Capítulo 13
El silencio después de aquellas palabras fue distinto a todos los anteriores.
No incómodo.
No tenso.
Peligroso.
Nicolás seguía con la frente apoyada contra la de Emma, respirando despacio, como si estuviera intentando no romper algo dentro de él.
Emma no se movía.
Ni siquiera podía.
Porque si lo hacía, todo cambiaría.
—No sabes lo que dices —murmuró él muy bajo.
Pero su voz ya no sonaba firme.
Sonaba… derrotada.
Emma tragó saliva.
—Sí lo sé.
Nico soltó una risa mínima, casi incrédula.
—No.
Sus dedos seguían cerca de su rostro.
Sin tocarla del todo.
Como si estuviera luchando contra sí mismo.
—No debería estar aquí contigo ahora —dijo él.
Emma sintió un pinchazo en el pecho.
—Pero estás.
Nicolás cerró los ojos un segundo.
Como si eso fuera exactamente el problema.
—Emma…
Su nombre sonó distinto en su boca.
Más pesado.
Más real.
Ella dio un paso más cerca sin pensarlo.
Y entonces ya no hubo espacio.
Solo aire compartido.
Respiraciones mezclándose.
Nicolás abrió los ojos lentamente.
Y esta vez no apartó la mirada.
Emma sintió que algo dentro de ella se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
—Si hago esto… —murmuró él.
Se detuvo.
Emma esperó.
El mundo entero pareció detenerse con ellos.
Nico bajó la mirada hacia sus labios apenas un segundo.
Y volvió a subirla.
—…después no voy a poder alejarme.
Emma sintió el corazón golpeándole tan fuerte que dolía.
Pero no retrocedió.
Ni un milímetro.
—Entonces no lo hagas —susurró ella.
Eso fue suficiente.
Nicolás soltó una respiración rota.
Y por primera vez dejó de resistirse.
Sus dedos subieron despacio hasta su mejilla, sosteniéndola con cuidado, como si Emma fuera algo frágil.
Demasiado frágil.
Emma cerró los ojos justo cuando él se acercó.
El primer contacto fue suave.
Dudoso.
Como si ambos tuvieran miedo de que no fuera real.
Pero después dejó de serlo.
El beso se volvió más firme.
Más consciente.
Más lleno de todo lo que no habían dicho en semanas.
Emma sintió cómo el pecho se le llenaba de algo cálido y abrumador al mismo tiempo.
Como si por fin alguien hubiera dejado de irse.
Nicolás la sostuvo con más fuerza, sin hacer daño, solo… como si necesitara asegurarse de que estaba ahí.
Emma llevó una mano a su sudadera, agarrándola como si fuera lo único estable en el mundo.
Y por un segundo larguísimo…
No existió Adrián.
No existió el miedo.
Solo él.
Solo ellos.
Cuando se separaron, fue despacio.
Como si ninguno quisiera realmente hacerlo.
Emma abrió los ojos lentamente.
Nicolás seguía tan cerca que podía sentir su respiración contra sus labios.
Y por primera vez en mucho tiempo…
No había miedo en su mirada.
Solo algo muy parecido a la verdad.
—Ya no puedo fingir que no siento esto —murmuró él.
Emma sintió un nudo en la garganta.
Pero esta vez no era dolor.
Era todo lo contrario.
—No quiero que lo hagas —susurró ella.
Nicolás cerró los ojos un instante, apoyando la frente otra vez contra la suya.
Pero ahora era distinto.
Ya no era lucha.
Era rendición.
—Esto va a complicarse —dijo él muy bajo.
Emma sonrió apenas, todavía temblando.
—Ya lo es.
Desde dentro del piso se escuchó un golpe.
—¡OS ESTOY OYENDO, ROMÁNTICOS! —gritó Valeria.
Emma soltó una risa ahogada.
Nicolás también, bajito.
Y por primera vez en mucho tiempo…
El mundo no dolía tanto.