Capítulo 9
Lo que asusta de verdad
Nicolás Romero estaba empezando a cometer un error.
Uno enorme.
Lo supo exactamente en el momento en que encontró el dibujo de Emma guardado cuidadosamente dentro de su mochila.
Porque eso significaba que lo había llevado consigo.
Y no debería importarle tanto.
Pero importaba.
Demasiado.
Nico soltó un suspiro cansado mientras se dejaba caer sobre la silla del estudio.
Eran casi las once de la noche.
Su hermano ya se había ido.
La música sonaba bajito desde un altavoz viejo.
Y él seguía pensando en Emma.
Otra vez.
En la forma en que sonrió cuando vio el dibujo.
En cómo se le iluminaban los ojos hablando de libros.
En la manera en que empezaba a relajarse poco a poco cerca de ellos.
Especialmente cerca de él.
Mierda.
Eso era exactamente lo que lo ponía nervioso.
Porque Emma empezaba a confiar en él.
Y Nico no estaba seguro de ser alguien en quien valiera la pena confiar.
Se pasó una mano por el rostro cansadamente.
No podía hacer esto.
No con ella.
Emma era demasiado…
Buena.
Suave.
Rota de maneras que él entendía demasiado bien.
Y Nico sabía lo que pasaba cuando alguien como ella se acercaba demasiado a alguien como él.
Terminaban saliendo heridos.
Siempre.
Escuchó abrirse la puerta del estudio.
—Sigues aquí.
Martín entró cargando una bolsa de comida y frunció el ceño al verlo.
—Tienes cara de protagonista deprimido.
—Gracias.
Martín dejó las cosas sobre el mostrador.
—¿Qué hiciste ahora?
Nico soltó una risa seca.
—Nada.
—Exactamente esa cara significa problemas emocionales.
Nicolás apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Alguna vez te pasó que alguien empieza a gustarte y automáticamente quieres salir corriendo?
Martín abrió mucho los ojos dramáticamente.
—OH DIOS MÍO. ESTÁS ENAMORADO.
—Cállate.
—¡NICO ROMERO TIENE SENTIMIENTOS!
Nicolás le lanzó un paquete de servilletas a la cabeza.
Martín seguía riéndose.
—Era hora ya.
—No tiene gracia.
Y no la tenía.
Porque mientras más tiempo pasaba con Emma… más miedo le daba.
No por ella.
Por él mismo.
Porque Nico sabía perfectamente la clase de persona que era.
Callado.
Complicado.
Demasiado acostumbrado a encerrarse solo.
No era alguien fácil de querer.
Y Emma ya había sufrido suficiente por culpa de un idiota.
No necesitaba otro problema emocional.
—¿Le gustas también? —preguntó Martín sentándose frente a él.
Nico se quedó en silencio unos segundos.
Luego soltó una risa pequeña sin humor.
—Sí.
Porque era obvio.
La forma en que Emma lo miraba empezaba a dolerle un poco.
Como si realmente pudiera ver algo bueno en él.
Y Nico no sabía qué hacer con eso.
Martín lo observó más serio ahora.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Nicolás bajó la mirada hacia sus manos llenas de tinta.
—No quiero hacerle daño.
Martín suspiró lentamente.
—Nico…
—Lo digo en serio.
Su voz salió más baja.
Más honesta de lo que pretendía.
—Ella ya pasó por demasiado.
El silencio cayó unos segundos.
—Tú no eres Adrián —dijo Martín finalmente.
Nico apretó la mandíbula.
No.
Pero a veces sentía que tenía demasiadas cosas rotas dentro como para acercarse a alguien como Emma sin terminar arruinándolo.
Y eso bastaba para asustarlo.
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Emma notó el cambio casi inmediatamente.
Porque Nicolás empezó a alejarse.
Primero fueron cosas pequeñas.
Tardaba más en responder mensajes.
Hablaba menos.
Ponía excusas para no quedarse después de clases.
Y Emma intentó convencerse de que estaba imaginándolo.
Hasta que llegó el viernes.
Estaban todos en el estudio como siempre.
Valeria discutiendo con Martín.
Vera leyendo en silencio.
Emma sentada sobre el sofá con un libro.
Y Nicolás…
Nicolás ni siquiera la había mirado casi en toda la tarde.
Emma fingía leer.
Pero llevaba cinco minutos atrapada en la misma página otra vez.
Porque podía sentirlo.
La distancia.
Y dolía muchísimo más de lo que debería.
—Voy por café —murmuró ella finalmente levantándose.
Nadie respondió demasiado.
Solo Nico levantó la vista un segundo.
Y volvió a apartarla inmediatamente.
Eso terminó de romperle algo.
Emma salió del estudio intentando ignorar el nudo horrible en el pecho.
El aire frío de la calle le golpeó la cara.
Perfecto.
Ahora iba a llorar por un chico emocionalmente inaccesible.
Qué humillante.
Escuchó la puerta abrirse detrás de ella unos segundos después.
No necesitó girarse para saber quién era.
—Emma.
La voz de Nicolás sonó más baja de lo normal.
Ella respiró hondo antes de voltearse.
—¿Qué?
Nicolás estaba apoyado junto a la puerta del estudio con las manos dentro de los bolsillos.
Parecía incómodo.
Y Emma descubrió que odiaba verlo así.
Porque significaba que algo malo venía después.
—¿Hice algo? —preguntó ella finalmente.
Él frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—Llevas días raro conmigo.
Silencio.
Nicolás apartó la mirada hacia la calle.
Y eso dolió todavía más.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Él tardó demasiado en responder.
Emma sintió el pecho cada vez más apretado.
—Nico.
Él cerró los ojos un segundo.
Como si estuviera cansado.
—Creo que esto está siendo mala idea.
Emma sintió que el corazón se le caía al suelo.
—¿Qué cosa?
Nicolás volvió a mirarla.
Y había algo triste en sus ojos.
Algo que casi parecía miedo.
—Tú y yo.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Emma intentó ignorar cómo le temblaban las manos.
—No entiendo.
Y era verdad.
Porque hasta hacía unos días él la miraba como si quisiera quedarse cerca.
Entonces ¿por qué estaba huyendo ahora?
Nicolás tragó saliva lentamente.
—Te gusto demasiado.
La respiración de Emma se detuvo.
Completamente.
Él soltó una pequeña risa amarga.
—Y eso es exactamente el problema.
Emma sintió el corazón latiendo tan fuerte que dolía.
—¿Por qué sería un problema?
Nicolás la observó unos segundos.
Como si estuviera intentando encontrar las palabras correctas.
—Porque tú mereces algo tranquilo.
Emma frunció ligeramente el ceño.
—¿Y tú no eres tranquilo?
Él soltó una risa sin humor.
—No tienes idea.
El viento movió ligeramente el cabello oscuro de Nico mientras desviaba la mirada otra vez.
—Emma… yo no soy bueno para estas cosas.
Ella sintió un dolor extraño en el pecho.
Porque entendió algo de repente.
Nicolás no estaba alejándose porque no sintiera nada.
Se estaba alejando precisamente porque sí lo sentía.
Y eso lo asustaba.
—No puedes decidir eso por mí —susurró Emma.
Él cerró los ojos apenas un instante.
Como si escucharla decir eso le hiciera más difícil mantenerse lejos.
—Sí puedo si significa que no termines hecha mierda por mi culpa.
Emma sintió ganas de llorar.
De gritarle.
De abrazarlo.
Todo al mismo tiempo.
—No eres él.
Las palabras salieron antes de pensarlas.
Nicolás abrió los ojos lentamente.
Y por primera vez desde que salió… pareció realmente roto.
—Ese es el problema —murmuró muy bajo—. Tengo miedo de terminar pareciéndome más de lo que crees.
Emma se quedó inmóvil.
Porque aquella frase no sonó a mentira.
Sonó a alguien que realmente estaba aterrorizado de hacer daño.
Y quizá eso fue lo que más le dolió de todo.