Playlist para ignorarme Capítulo 23
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Capítulo 23

El lugar donde siempre vuelve

La película terminó demasiado rápido.

O quizá Emma simplemente dejó de prestarle atención después del segundo beso.

Probablemente eso.

Ahora estaban sentados todavía en la parte trasera del coche mientras las luces del autocine comenzaban a apagarse poco a poco alrededor.

Emma seguía envuelta en la manta.

Y Nicolás seguía demasiado cerca.

No quejándose ninguno de los dos.

—¿Sabes qué es triste? —murmuró Emma.

Nico levantó apenas la vista hacia ella.

—¿Qué?

—Que no sé ni cómo terminó la película.

Él soltó una risa baja.

Ese tipo de risa pequeña que Emma adoraba porque aparecía pocas veces.

—El protagonista sobrevivía.

—Spoiler.

—Ya da igual.

Emma sonrió mirándolo de reojo.

Y entonces Nico hizo algo raro.

Miró la hora en el móvil.

Como si estuviera pensando algo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él dudó apenas un segundo.

—Quiero enseñarte un sitio.

Emma sintió curiosidad inmediatamente.

—¿Ahora?

—Sí.

Ella arqueó una ceja divertida.

—¿Me vas a secuestrar?

—Depende. ¿Trajiste snacks?

Emma soltó una risa.

Y Nico sonrió apenas satisfecho de haberlo conseguido.

---

El trayecto esta vez fue más silencioso.

Pero cómodo.

Emma iba mirando las luces de la ciudad pasar mientras la música sonaba bajito de fondo.

Y cada pocos minutos notaba a Nico mirándola.

Como si todavía no terminara de creerse que ella estaba ahí.

Emma tampoco terminaba de creérselo.

Después de todo lo que había pasado…

seguía pareciéndole raro sentirse feliz sin miedo inmediatamente después.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuró ella.

Nico asintió apenas mientras conducía.

—Siempre pareces sorprendido cuando te digo algo bonito sobre ti. ¿Por qué?

Silencio.

Nicolás tardó un poco en responder.

—Porque no estoy acostumbrado.

Aquello le dolió más de lo que esperaba.

Emma observó el perfil de su rostro iluminado por las luces de la carretera.

—Pues deberías.

Él soltó una pequeña risa sin humor.

—No soy tan fácil de querer, Emma.

Ella sintió el pecho apretarse inmediatamente.

Porque ahí estaba otra vez.

Ese miedo escondido dentro de él.

Emma bajó un poco la voz.

—Eso no lo decides tú.

Nicolás la miró apenas un segundo.

Y algo en su expresión se suavizó.

Como si escucharla decir eso le afectara más de lo que quería admitir.

---

Cuando el coche finalmente se detuvo, Emma miró alrededor confundida.

—¿Un mirador?

Nico apagó el motor lentamente.

—Sí.

Emma salió del coche y el aire frío le golpeó el rostro inmediatamente.

Pero entonces vio la vista.

Y dejó de respirar un segundo.

La ciudad brillaba completamente abajo.

Las luces extendiéndose en la oscuridad.

El cielo lleno de estrellas suaves sobre ellos.

Era precioso.

Demasiado.

—Nico…

Él se acercó despacio metiéndose las manos en los bolsillos.

Y Emma notó algo raro.

Parecía nervioso.

—Venía aquí mucho antes —murmuró mirando las luces—. Cuando necesitaba pensar.

Emma lo observó en silencio.

Porque Nico no hablaba demasiado de sí mismo.

Y cuando lo hacía…

ella prestaba atención de verdad.

Él se apoyó contra la barandilla del mirador.

—Cuando estaba enfadado. O cansado. O simplemente… perdido.

Emma caminó lentamente hasta ponerse a su lado.

—¿Y funcionaba?

Nico pensó un segundo.

—A veces.

El viento movió ligeramente su cabello oscuro.

Emma no apartó la mirada de él.

Porque había algo íntimo en ese momento.

Algo importante.

—Nadie más conoce este sitio —añadió él bajito.

El corazón de Emma dio un salto.

—¿En serio?

Nicolás asintió lentamente.

—Supongo que quería enseñártelo.

Emma sintió calor en el pecho pese al frío.

Porque entendía lo que eso significaba.

No era solo un lugar.

Era una parte de él.

Una que normalmente escondía.

Emma apoyó los brazos sobre la barandilla junto a él observando la ciudad.

—Entonces me siento importante ahora.

Nico giró apenas la cabeza hacia ella.

Y la forma en que la miró hizo que el corazón se le descontrolara completamente.

—Lo eres.

Silencio.

Emma dejó de respirar correctamente.

Porque Nicolás decía las cosas más devastadoras del mundo con la naturalidad de quien comenta el clima.

Ella soltó una pequeña risa nerviosa mirando hacia abajo.

—No puedes decir esas cosas así porque sí.

—¿Por qué?

—Porque me da un infarto.

Eso consiguió hacerlo reír otra vez.

Y Emma pensó que probablemente haría cualquier cosa por escuchar más esa risa.

El viento se volvió un poco más fuerte.

Emma se abrazó a sí misma automáticamente.

Nico la observó un segundo antes de quitarse la sudadera.

—Toma.

Emma abrió un poco los ojos.

—Vas a congelarte.

—No exageres.

—Nico—

Él ya la estaba colocando sobre sus hombros igualmente.

Y Emma se quedó callada.

Porque olía a él.

A café.

A colonia suave.

Y a algo cálido que empezaba a sentirse peligrosamente parecido a hogar.

Nicolás volvió a apoyarse junto a ella.

Muy cerca esta vez.

Los hombros rozándose apenas.

Emma levantó la vista hacia las estrellas.

—¿Sabes qué me da miedo? —preguntó de repente.

Nico la miró inmediatamente.

—¿Qué cosa?

Emma dudó.

Pero terminó hablando igual.

—Que un día todo esto desaparezca.

El silencio cayó lentamente entre los dos.

Nicolás bajó la mirada hacia ella.

Y Emma sintió el pecho apretarse porque sabía que él entendía exactamente de qué hablaba.

Las cosas buenas siempre parecían temporales.

Frágiles.

Como si el mundo tarde o temprano encontrara una forma de romperlas.

Nico respiró despacio antes de hablar.

—Yo también tengo miedo de eso.

Emma lo miró sorprendida.

Él sonrió apenas.

Triste.

—Pero creo que contigo… quiero intentarlo igual.

El corazón de Emma prácticamente dejó de funcionar.

Porque Nico nunca prometía cosas imposibles.

Nunca decía “para siempre”.

Pero aquello…

aquello era más honesto.

Más real.

Emma se acercó lentamente a él.

Y Nicolás levantó una mano hacia su rostro inmediatamente.

Como si fuera algo natural ya.

Sus dedos acariciaron suavemente su mejilla.

Y Emma cerró los ojos apenas un segundo.

—Gracias por traerme aquí —susurró.

Nico apoyó su frente contra la de ella.

La ciudad brillando detrás.

El viento alrededor.

Y el mundo entero sintiéndose muy pequeño.

—Gracias por quedarte —murmuró él.

Y Emma entendió algo en ese instante.

Nicolás siempre había sido alguien acostumbrado a estar solo.

Pero ahora…

ya no quería volver ahí.