Capítulo 11
Emma seguía temblando incluso después de que Adrián desapareciera.
Nicolás podía sentirlo.
La tenía abrazada contra él mientras ella intentaba respirar con normalidad y aun así el cuerpo le seguía temblando entre los brazos.
Y aquello le estaba rompiendo algo por dentro.
Porque cuando escuchó la voz de Emma pidiendo ayuda… sintió un miedo que jamás había sentido antes.
Uno que todavía seguía clavado en el pecho.
—Vamos a casa —murmuró suavemente apartándole un mechón de cabello del rostro.
Emma asintió apenas.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y el brazo marcado por los dedos de Adrián.
Nicolás apretó la mandíbula al verlo.
Le daban ganas de volver atrás y romperle la cara.
Pero Emma lo necesitaba tranquilo ahora.
No violento.
Así que respiró hondo varias veces antes de tomarle la mano.
—Ven.
Emma no la soltó.
Y eso le dolió bonito.
Porque significaba que confiaba en él incluso después del miedo.
El coche estuvo en silencio casi todo el camino.
Martín había mandado veinte mensajes seguidos preguntando dónde estaban.
Valeria llamó tres veces.
Nicolás respondió solo una:
“Está conmigo.”
Emma iba mirando por la ventana abrazándose a sí misma.
Seguía demasiado callada.
—¿Te duele algo? —preguntó Nico después de unos minutos.
Ella dudó antes de responder.
—No mucho.
Mentira.
Se le notaba en la voz.
Nicolás sostuvo el volante con más fuerza.
—Voy a matarlo algún día.
Emma giró la cabeza inmediatamente.
—No digas eso.
—Lo digo en serio.
Ella lo observó unos segundos.
Y luego, muy despacio, apoyó la cabeza contra la ventana otra vez.
—Gracias por venir.
Aquello le apretó el pecho de inmediato.
Nicolás tragó saliva.
—Siempre voy a ir si me necesitas.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era incómodo.
Emma cerró un momento los ojos intentando controlar la ansiedad todavía instalada en el cuerpo.
Y Nicolás no apartó la mirada de ella ni un segundo más de lo necesario.
Como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.
Que estaba bien.
Cuando llegaron al edificio de Martín, Emma frunció un poco el ceño.
—¿Por qué estamos aquí?
—Porque si te dejo sola ahora Valeria me mata.
Eso consiguió sacarle una sonrisa pequeña y cansada.
Y sinceramente… Nico habría hecho cualquier cosa por volver a verla sonreír después de cómo la encontró.
Subieron rápidamente las escaleras.
Antes siquiera de tocar la puerta, esta se abrió de golpe.
Valeria apareció primero.
Y apenas vio a Emma, corrió hacia ella.
—¡Dios mío!
La abrazó tan fuerte que Emma casi pierde el equilibrio.
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo? ¿Te duele algo?
Las preguntas salían tan rápido que apenas se entendían.
Emma terminó soltando una pequeña risa llorosa.
—Valeria respira.
Pero Valeria ya estaba llorando también.
—Te juro que voy a atropellarlo.
—La tercera vez que dices eso esta semana —murmuró Martín desde detrás.
Emma levantó la vista.
Todos estaban ahí.
Martín.
Vera.
Incluso Clara había llegado hacía poco y seguía con expresión horrorizada.
Y por primera vez en mucho tiempo… Emma no se sintió sola.
Clara fue la siguiente en abrazarla.
—Casi me muero del susto.
—Lo siento…
—No te disculpes por eso jamás.
Emma sintió otro nudo en la garganta.
Nicolás permanecía un poco más atrás observando todo en silencio.
Todavía tenso.
Todavía enfadado.
Vera fue quien se acercó después más despacio.
—¿Quieres agua? ¿O té?
Emma sonrió apenas.
—Té suena bien.
Vera asintió y desapareció hacia la cocina sin hacer más preguntas.
Y honestamente, Emma agradeció eso muchísimo.
Martín se acercó luego con expresión seria por primera vez en la vida.
—¿Quieres que vayamos a denunciarlo?
Emma bajó la mirada.
El silencio respondió solo.
Porque tenía miedo.
Miedo de que nadie la creyera.
Miedo de hacerlo peor.
Miedo de Adrián.
Nicolás notó inmediatamente cómo se tensó.
—No tiene que decidirlo ahora —dijo él antes de que nadie insistiera.
Emma levantó la vista hacia él.
Y ahí estaba otra vez.
Ese tono suave que solo usaba con ella.
Como si intentara sostenerla incluso cuando no la tocaba.
Valeria suspiró secándose las lágrimas.
—Bueno. Entonces esta noche nadie duerme solo.
—Suena ligeramente sectario —murmuró Martín.
—Cállate.
Emma terminó sentándose en el sofá rodeada de mantas mientras Vera le acercaba una taza caliente.
Todo el mundo hablaba bajito alrededor.
Intentando distraerla.
Intentando hacerla sentir segura.
Y poco a poco… funcionaba.
Muy poco.
Pero funcionaba.
Nicolás seguía de pie cerca de la ventana.
Emma lo observó unos segundos.
Y entonces notó algo.
Él también temblaba un poco.
Como si hubiera contenido demasiadas emociones de golpe.
Emma se levantó despacio del sofá.
—¿Nico?
Él giró la cabeza inmediatamente.
—¿Sí?
Emma dudó apenas un segundo antes de acercarse.
Y abrazarlo.
Sintió cómo Nico se quedaba completamente quieto.
Sorprendido.
Porque Emma nunca iniciaba contacto así.
Pero después de un instante, él la abrazó de vuelta lentamente.
Con cuidado.
Como si tuviera miedo de romperla.
Emma escondió la cara contra su pecho cerrando los ojos.
Y por primera vez desde que todo pasó… el miedo empezó a desaparecer un poco.
—Gracias —susurró.
Nicolás apoyó apenas la cabeza sobre la de ella.
Y cuando habló, su voz sonó rota.
—Casi no llego a tiempo.
Emma apretó suavemente la tela de su sudadera entre los dedos.
—Pero llegaste.
Y Nicolás cerró los ojos un instante porque jamás nadie había dicho algo capaz de destrozarlo y arreglarlo al mismo tiempo.