos vehículos, dos rutas. Se comparan los datos al final de la temporada y el que tenga razón invita a cerveza.

—Me parece bien —dijo Zane.

—A mí también —dijo Bex, aunque por dentro pensaba que iba a pasar la temporada entera demostrando que su modelo no tenía dos años de retraso sobre nada.

La reunión continuó otra hora, entre calendarios de despliegue, listas de equipo y una discusión sobre presupuesto que Dutch resolvió con una calculadora y muy pocas palabras.

Cuando terminó, la sala se vació poco a poco, hasta que solo quedaron Bex, recogiendo sus notas con más lentitud de la necesaria, y Zane, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—¿Puedo decir una cosa más? —preguntó.

—Depende de la cosa.

—Me alegro de que seas tú. De todas las personas con las que Marguerite podría haberme puesto a dirigir esto, me alegro de que seas tú.

Bex cerró el portátil con un chasquido innecesariamente fuerte.

—Eso no cambia nada.

—No he dicho que cambiara nada. He dicho que me alegro.

Se fue antes de que ella encontrara una respuesta, y Bex se quedó de pie junto a la mesa, con el mapa de Georgetown todavía desplegado, pensando que seis años deberían haber sido tiempo suficiente para dejar de sentir ese nudo raro en el estómago cada vez que alguien decía su apellido con esa voz concreta.

No lo habían sido.