Capítulo 8
Cosas que empiezan a doler bonito
Emma llevaba exactamente tres días intentando convencerse de que no le gustaba Nicolás Romero.
Tres días fracasando miserablemente.
Porque ahora notaba absolutamente todo.
La manera en que él siempre le guardaba sitio cuando iban al estudio.
Cómo le acercaba el café sin preguntarle qué quería porque ya se sabía su pedido.
La forma en que parecía escucharla incluso cuando fingía estar distraído dibujando.
Y lo peor:
Emma empezaba a esperar esos pequeños detalles.
Aquello era peligroso.
Muy peligroso.
—Estás sonriendo sola otra vez.
Emma levantó la cabeza rápidamente.
Valeria estaba apoyada frente a ella en la mesa de la cafetería con una sonrisa sospechosa.
—No estaba sonriendo.
—Emma. Literalmente pareces protagonista de romance adolescente.
Emma escondió la cara detrás del café.
—Te odio muchísimo.
—No tanto como te gusta Nico.
Emma casi se atragantó.
—VALERIA.
Clara, sentada a su lado, abrió mucho los ojos.
—¿TE GUSTA NICO?
—No grites eso.
—Ay Dios mío, sí te gusta.
Emma quería desaparecer.
Valeria parecía disfrutar demasiado de su sufrimiento.
—Es demasiado obvio ya.
—No es obvio.
—El otro día lo miraste durante diez minutos mientras hablaba de Star Wars.
—Porque estaba explicando cosas.
—Claro. Seguro era información vital para tu supervivencia.
Emma suspiró derrotada.
Quizá sí era obvio.
Y eso la aterraba un poco.
Porque no sabía cómo hacer esto otra vez.
No sabía cómo confiar en alguien sin esperar que todo terminara mal.
La cafetería seguía llena de ruido y conversaciones cuando alguien dejó una mochila sobre la silla vacía junto a Emma.
—¿Por qué parece un funeral aquí?
Emma levantó la vista automáticamente.
Nicolás.
Llevaba una sudadera negra enorme y el cabello ligeramente mojado, como si acabara de ducharse rápido antes de ir al instituto.
Y otra vez:
Injustamente atractivo.
—Porque Emma está enamorada de ti —dijo Valeria sin el menor respeto por la vida humana.
Silencio.
Emma dejó de respirar.
Clara soltó un ruido ahogado intentando no reírse.
Y Nicolás…
Nicolás simplemente arqueó una ceja lentamente mirando a Valeria.
—Qué sutil eres.
—Gracias.
Emma quería lanzarse por la ventana.
—Ignórala por favor.
Nicolás tomó asiento junto a ella con tranquilidad absoluta.
Demasiada tranquilidad.
—No puedo. Me da miedo.
Valeria sonrió orgullosa.
Emma evitó mirarlo porque estaba convencida de que iba a morir de vergüenza.
Pero entonces escuchó la voz de Nico más cerca.
—¿Te vas a quedar traumatizada si sigo sentado aquí?
Emma levantó lentamente la vista.
Él estaba mirándola directamente.
Y había diversión en sus ojos.
Mucha.
—Depende —murmuró ella intentando sonar normal—. ¿Vas a seguir humillándome emocionalmente?
—Todavía no empecé.
Valeria golpeó la mesa emocionada.
—OH DIOS MÍO.
—¿Puedes comportarte como un ser humano cinco minutos? —preguntó Emma.
—No.
Martín apareció justo en ese momento dejándose caer sobre otra silla.
—¿Qué me perdí?
—Tensión romántica insoportable —respondió Valeria inmediatamente.
—Perfecto. Mi ambiente favorito.
Emma escondió la cara entre las manos.
Nicolás soltó una risa baja a su lado.
Y otra vez ese sonido le hizo cosas peligrosas al corazón.
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Después de clases terminaron yendo al estudio como casi todos los días últimamente.
Emma comenzaba a sentir aquel lugar demasiado suyo.
Y quizá por eso sonrió apenas al entrar y escuchar música sonando desde el fondo mientras Nicolás organizaba materiales detrás del mostrador.
—Llegan tarde —murmuró él.
—Perdón, algunos sí tenemos vida social —respondió Martín.
—Tú juegas FIFA llorando solo en tu cuarto.
—Eso sigue siendo social.
Valeria desapareció rápidamente hacia la cocina pequeña del estudio buscando comida mientras Martín se tumbaba en el sofá.
Emma dejó su mochila junto a una silla observando distraídamente los dibujos colgados en la pared.
—Ven.
La voz de Nicolás la hizo girarse.
Él estaba sentado sobre uno de los taburetes altos cerca de la mesa de dibujo.
Emma se acercó lentamente.
—¿Qué?
Nicolás giró una libreta hacia ella.
Era un dibujo.
Un retrato rápido hecho a lápiz.
Y Emma tardó exactamente dos segundos en darse cuenta de que era ella.
Su corazón dejó de funcionar.
—¿Eso…?
—Sí.
Emma observó el dibujo otra vez.
Era ella sentada leyendo.
Con las piernas dobladas sobre el sofá del estudio.
Distraída.
Tranquila.
Nicolás había dibujado incluso la forma en que se mordía el interior de la mejilla cuando leía algo interesante.
Emma levantó lentamente la vista.
—¿Cuándo hiciste esto?
Él se encogió de hombros.
—Ayer.
—Yo no te vi dibujando.
—No estabas mirando.
Y esa respuesta hizo que el pecho de Emma se sintiera extrañamente apretado.
Porque había algo íntimo en eso.
En descubrir que alguien te observa así.
Lo suficiente para dibujarte de memoria.
—Es precioso —susurró ella.
Nicolás bajó la mirada un instante.
Como si no supiera qué hacer cuando alguien hablaba en serio.
—No tanto.
—Sí tanto.
El silencio cayó entre ambos.
Emma seguía sosteniendo el dibujo con cuidado.
Como si fuera algo frágil.
Algo importante.
—¿Puedo quedármelo?
Nicolás volvió a mirarla.
Y por primera vez desde que lo conocía… pareció nervioso.
Muy poco.
Pero Emma lo notó.
—Si quieres.
Emma sonrió lentamente.
—Claro que quiero.
Desde el sofá, Martín observaba la escena con expresión dramática.
—Voy a vomitar amor.
—Hazlo lejos de mí —murmuró Nico sin apartar la mirada de Emma.
Valeria apareció segundos después con una bolsa de patatas.
—¿Qué me perdí?
Martín señaló a ambos como si estuviera viendo un documental.
—Se están enamorando y yo soy demasiado joven para soportarlo.
Emma sintió calor inmediato en las mejillas.
Pero esta vez no apartó la mirada de Nicolás.
Y él tampoco apartó la suya.
Porque algo estaba cambiando entre ellos.
Algo lento.
Silencioso.
Pero imposible de detener ya.