Capítulo 29
Las cosas que empiezan a doler cuando importan demasiado
Emma odiaba discutir.
Lo odiaba porque normalmente significaba gritos.
Puertas cerrándose fuerte.
Miedo.
Pero esto era diferente.
Y quizá por eso dolía más.
Porque con Nicolás no había gritos.
Solo distancia.
Y Emma empezaba a descubrir que eso podía romperte igual.
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Todo comenzó por algo pequeño.
Ridículamente pequeño.
Nico llevaba dos días extraño.
Más callado de lo normal.
Contestando tarde.
Perdiéndose dentro de su cabeza otra vez.
Emma intentó no darle demasiadas vueltas.
De verdad.
Pero el problema de querer mucho a alguien era ese:
Empezabas a notar incluso sus silencios diferentes.
Aquella tarde entró al estudio y lo encontró tatuando.
La música sonaba baja.
Martín hablaba con un cliente cerca de la puerta.
Y Nicolás…
ni siquiera levantó la vista al verla entrar.
Emma sintió algo incómodo en el pecho inmediatamente.
—Hola —murmuró acercándose.
—Hola.
Corto.
Demasiado corto.
Emma se quedó quieta unos segundos.
Esperando.
Pero Nico volvió a concentrarse en el tatuaje sin decir nada más.
Valeria levantó lentamente la vista desde el sofá.
Y Emma pudo notar inmediatamente que ella también sentía la tensión.
—Bueno —murmuró Martín levantándose—. Creo que voy a… desaparecer.
—Yo también —dijo Valeria rápidamente.
Literalmente huyeron.
Traidores.
Emma observó a Nicolás unos segundos más.
—¿Estás enfadado conmigo?
Él suspiró despacio sin dejar de trabajar.
—No.
Mentira.
Emma lo conocía ya lo suficiente para saber cuándo mentía.
—Entonces ¿qué pasa?
Silencio.
Nicolás terminó finalmente el trazo y dejó la máquina a un lado.
El cliente fue a la recepción con Martín.
Y entonces el estudio quedó demasiado silencioso.
Nico seguía sin mirarla.
Emma sintió el pecho apretarse más.
—Nico.
Él pasó una mano por su nuca antes de responder.
—Ayer fuiste a casa sola.
Emma frunció ligeramente el ceño.
—Sí… porque tenía sueño.
—Eran casi las once.
Emma parpadeó confundida.
—¿Y?
Ahora sí la miró.
Y Emma notó inmediatamente algo raro en su expresión.
Miedo.
Pero mezclado con enfado.
—¿Y si te pasaba algo?
Emma abrió un poco los ojos.
Ah.
Así que era eso.
—Nico…
—No me avisaste cuando llegaste.
Su voz salió más seca ahora.
Más tensa.
Emma dejó la mochila lentamente sobre el sofá.
—No pensé que fuera para tanto.
—Pues lo es para mí.
El silencio cayó entre los dos.
Emma sintió algo extraño dentro del pecho.
Porque entendía su preocupación.
De verdad.
Pero también…
también estaba cansada de sentir que debía explicarse constantemente.
Aunque Nico no fuera Adrián.
Aunque esto fuera distinto.
—No quiero que me controles —murmuró bajito.
Y en cuanto las palabras salieron…
vio cómo la expresión de Nicolás cambiaba.
Completamente.
Como si acabara de golpearlo.
Emma sintió el arrepentimiento inmediatamente.
—Nico, yo no quería decir—
—No soy él.
La frase salió baja.
Pero dolió igual.
Emma sintió el corazón romperse un poco.
Porque claro que él sabía en quién estaba pensando.
Nicolás dio un paso atrás.
Y aquello fue peor que cualquier grito.
—Solo estaba preocupado por ti.
Emma tragó saliva rápidamente.
—Ya lo sé.
Pero Nico ya estaba cerrándose otra vez.
Emma odiaba cuando hacía eso.
Cuando levantaba murallas porque sentía demasiado.
—No quería decir que fueras como Adrián.
—Pero lo pensaste.
Silencio.
Emma no supo responder.
Porque quizá una parte asustada de ella sí lo había pensado durante un segundo.
Y Nicolás lo entendió inmediatamente.
Eso fue lo peor.
Él bajó la mirada un instante.
Y Emma sintió el pecho apretarse fuerte.
—Joder… —murmuró ella acercándose—. Nico, mírame.
Él tardó unos segundos.
Pero finalmente levantó la vista.
Y Emma vio algo vulnerable ahí.
Algo herido.
—Tú nunca me has hecho daño —dijo ella rápidamente—. Nunca.
Nicolás respiró lento.
Como intentando calmar algo dentro de sí mismo.
—Entonces ¿por qué sentiste eso?
Emma sintió lágrimas de frustración subirle a los ojos.
Porque no sabía explicarlo.
Porque el miedo no siempre tenía sentido.
Porque a veces el pasado volvía aunque estuvieras con alguien bueno.
—Porque todavía estoy aprendiendo a no tener miedo —susurró finalmente.
El silencio se volvió pesado.
Y algo en la expresión de Nico se rompió apenas al escuchar eso.
Emma notó cómo toda la tensión en él desaparecía lentamente.
Reemplazada por culpa.
—Emma…
Ella negó rápidamente.
—No, escucha. No es culpa tuya.
Su voz temblaba ahora.
—Solo… a veces mi cabeza vuelve ahí y odio que pase.
Nicolás cerró los ojos un segundo.
Y cuando volvió a abrirlos parecía devastado.
—Lo último que quiero es hacerte sentir así.
Emma ya estaba llorando un poco.
Maldita sea.
—Lo sé.
Él dio un paso hacia ella esta vez.
Lento.
Cuidadoso.
Como si tuviera miedo de acercarse demasiado.
—Ven aquí.
Emma no dudó.
Se acercó inmediatamente y Nicolás la abrazó fuerte contra él.
Y el pecho le dolió más todavía.
Porque aquello no se sentía como Adrián.
Nunca.
Nico escondió la cara un segundo contra su cabello.
—Perdón por ponerme así.
Emma negó suavemente contra su pecho.
—Y perdón por compararte con alguien que no eres.
El silencio cayó otra vez.
Pero distinto ahora.
Más triste.
Más honesto.
Nicolás levantó lentamente una mano hasta su mejilla secándole una lágrima con el pulgar.
Y Emma juró que nunca lo había visto mirarla así.
Como si odiara la idea de hacerle daño incluso accidentalmente.
—Vamos a hacerlo mal a veces —murmuró él.
Emma soltó una pequeña risa triste.
—Qué discurso tan romántico.
Eso consiguió sacarle una sonrisa mínima.
Y Nico apoyó su frente contra la de ella.
—Pero quiero aprender contigo igualmente.
El corazón de Emma se apretó tan fuerte que casi dolió.
Porque quizá eso era amar a alguien de verdad.
No no fallar nunca.
Sino quedarse incluso cuando las cosas se volvían difíciles.